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23° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Lo que Jesús nos está proponiendo es para seguidores suyos, discípulos misioneros, cristianos a concho. Somos cristianos tibios, adormilados, mediocres, acomodados, domesticados por una cultura amorfa. Ser discípulo es muy serio, tan serio como ser hombre, ser persona libre, responsable, sincera, madura, etc. Una vocación genuina implica por naturaleza acoger las exigencias radicales que Jesús nos propone.

23° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)

“Hay millones de personas concretas que, por distintos motivos, están en constante movilidad: los emigrantes, desplazados y refugiados sobre todo por causas económicas, políticas y de violencia” DA 411.

Textos

Sab 9, 13-18       “¿Qué hombre conoce los planes de Dios?

Sal 89, 3-6.12-14.17 ¡Señor, Tú has sido nuestro refugio!

Flm 9-10.12-17  “Te suplico en favor de Onésimo, hijo mío, que engendré en la prisión”.

Lc 14, 25-33        “Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío”.

                Hemos iniciado el mes de septiembre, un mes muy especial para nosotros. Es el Mes de la Biblia, esa Palabra que Dios ha pronunciado por generaciones y generaciones, palabra eterna, llena de vida y salvación, que alumbra el caminar del pueblo de Dios a lo largo de los siglos. Es un tiempo oportuno para reiniciar el contacto vivo con la Palabra de Dios en la lectura, meditación y contemplación de lo que Dios ha dicho y ha realizado a favor nuestro.

                Y es el Mes de Nuestra Madre de la Merced, un tiempo de gracia que se nos ofrece para acercarnos a María, la madre de Jesús y madre nuestra, y con ella reemprender el camino de Jesús. Con ella aprendemos a seguir a Cristo Redentor y con ella hacemos el camino de encuentro con los hermanos especialmente los cautivos, los pobres, los desterrados hijos de Eva como decimos en la Salve. Lo podemos vivir en el ambiente de este Año Santo Jubilar de la Misericordia.

                En torno a la Palabra de Dios les invito a dejarse interpelar por el Señor que nos acompaña e instruye en el seguimiento, que como discípulos misioneros, estamos llamados a abrazar siempre.

                Primera lectura: Sabiduría 9, 13- 18

                El Capítulo 9 de este hermoso Libro de la Sabiduría nos ofrece una súplica o plegaria muy parecida a la oración del rey Salomón, tal como aparece en 1Re 3, 9 cuando suplica: “Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”. La primera lectura es una súplica para adquirir sabiduría, sobre todo, para el  gobernante del pueblo. Es muy importante la interrogante con que se abre el texto: “Porque, ¿qué hombre conoce los planes de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (v. 13). Por de pronto, los pensamientos de Dios no son idénticos a nuestros pensamientos humanos, lo que constituye un necesario discernimiento de nuestra parte. Tampoco el querer de Dios se identifica con cualquier deseo o pensamiento humano, por recto que aparezca. Esto supone descubrir y afirmar que entre Dios y nosotros hay un abismo de distancia. Y que es honesto aceptar que Dios es Dios y nosotros sus creaturas. Así lo que Jesús nos aportará será la posibilidad de conocer y vivir una especial relación con Él y en Él con el Padre. Pero esa relación filial no suprime el hecho esencial de la distancia del misterio de Dios y nuestra pobre realidad humana. Podemos conocer los misterios eternos de Dios gracias a su propia iniciativa: “¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das la Sabiduría enviando tu santo espíritu desde el cielo?”(v. 17). Para nosotros parece imposible, pero para Dios es posible a través de su Hijo y de su Espíritu que se nos regala en abundancia. Cuando escuchemos el evangelio de hoy comprobaremos cuánto cuesta entrar en los planes de Dios manifestados en Jesús.

                Segunda lectura: Carta a Filemón 9-10.12-17

                Es una pequeña carta de San Pablo, escrita desde la prisión en Roma entre los años 61 – 63 d. C. El protagonista es Filemón, un cristiano de buena posición social, y su esclavo Onésimo que había escapado hasta llegar a Roma. Allí Pablo le ofreció ayuda y lo convirtió al cristianismo. Legalmente la fuga era una falta grave y tenía consecuencias legales que podrían involucrar incluso a Pablo como cómplice de un delito. Prestemos atención a la solución que ofrece San Pablo a Filemón.

