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Santa María, Madre de Dios. Comentario del Evangelio


El 1 de enero es un día para el examen de conciencia, es el día de la responsabilidad, el día para mirar nuestras manos y preguntarnos si están vacías de estos 365 días del año 2016. Pero también es el día de la esperanza. Dios, nuestro Padre, pondrá nuevamente un talento de 365 días para este 2017.

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (S)

Textos

Nm 6, 22-27       “El Señor te bendiga y te proteja”.

Sal 66                    El Señor tenga piedad y nos bendiga.

Gal 4, 4-7             “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. 

Lc 2, 16-21          “Encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre”.

              Qué bien nos haría hacernos un examen de fin de año para iniciar el nuevo con una disposición interior renovada. Jesús nos habla en el evangelio de un señor que se marchó de viaje y entregó a sus administradores cinco, dos y un talento para que negociaran con ellos, recordándoles que les pediría cuenta a su regreso. El talento era la moneda griega de mayor valor contable, que corresponde a un peso de plata de 34,272 kg. Por lo tanto era una cifra significativa que confiaba a cada uno de estos servidores. Los talentos son el tiempo que Dios nos da  a cada uno de nosotros, 365 días. Correspondería al terminar un año preguntarnos qué fruto hemos sacado de estos 365 días que ya pasaron. Una forma impropia es haber vivido los días sin hacer nada de lo que Dios esperaba que hiciéramos con el tiempo y así le devolviéramos el año tal cual lo iniciamos. ¿Hicimos algo provechoso con nuestro tiempo ya pasado? ¿A cuántos hemos amado y ayudado? ¿A cuántos hemos contagiado con nuestra fe? ¿Ha crecido el Reino en nuestras manos? ¿Hemos avanzado en nuestra espiritualidad? El 1 de enero es un día para el examen de conciencia, es el día de la responsabilidad, el día para mirar nuestras manos y preguntarnos si están vacías de estos 365 días del año 2016. Pero también es el día de la esperanza. Dios, nuestro Padre, pondrá nuevamente un talento de 365 días para este 2017. No miramos  para atrás como la mujer de Lot que se convirtió en estatua de sal. Si descubrimos que perdimos el año o hicimos poco por el talento recibido, nos queda el pedir perdón con sencillez por nuestra cobardía, por la falta de riesgo con que vivimos. Y un buen propósito: el Nuevo Año que el Señor me regala debe ser un gran año. Y para que así sea tenemos que vivir despiertos y desde ahora hacernos cargo del talento, el tiempo que el Señor pone en mis manos. Manos a la obra, con renovada esperanza, sin ceder a la tentación de dejarse estar o dejarse llevar por la corriente. El año 2017 debe estar lleno de amor y alegría. Esto fue lo que llenó la vida de Jesús, nuestro Redentor. Él no perdió el tiempo sino que vivió a fondo el cometido de redimirnos de la esclavitud del pecado. Por eso cuando estaba en la cruz expirando podía decir con toda el alma: “Todo está cumplido”. Pudo decirlo porque su norte fue la voluntad de su Padre, que quiere que todos se salven y nadie se pierda.   

                Dejemos que la Palabra de Dios, que es muy hermosa y oportuna para iniciar un Año Nuevo, nuevo por la actitud con que quieres vivirlo, compartirlo, hacerlo fructífero como una nueva y hermosa oportunidad para dar fruto y fruto abundante de vida y vida eterna.

                Primera lectura: Números 6, 22-27

                Del cuarto libro del Pentateuco, llamado “Números” por la sencilla razón de los dos censos que contiene y por las cifras matemáticas precisas que constantemente ofrece en diversos ámbitos de la vida del pueblo escogido. Su marco geográfico es el desierto y también teológico donde se desarrollan todas las acciones. Se refiere a la peregrinación de Israel entre el Sinaí y la tierra prometida, símbolo inequívoco de nuestra propia peregrinación por la tierra, espacio de la relación entre Dios y su pueblo liberado de la esclavitud egipcia. Muy interesante descubrir que la peregrinación no acontece como pura fidelidad sino está matizada con infidelidades, desobediencias, tentaciones y luchas. Pero Dios no abandona a su pueblo sino que siempre lo salva. De este modo el desierto se convirtió en la memoria de Israel en un lugar privilegiado del encuentro con el Señor. Hoy se habla mucho de la espiritualidad del desierto.

                La primera lectura de esta solemnidad nos transmite una fórmula de bendición que los sacerdotes pronunciaban sobre el pueblo. A través de esta bendición sacerdotal, Dios garantiza sus bienes  sobre el pueblo. Escuchemos atentamente el texto. Todo lo que dice es tan adecuado para iniciar el Nuevo Año que se nos regala. El texto expresa los hermosos anhelos del pueblo creyente que espera recibir de Dios. Deja que cada una de estas frases resuene en tu interior y ojalá te sientas parte de ese pueblo que recibía de labios de los sacerdotes en silencio reverente. Deja que la última súplica se anide en tu corazón: “El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (v. 26). La paz (shalom) es la posesión tranquila de los bienes, de la felicidad y ante todo de la salud, no sólo ausencia de guerra y de desorden sino también unión cordial, que es posible por el Dios de la paz que instaura su reino y que regala el Mesías Jesús cuando dice: “Les doy mi paz”.

