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Natividad del Señor. Comentario del Evangelio


San Juan nos remonta a los orígenes mismos de la eternidad de Dios. Sólo así la presentación del Hijo de Dios es completa. Estamos ante la reflexión teológica y espiritual del misterio de Cristo y no sólo en la narración del nacimiento de Jesús como lo hemos escuchado en las otras misas de navidad.

NATIVIDAD DEL SEÑOR (S)

Somos invitados a adorar al Niño que nace en Belén, uniéndonos a los pastores y a los reyes magos venidos de Oriente. Pero para adorar al Niño Dios, hay que reconocer quién es y qué quiere hacer por nosotros. La fe nos dice que es el Hijo de Dios el que nace hoy en Belén y que su asombrosa presencia en medio nuestro es por el amor que nos tiene. Y esta es la razón de nuestra alegría desbordante, de nuestra irrenunciable esperanza y de la originalidad del amor y de la paz que se nos comunica.

Textos de la Misa del Día de Navidad

Is 52, 7-10           “Porque el Señor consuela a su pueblo, él redime a Jerusalén”.

Sal 97, 1-6                 Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios.

Heb 1, 1- 6          “Dios nos habló por medio de su Hijo”.

Jn 1, 1-18             “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

                La celebración de Navidad surgió en Roma hacia el año 336. Unos decenios más tarde la fiesta se difundió en África, Milán, España y Francia. Siempre se celebró en fecha fija: 25 de diciembre. La Iglesia quería oponer una fiesta cristiana a la pagana del Sol invictus, verdadero símbolo de la última resistencia del paganismo. El emperador Constantino había decretado en el año 321 el carácter festivo del primer día de la semana (a la vez día del Sol y del Señor), nuestro domingo, lo que hacía posible el encuentro de los fieles de ambos cultos en la celebración anual del misterio del mismo día. Así la fiestas del Natalis Christi coincidía con el Natalis Invicti. Respecto a lo que se celebraba en esta fiesta no era otra cosa que el aniversario del nacimiento, según la carne, de Jesucristo en Belén, honrando al Verbo encarnado y a su Madre, y evocando los acontecimientos que lo acompañaron: adoración de los pastores y de los Magos, muerte de los inocentes. En la segunda mitad del siglo IV la iglesia de Roma trasladó la fecha de la adoración de los Magos al 6 de enero, fiesta de la Epifanía, separándola del 25 de diciembre. Esto corresponde a la historia de nuestra fiesta navideña. Desde el punto de vista litúrgico la fiesta de la Navidad tiene hoy mayor densidad teológica y espiritual, lo que se expresa en las cuatro celebraciones eucarísticas y en el oficio divino, a saber: Misa de la Vigilia, al caer la tarde del 24 y antes de las primeras vísperas de Navidad. Misa de medianoche, más conocida como “Misa del Gallo”. Misa de la aurora, cuando los pastores reciben el anuncio y emprenden la marcha para ir a adorar al Niño. Misa del día, la Palabra de Dios centra su mirada en el anuncio de Jesús – Luz, salvación y gozo ya sin referencia directa al hecho natalicio como aconteció en las dos misas precedentes. Termino indicando que el principio rector de estas misas es la Palabra de Dios, siempre abundante y rica en contenido teológico y espiritual.

                Pasemos ahora a comentar los textos de la Misa del día 25, solemnidad de la Natalicio de Jesús, el Salvador. Dejemos que el Espíritu Santo nos ilumine para entrar en el misterio siempre admirable de la encarnación de Dios en nuestra historia humana concreta.

                Isaías 52, 7-10

                Estamos en el II Isaías (40 – 55) cuyo autor anónimo desarrolla su ministerio entre los desterrados de Babilonia, durante el ascenso de Ciro (año 553 – 539 a. C). En el 539 Ciro se toma Babilonia y se proclama emperador. Inaugura una política de tolerancia que culmina en el edicto de repatriación de los judíos hacia el año 538 a. C. No olvidemos que el II Isaías piensa su obra como un segundo Éxodo, semejante y más glorioso que el primero. El destierro es para este profeta anónimo el lugar de la redención de Israel, ya que saldrá purificado como un nuevo pueblo, guiado por Dios a través de un nuevo éxodo que conduce al cumplimiento definitivo y escatológico de la promesa. Nos habla del futuro en imágenes y símbolos. No es sólo un teólogo, es también un poeta extraordinario. Todo esto es necesario tenerlo en cuenta para comprender el texto de la primera lectura de esta fiesta de Navidad.

