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DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR


Como los discípulos de la primera hora cristiana, también nosotros tenemos que abrazar un camino largo, un auténtico proceso discipular que dura toda la vida, para asimilar y hacer nuestro el camino de Jesús muerto y resucitado.No podemos quedarnos pegados en la fascinación y entusiasmo iniciales, es fundamental configurar la propia vida con el estilo de vida de Jesús, donde no falta la cruz como camino a la Vida Nueva.

Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre, Aleluya.

Ya es Pascua y estamos alegres y esperanzados porque el Señor Resucitado nos abre una puerta de Vida en medio de nuestra realidad marcada por el mal, el pecado y la muerte. “Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio”. Así lo expresa la famosa Homilía sobre la Pascua, de Melitón de Sardes, obispo, en Lidia, Asia Menor, contemporáneo de los emperadores Antonino Pío entre los años 138- 161 y de Marco Aurelio entre los años 161- 180. Este precioso documento fue descubierto recién el siglo pasado. Relaciona la vieja pascua del pueblo de Israel vinculada con la inmolación del cordero pascual y la nueva pascua de Jesús que supera completamente la vieja pascua. Así lo expresa: “Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño en Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre. Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad”. No podemos olvidar que la Pascua de Jesús es el corazón del proyecto de salvación de Dios a favor de los hombres. En Jesús muerto y resucitado cobra toda la Escritura y la historia su pleno sentido, dejando  al descubierto la maravillosa pedagogía de Dios para conducirnos a la salvación o liberación de nuestra  esclavitud. No puede haber pascua si seguimos esclavizados, oprimidos, cautivos del mundo viejo, es decir del mal, del pecado y de la muerte. La Pascua es “paso”, es cambio no sólo de rumbo sino de situación: “Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación”. Que esta luminosa Homilía de tantos siglos atrás nos ayude a comprender más profundamente nuestra Pascua de este siglo XXI.

PALABRA DE VIDA   

Hech 10,34.37-43             “Comimos y bebimos con él, después de su resurrección”.

Sal 117          Éste es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él.

Col 3, 1-4             “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo”

Jn 20, 1-9      “Él también vio y creyó”.

Aunque parezca repetido hay que volver a decirlo: Ser cristiano es tener la certeza que Cristo vive. Todo lo que hemos celebrado y afirmado en estos días de Semana Santa no tienen otro sentido que conducirnos a la Pascua de Jesús, su muerte y resurrección. Esta es la clave de la vida cristiana auténtica. Y es creer que también nosotros podemos participar ya desde ahora en esa vida nueva del Resucitado. Y esto es lo decisivo en la fe cristiana. Porque seguir las enseñanzas de un extraordinario maestro que murió en la cruz y cuya vida terminó en el fracaso, podría ser una gran tontería. Lo verdaderamente decisivo es esto: Jesús de Nazaret, el crucificado, vive por toda la eternidad. Y nuestra fiesta de Pascua afirma y celebra que Cristo no está entre los muertos sino que vive. No somos seguidores de un difunto venerable; somos testigos de Aquel que rompió para siempre el círculo de la muerte resucitando al tercer día, tal como lo había anunciado a los suyos. De ahí que nuestro Evangelio no es primero un código de moral o un conjunto de consignas sabias de un gran maestro, es un anuncio o kerigma, una Buena Noticia para el hombre de este y de todos los tiempos. Escuchemos la Palabra de Dios en esta perspectiva y tendremos sobrados motivos para anunciar a otros al Resucitado. ¡No busquen entre los muertos al que está vivo!

Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34.37-42

En la primera lectura de hoy, tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos remite al encuentro de Pedro y Cornelio. Este capitán de la cohorte itálica, hombre piadoso, que veneraba a Dios con toda su familia, está abierto al Evangelio y no se resiste. Se trata de un pagano muy bien dispuesto a acoger el mensaje cristiano; en cambio Pedro duda y se resiste a abrirles la puerta a los paganos. Dios interviene y Cornelio y Pedro serán protagonistas de un cambio radical en la iglesia naciente. El versículo 34 del capítulo 10 nos sitúa ya con Pedro dentro de la casa de Cornelio. Su palabra es increíble: “Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas”. Pedro está dando un paso decisivo en la comprensión del Evangelio y en la real dimensión de la persona de Jesús, muerto y resucitado. Se trata de abrirse a la universalidad de la salvación superando la estrechez del pueblo israelita. El anuncio llega por primera vez a los paganos y esto es obra de Dios que dispone todas las cosas para el bien de los hombres. Se rompen las barreras que se habían construido durante largos siglos entre judíos creyentes y paganos. Esto lleva a pensar que más que la conversión de Cornelio, un pagano abierto a recibir el Evangelio, hay que hablar de la conversión de Pedro y con él de toda la comunidad naciente, hacia el mundo gentil también invitados al Reino. Luego se nos pone en contacto con la primera predicación o kerigma primitivo cuyo centro es la muerte y resurrección de Jesús: “Todos los que creen él, en su nombre reciben el perdón de los pecados” (v.43). La fe cristiana se fundamenta en el testimonio de quienes conocieron al Señor Jesús: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén” (v. 39) y también del Resucitado: “…a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección” (v. 41). Somos evangelizadores más  que doctrineros, portadores de Buena Nueva que maestros de doctrina.