                Segunda lectura: Gálatas 4, 4-7

                El tema de fondo, que se abre en el capítulo 3, 23 y se prolonga hasta el 4, 11, se refiere a la comparación de la condición de esclavos y de hijos que nos afecta. Dentro de esta reflexión de San Pablo,  nos encontramos con el texto de la segunda lectura de hoy. “Lo mismo nosotros, mientras éramos menores de edad, éramos esclavos de los poderes que dominan este mundo”, resume el apóstol la situación de la humanidad comparable a la situación de los menores de edad que viven sometidos a sus tutores y padres. Y desde aquí se abre un extraordinario horizonte que resalta con brillo especial: “Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (v. 4). El plazo equivale a la expresión “plenitud de los tiempos” o “tiempo especial” previsto en el plan de Dios para enviar a su Hijo. Se trata del tiempo maduro, oportuno y denso de sentido y realización de las promesas de Dios. La admirable obra de Dios es el envío de su Hijo que asume la humana naturaleza naciendo de una mujer, que Pablo no menciona con su nombre pero que los evangelios unánimemente llaman María. Quiere acentuar la encarnación concreta de Dios naciendo de una mujer excepcional y nacido “bajo la ley”, es decir, la condición real en que se encuentra el hombre. Jesús, el Hijo de Dios, se introduce realmente en la historia humana asumiendo todo lo que eso significa, su condición histórica, social y cultural de su pueblo.

                La misión de Jesús, Hijo de Dios, se define en los siguientes términos: “Para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos” (v.5). Rescatar se refiere a la acción de liberar, redimir al pueblo por Dios y por Jesucristo. En este caso, Cristo nos libera del dominio exclusivo de la ley y nos capacita para recibir la condición de hijos de Dios. La liberación cristiana no se confunde con los sistemas políticos e ideológicos que pretenden liberar a los hombres, precisamente porque ella redime de la esclavitud del pecado que, bajo la complicidad de la ley, ejerce su dominio sobre el hombre. Cristo libera al hombre en su más profunda condición humana y lo convierte en hijo de Dios. Es el Espíritu Santo que habita en el corazón del discípulo de Cristo que da testimonio de esta realidad portentosa que nos lleva a reconocer a Dios como “Abba”, “Papito”, “Taitita”, una osadía impensada en la historia de los hombres pero hecha realidad en Cristo y en nosotros, sus discípulos. Y esta es la diferencia clave entre ser esclavo y ser hijo. Nuestro bautismo da cuenta de esta transformación en las honduras de nuestro ser personal.

                Evangelio de San Lucas 2, 16-21

                El evangelio reúne dos escenas relacionadas con el nacimiento de Jesús: la primera se refiere a la respuesta de los primeros destinatarios de la Buena Noticia, los pastores (vv. 16- 20); la segunda se refiere a la circuncisión de Jesús (v. 21).

                Respecto a la primera conviene resaltar la acogida de parte de los pastores del anuncio angélico y la pronta respuesta al ponerse en camino para ver a Dios nacido. Van corriendo y encuentran a María, a José y al niño acostado en un pesebre. Notemos las acciones que revelan la actitud de los pastores: se animan unos a otros: “Crucemos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor” (v. 15). Sin dilación se ponen en camino: “Fueron rápidamente... (v. 16). Comunican lo que han escuchado acerca del niño: “Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño” (v. 17), lo que provoca asombro en todos los que oyeron su testimonio. Y retornan a su sitio de partida: “Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído” (v. 20). Es imposible no descubrir aquí en estos pastores la acogida y respuesta de los hombres cuando se les anuncia la Buena Noticia, es decir, se describe el camino que hace el discípulo que descubre a Cristo.

                Dejamos un párrafo aparte para el v. 19 cuando dice: “Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón”. Es un rasgo típico de San Lucas resaltar a lo largo de todo el evangelio la fe y profundidad de María, con dos acentos particularmente densos: la escucha de la palabra de Dios en los acontecimientos y la meditación de esa Palabra. Todo creyente como María tiene que hacer su propio itinerario y profundización de la fe. Uno de los más preocupantes problemas es la falta de itinerario y de profundización de tantos cristianos en el mundo de hoy. Algo de recuerdos y nostalgias van quedando en muchos católicos pero eso no alcanza para vivir  una vida cristiana comprometida y profunda. Conservar es meditar, practicar, profundizar, hacer memoria, hacer elecciones desde la opción de fe. María es modelo del discípulo auténtico de Cristo. Ella nos enseña a hacer el camino o itinerario del creyente tomado de la mano de Dios y de los hombres, sus hermanos. ¡Cuánta falta nos está haciendo esta experiencia auténtica de discípulo creíble, convencido y convincente como María!

                Mirar el misterio de Jesús en su Nacimiento y cómo vive inmerso en su pueblo, sin dejar ni siquiera el rito de pertenencia a Israel, la circuncisión, nos habla de cuán real es el misterio de la encarnación de Dios.

                “Ya lo veis, cuando yo me hice hombre empecé por hacerme lo mejor de los hombres: un niño como todos. Podía, naturalmente, haberme encarnado siendo ya un adulto, no haber “perdido el tiempo” siendo sólo un chiquillo, entrar en el mundo como un “hombre de veras”: firmando cheques y dictando órdenes. Pero quise empezar siendo un bebé. ¿Podía yo acaso perderme lo único bueno que queda en este mundo: la infancia de los niños?”(Martín Descalzo, Días grandes de Jesús, p.30).

                ¡Feliz Año 2017! Año de Cristo Redentor.        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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