                  El pasaje de Is 52, 7-10 sintetiza muy bien todo el II Isaías con toda razón llamado también “El Libro de la Consolación” (40 – 55). En este pasaje se resaltan las buenas noticias que trae el mensajero surcando los montes y clamando a todo pulmón la salvación de Israel y el inicio  del reinado de Dios. Lo que anuncia es maravilloso: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!” (v. 7). Queda claro que el retorno del pueblo a su patria es obra de Dios: “El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones” (v. 10). Dios mismo se pone a trabajar para la felicidad de su pueblo. El Señor vuelve a manifestar su poderosa mano para conducir a  su pueblo a la felicidad. El Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén de su abandono, la levanta de sus ruinas y la retorna al esplendor. “La victoria de nuestro Dios” es lo que proclaman  los mensajeros porque ven cómo el pueblo, de la mano de Dios como en el primer éxodo, lo conduce a la vida nueva de la liberación de su cautiverio. ¿No podríamos también nosotros cantar y proclamar porque el Señor cumple su palabra en el nacimiento de su Hijo Amado? ¿Por qué no anunciamos con fervor, con fuerza, con alegría la Buena Noticia de Jesucristo?

                Carta a los Hebreos 1, 1-6

                Esta larga homilía más que carta, nos introduce con una presentación de la figura del Hijo de Dios (1, 1-14) quien ocupa el lugar central en las relaciones entre Dios y la humanidad. Comienza recordando que la manifestación de Dios al hombre fue paulatina y progresiva, ya que antes de la venida del Hijo, Dios se había manifestado en multitud de pequeños o grandes acontecimientos; de múltiples formas como sueños, visiones, experiencias, epifanías en la naturaleza o en el corazón del hombre, sirviéndose de muchos intermediarios como los profetas y tantos otros que jalonan la historia de Israel como Abrahán, Moisés, David, etc. Dios no ha dejado nunca de manifestarse pero todas estas manifestaciones histórico salvíficas eran imperfectas y fragmentarias, razón por la cual la venida de Cristo inaugura una nueva época. Si los judíos creían que el mundo presente sería sustituido por una nueva etapa, los cristianos vieron en el acontecimiento de Cristo la inauguración de una nueva era. Esto porque Cristo nos habla de Dios, no como un intermediario más sino precisamente por ser el Hijo de Dios y en cuanto tal puede comunicarnos la plenitud de Dios, es decir, una revelación plena y completa. Quien acoge a Cristo por la fe, acepta a Dios que se revela en su persona, sus palabras y sus obras.

                El autor de la carta nos dice que el Hijo de Dios puede comunicarnos la plenitud de Dios porque es “él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser”(v. 3). La frase central de esta exposición está en el v. 2: “En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de  todo, y por quien creó el universo”. Este hecho significa que todas las revelaciones de Dios del pasado han terminado y ahora sólo queda la revelación de Jesús, el Hijo de Dios. El Hijo s es también el salvador: “Él es el que purificó al mundo de sus pecados, y tomó asiento en el cielo a la derecha del trono de Dios”(v. 3). En el nacimiento de Jesús, los ángeles lo alaban y se manifiestan a los pastores. Jesús, el Hijo de Dios es superior a los mismos ángeles. Esta supremacía del Hijo, revelador del Padre y salvador de los hombres, señala el lugar único y central que desempeña en la historia de la salvación. Una certeza insistentemente recordada por el autor es que el Hijo no es una idea sino una realidad histórica, que sostiene el mundo con su poder creador. El mismo que se hace presente en la historia humana está sentado a la derecha de Dios, refiriéndose a la exaltación del Hijo resucitado. Ojalá podamos reafirmar hoy, al recordar el nacimiento de Cristo, la absoluta supremacía de Cristo sobre todo lo humano y celestial. No es un Mesías entre otros tantos, sino el Único que nos revela al Padre y nos redime del pecado.