El salmo 117, 1-2.16-17.22-23 es un himno procesional de acción de gracias que comienza por la invitación a dar gracias al Señor por el maravilloso don de nuestra redención por la muerte y resurrección de Cristo, manifestación portentosa del supremo amor del Padre con nosotros. Nos recuerda que Cristo, muerto y resucitado “es ahora la piedra angular” la que fue y sigue siendo rechazada por los constructores de la sociedad del consumo, del éxito fácil, del dinero y del poder.

De la  carta de San Pablo a los cristianos de Colosas 3, 1-4  

La segunda lectura, de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, nos pone ante el desafío de abrazar la vida nueva con Cristo que el Apóstol describe bellamente. Es un mensaje alentador y extraordinario acerca de las consecuencias del bautismo: “Por tanto, si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre” (v.1). No se trata de una salvación para un futuro lejano; por el contrario, es una realidad que empezamos a vivir ya aquí y ahora, en el diario caminar que nos lanza hacia la meta de su manifestación plena. En cada cristiano se realiza la pascua como ha acontecido en Jesús: “Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios” (v. 3). En el bautismo fuimos sumergidos, sepultando nuestro hombre viejo con sus pasiones y pecados que nos conducían a la muerte. Pero, al mismo tiempo, hemos resucitado con Cristo para vivir la vida nueva que está escondida con Cristo en Dios. El cristiano no se evade en un espiritualismo vacío ni en quimeras terrenas. Debe tener los pies bien puestos en esta realidad concreta y desde aquí comprometerse a transformar la sociedad desde su testimonio y trabajo por el Reino. Es muy hermosa la vocación y misión de un cristiano como para que se enrede en las cosas terrenas. Celebrar al Resucitado es también renovar nuestro bautismo como fuerza de transformación desde la hondura de nuestras personas. El proceso pascual es el proceso bautismal que cada bautizado está llamado a vivir cada día.

Del evangelio de san Juan 20, 1-9

El evangelio de San Juan 20, 1-9 nos pone ante la angustia que experimentan María Magdalena y los discípulos al encontrarse con el sepulcro vacío. “Todavía estaba oscuro” dice el inicio del pasaje de hoy como un símbolo del punto de partida de la fe pascual. Al parecer no se trata solo de la oscuridad temporal sino también de aquella experiencia de los discípulos que se han quedado sin su maestro. María es la primera en ser testigo de la resurrección o mejor todavía del Resucitado, ya que nadie vio el modo o manera cómo Jesús resucita. María al encontrar la piedra del sepulcro quitada va corriendo a comunicárselo a dos testigos, Pedro y el discípulo que tanto quería Jesús. Así con dos testigos se podía dar crédito a su testimonio. Ambos van también de prisa y cada uno comprueba lo dicho por María. El discípulo amado llega primero al sepulcro, ve las sábanas vacías pero no entra y cuando entra Pedro, entonces sí ingresa y “vio y creyó”. ¿Qué vio? Que el sepulcro estaba vacío, no estaba el cuerpo de Jesús que había sido enterrado el viernes por la tarde. ¿Qué creyó? Que Jesús había resucitado. Sin embargo, no es un creer pleno sino inicial. Este creer ha surgido de comprobar que el sepulcro está vacío, es decir, de la ausencia de un cadáver y no de una palabra de Jesús:”Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (v. 9). Estamos ante una fe pascual incipiente; los discípulos tendrán que hacer un camino que los conducirá al encuentro con el Resucitado y con su Palabra. Parece fácil pero no lo es. La verdadera prueba de la resurrección es el encuentro con el Resucitado que es el mismo que ha sido crucificado. Por eso, la escena del evangelio de hoy no concluye con el entusiasmo de ir a anunciar el acontecimiento a los demás sino con la certera indicación: “Los discípulos se volvieron a su casa” (v.10). La misión brota del reconocimiento del Cristo Vivo y no de un sepulcro vacío. Muchos cristianos hacen esto mismo porque no  se han dejado interpelar por el Señor Resucitado. Saben de Jesús a la distancia, de oídas pero no han tenido la experiencia del encuentro personal con el Resucitado. Y podemos recordar la excelente sentencia de Benedicto XVI en Aparecida: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un  nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 243). Y esto significa que “el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús, requiere, por lo tanto, “reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésta fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor…” (DA, 244).

Como los discípulos de la primera hora cristiana, también nosotros tenemos que abrazar un camino largo, un auténtico proceso discipular que dura toda la vida, para asimilar y hacer nuestro  el camino de Jesús muerto y resucitado. Si la imagen del grano de trigo que cae en tierra y produce fruto abundante muriendo se identifica con la  pascua de Jesús, no será menos con el auténtico discípulo suyo. No podemos quedarnos pegados en la fascinación y entusiasmo iniciales, es fundamental configurar la propia vida con el estilo de vida de Jesús, donde no falta la cruz como camino a la Vida Nueva.

¡Feliz Pascua de Resurrección! Que la renovación de nuestro bautismo nos lance nuevamente al mundo a proclamar que Jesucristo está vivo y que su victoria es nuestra liberación.

 Un saludo fraterno y hasta pronto.                        Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.   


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