                Parte Pablo reconociendo que tiene autoridad apostólica suficiente para resolver de otro modo esta situación entre Filemón y su esclavo Onésimo fugado. Al respecto, dice: “Por eso, aunque tengo plena libertad cristiana para ordenarte lo que es debido, prefiero suplicarte en nombre del amor” (vv. 8-9). Pablo es capaz de renunciar a su derecho que tiene sobre el recién convertido a la fe y propone un camino más eficaz como es el camino del amor. Los lazos de Pablo con Onésimo son afectuosos desde su conversión a la fe cristiana: “Te suplico en favor de un hijo mío, que engendré en la prisión” (v. 10). No olvidemos que en el lenguaje de la comunidad primitiva el bautismo se identifica con un nuevo nacimiento. El bautizado es un hombre nuevo, una nueva creatura. Y la conversión se fundamenta en una palabra o mensaje que un apóstol comunica de tal modo que la relación adquiere la forma de una paternidad espiritual. De hecho Pablo está recomendando a Filemón un hombre nuevo y no a un simple esclavo: “Antes él no te prestó ninguna utilidad, pero ahora será de gran provecho para ti y para mí” (v. 11). El proceso de la conversión tiene un antes y un ahora, es decir, un profundo cambio en el bautizado que lo hace hermano liberto de Cristo y en tal condición debe ser aceptado. Dice San Pablo: “para que puedas recobrarlo definitivamente; y ya no como esclavo, sino como algo mucho mejor que esclavo: como hermano muy querido para mí y más aún para ti, como hombre y cristiano” (v. 16). Estamos ante una profunda visión de lo que significa ser cristiano. No todas las cosas deben ser solucionadas con la ley o en base a derechos; el amor es más fuerte y puede ayudar a encontrar caminos tan impresionantes en situaciones difíciles de la vida. De este modo, el ser cristiano es un enorme compromiso con la vida, con el prójimo caído. Significa aprender a mirar más al hombre que ha fallado más que sus fallas o pecados. Es la genuina misericordia en acción. Nada fácil por cierto pero es una excelente invitación a creer que es posible la vía del amor fraterno.

                Evangelio: San Lucas 14, 25-33

                Seguimos con Jesús aprendiendo a ser discípulos suyos. “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran al cielo, emprendió decidido el viaje hacia Jerusalén” nos ha señalado San Lucas al iniciar esta sección de su evangelio (9, 51). Es un camino de enseñanzas dirigidas a los discípulos. Precisamente de esto trata nuestro evangelio de hoy.

                Ya se nos decía en la primera lectura que los planes de Dios son inalcanzables para el hombre. Si algo puede comprender es gracias a la Sabiduría que Dios mismo le regala. Cuando leemos y escuchamos el evangelio de hoy no nos dejará de desconcertar, pues estamos antes palabras fuertes y exigentes de Jesús. Para los cristianos “dulzones”, que le temen a las exigencias radicales, estas palabras de Jesús le resultarán casi imposibles de digerir. Sin embargo, estas declaraciones de Jesús están en perfecta relación con la condición del discípulo: para seguir a Jesús hay que hacer una opción radical por Él y su Reino que involucra todos los aspectos de la existencia humana. Por otra parte, hay que reconocer que nunca ha sido fácil ser y vivir como cristiano. No olvidemos situar este evangelio en el justo lugar para comprenderlo, es decir, se refiere al discipulado. El discípulo no es el que deja algo sino el que se ha encontrado con Alguien, cuyo nombre conocemos: Jesús de Nazaret. Y encontrarse con Cristo es haber hallado el tesoro escondido o la perla preciosa, es decir, la persona de Jesús y el gran proyecto del Reino. Sólo desde aquí se comprenden las opciones radicales que Jesús pide a sus discípulos en el evangelio que hemos escuchado.

                Notemos algunas expresiones muy típicas del seguimiento que Jesús nos propone: “si alguien viene a mí y no me ama más que...”, “quien no carga con su cruz y me sigue”, “quien no renuncie a sus bienes”. Fijémonos en otra expresión típica del seguimiento: “no puede ser mi discípulo”, la que repite en los versículos 26, 27 y 33.

                Si leemos en frío este evangelio, es decir, si sólo ponemos nuestra atención en las renuncias que Jesús está pidiendo y desde nuestro punto de vista de hoy, concluimos en un camino sin sentido. Es fundamental, para comprender este evangelio, el encuentro personal con Jesucristo vivo. Esto constituye la piedra angular de las exigencias que Jesús nos propone. Si un cristiano no ha experimentado un encuentro personal con la persona de Jesús, es muy difícil que pueda comprender esta página del evangelio y el evangelio mismo. Lo que Jesús nos está proponiendo es para seguidores suyos, discípulos misioneros, cristianos a concho. Y este puede ser el problema más grave de la Iglesia hoy día. Somos cristianos tibios, adormilados, mediocres, acomodados, domesticados por una cultura amorfa. Ser discípulo es muy serio, tan serio como ser hombre, ser persona libre, responsable, sincera, madura, etc. Una vocación genuina implica por naturaleza acoger las exigencias radicales que Jesús nos propone.

                Jesús pide para Él el amor más grande entre todos los amores humanos lícitos y normales. Reclama ser considerado en el primero y exclusivo lugar: Jesús es Señor distinto a todo otro señorío. Sus exigencias tocan lo más hondo del ser humano: hay que poner en segundo lugar las seguridades que nos brindan los lazos familiares (v. 26). Y esto significa estar dispuesto a salir desde la pequeña familia y abrirse a la gran familia de Reino, donde todos son hermanos. Y ciertamente el discípulo debe abandonar la obsesión por sí mismo, por la propia vida, por el propio proyecto, etc. Hay que adecuar la propia vida a la de Jesús (v. 27), es decir, tomar la cruz como signo de todas las contrariedades que implica vivir cristianamente. Es el camino que lleva a la resurrección y la vida eterna. Y la tercera se refiere a algo muy querido por Lucas: el desprendimiento de los bienes materiales (v. 33).

                Las dos parábolas (vv. 28 – 32) sirven para señalar la seriedad de la decisión por hacerse y vivir como discípulo de Jesús.

                Un saludo fraterno y hasta pronto. Que Dios les bendiga.   Fr. Carlos A. Espinoza I.


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