                Evangelio de Juan 1, 1-18

                Este texto es conocido como el Prólogo de San Juan. Es una pieza literaria y teológica de valor único. San Juan lo antepone a su obra para presentarnos al protagonista de su narración: Jesucristo. Si Marcos inicia su evangelio con el bautismo y Juan el Bautista, Mateo y Lucas con el nacimiento virginal de Jesús, Juan nos remonta a los orígenes mismos de la eternidad de Dios. Sólo así la presentación del Hijo de Dios es completa. Estamos ante la reflexión teológica y espiritual del misterio de Cristo y no sólo en la narración del nacimiento de Jesús como lo hemos escuchado en las otras misas de navidad.

                El hilo conductor del Prólogo de San Juan es la Palabra de Dios, el Verbum Dei, el Logos Dios. En la presentación de la Palabra o Verbo se distinguen tres fases: la preexistencia en los versículos 1-5. La Palabra o Verbo existía desde siempre, desde toda eternidad, “en el principio sin principio”. Estaba junto a o en Dios, es decir, en plena comunión con el Padre. Pero no sólo comunión  con Dios sino que la Palabra es Dios, es decir, la Palabra es de condición divina, es Dios. Esto es lo que afirma el versículo 1: la Palabra es eterna, sin tiempo, sin principio ni fin; la Palabra tiene personalidad propia, está en comunión con el Padre; y la Palabra es Dios, es divina. La Palabra no es una criatura de Dios, es Dios. Por la Palabra, Dios crea un mundo nuevo. La vida era la luz pero las tinieblas no la comprendieron, es decir, la rechazaron. Los hombres rechazaron la Palabra – Luz, a Cristo Luz de los Pueblos.

                Las venidas de la Palabra es la segunda fase que nos presenta el evangelista en los versículos 6- 11. La Palabra irrumpe en el mundo humano a través de Juan Bautista quien, hombre enviado por Dios, vino “como testigo, para dar testimonio de la luz”(v. 6). El objetivo de Juan es anunciar al Mesías Jesús a fin de que todos creyeran en él y así llevar a cabo el plan de Dios de salvar a la humanidad. Pero la luz ya estaba en el mundo desde su misma creación, pero nadie la reconoció, aunque si hubieran contemplado las obras de la creación podrían haber descubierto al Creador de todo. Vino al pueblo elegido, a Israel, pero tampoco la recibió: “Vino a los suyos, y suyos no la recibieron”(v. 11).

                Renacidos por la fe es la tercera fase que se nos presenta en los versículos 12- 18. Quienes recibieron la Palabra – Luz  y creen en ella, llegan a ser hijos de Dios: “no nacidos de la sangre, ni del deseo de la carne ni del deseo del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (v. 13), esto es mediante la fe en el Señor, acogida y adhesión a Jesucristo, Verbo del Padre.

                La encarnación de la Palabra es lo central del Prólogo en el versículo 14 y siguientes. El texto es elocuente: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”(v. 14). Es la Palabra o Verbo que existía desde la eternidad la que se manifiesta humanamente en la persona de Jesús. La expresión “puso su tienda entre nosotros” o “habitó entre nosotros” significa que reveló la presencia y gloria de Dios en la más inaudita cercanía nuestra, es decir, como uno de nosotros. Jesús, Palabra Eterna del Padre, vivió junto a nosotros por un breve tiempo, en esta tienda pasajera que es el camino humano de cada persona. Jesús, señalado por Juan Bautista como “El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo”( v. 15), reúne en su persona todos los dones salvíficos definitivos: “Pero la gracia y la verdad se realizaron por Jesús el Mesías” (v.17).

                La plenitud de Jesús en los versículos 16 – 18. Con una conclusión que dice así: “Nadie  ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer” (v. 18). La supremacía y absoluta revelación del misterio de Dios la tenemos sólo en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para redimirnos.

                ¡Feliz Navidad! Que la Paz y el Amor, manifestados en el Niño Dios, nos atraigan de nuevo a la Luz y Vida verdaderas.                                                      Fr. Carlos A. Espinoza I, O. de M.

 


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