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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (C)


El breve pasaje del evangelio de San Juan, con que culmina la proclamación de la Palabra de este domingo de la Santísima Trinidad, está inserto en una sección más amplia que se refiere a la obra del Espíritu Santo (Jn 16, 6-15), profundamente vinculada a la partida de Jesús al Padre, “si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy, lo enviaré a ustedes( v. 7).

¡Gloria, alabanza, honor y acción de gracias a la Santísima Trinidad, al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, por toda la eternidad!

                Hablemos de un tema “extraterrestre” y de inmediato se nos pedirá que tenga que ser de acuerdo con la ciencia, ya que el carácter “científico y técnico” vende todas las pomadas que la imaginación humana crea y repite hasta el cansancio. Estos días nos están manteniendo en alerta y a la espera del “eclipse solar” que viene como “la novedad del año”. Por cierto se asegura que ya están todos los cupos vendidos para ir a los lugares donde el fenómeno será espectacular. ¿Debemos entrar en esta dinámica social y comunicacional? Yo estoy muy preocupado y atento hace mucho tiempo por  los eclipses que no se enfrentan, no son “científicos ni técnicamente atractivos” pero son tan reales que nos están destruyendo cada día. Sobre estos eclipses de nuestra realidad humana y social se tiende una nube de consumismo agotador y persistente. Estamos bajo una nube tóxica que afecta gravemente la vida personal y social y de ella no se habla ni es motivo de preocupación. Me refiero al “eclipse de Dios” en la vida  de cada persona y en el colectivo social y comunitario. ¿Es que Dios es algo obvio? Y cuando se nos ha oscurecido el misterio que nos sobrepasa y nos sostiene, nos atrae y nos envuelve, Dios uno en sustancia y trino  en personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nuestra existencia personal y comunitaria vive y se acostumbra a la penumbra, esa experiencia opaca y amenazante, sin destellos de luz. Quedamos a oscuras y nos acostumbramos al eclipse permanente. ¿No será la crisis de fondo de nuestra Iglesia? ¿No será el mismo eclipse de Dios que nos está envolviendo a la mismísima vida religiosa? Entiendo que no basta con denunciar nuestras sombras actuales, hay que buscar de nuevo el resplandor del Sol de Justicia para que vuelva a disipar las tinieblas que nos envuelven. ¿Y cuál  es el camino para el reencuentro con el misterio inabarcable, inefable, incomprensible y, sin embargo, tan próximo y tan íntimo al ser humano? Volver a la Palabra que  ese Misterio ha pronunciado a lo largo de los siglos y que se ha manifestado en plenitud en su propio Hijo humanado, el Señor Jesucristo. Es tiempo de volver a lo esencial de nuestra experiencia religiosa cristiana y lo esencial es que vivamos el encuentro personal y comunitario con la Palabra de Vida del Dios uno y trino. Sólo así la luz volverá a iluminar nuestros senderos humanos y espirituales. El eclipse solar puede ser un anuncio de lo que cada uno tiene que realizar hoy para dejarse iluminar y atraer por el misterio central de nuestra vida: abandonar las sombras y dejar que el alma, el corazón y la vida misma se hagan nuevamente trasparentes ante el insondable y maravilloso misterio de Dios.

                PALABRA DE VIDA

Prov 8, 22-31     “Yo estaba junto a él, como confidente” 

Sal 8, 4-9                ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

Rom 5, 1-5          “Porque el amor de Dios h sido derramado en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo”.

Jn 16, 12-15        “Todo lo que tiene el Padre es mío”.

Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad que, como afirma el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, es “el misterio central de la fe y de la vida cristiana” (44). Desde nuestro inicio cristiano estamos marcados por el misterio de la Santísima Trinidad, porque “los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, como nos lo recuerda el evangelio de Jesús. Y la palabra clave de esta realidad divina es la palabra misterio, vocablo que está muy lejos de referirse a una realidad oculta y tenebrosa como usamos la palabra en el mundo cotidiano. Dios es un  misterio en el sentido que es inefable, infinito, omnipotente, perfecto, eterno. Podemos conocer algo de Dios porque él mismo se da a conocer, él se manifiesta libre y gratuitamente. Y se revela como el Creador de todo lo que existe y del hombre a su imagen. Dios es el Ser espiritual, trascendente, personal y perfecto. Él es la verdad y el amor mismo. El misterio, cristianamente entendido, se refiere a una Realidad  existente por sí misma y dadora de vida a la creación y a los hombres. No inventamos a Dios ni siquiera se nos ocurría imaginarlo. Dios ES, existe desde toda eternidad y para siempre. El hombre, mediante su razón humana, puede descubrir las huellas de la Trinidad en la creación y en la Sagrada Escritura, pero  no puede por sí solo entrar en la intimidad de su ser como Trinidad Santa, ya que constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana. Para ello, es indispensable el misterio de la encarnación del Hijo de Dios (la segunda persona de la Trinidad) y del envío del Espíritu Santo (la tercera persona de la Trinidad). El misterio de Dios Uno y Trino ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios. De aquí la centralidad absoluta de aceptar por la fe  a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo del Padre y Redentor del hombre. Hoy, pues, adoremos y bendigamos la Trinidad Santísima, plenitud eterna de nuestra vida y del mundo.

                Con la Palabra de Dios, palabra reveladora, renovemos nuestra adhesión de fe y de amor al Dios Uno y Trino que proclama nuestra fe junto a la multitud de los creyentes de todos los tiempos.

                Del Libro de los Proverbios 8, 22- 31                      La Sabiduría creada por Dios

                Una de las joyas de la literatura sapiencial del Antiguo Testamento es el llamado libro de los Proverbios. Es el mejor ejemplo de este género literario. Bajo la palabra “proverbios” se entiende un conjunto de colecciones de enigmas, sentencias, aforismos, refranes, adagios e instrucciones con sello ético, con los cuales se trasmite una sabiduría popular acumulada por siglos. Se expresan en dos binomios las enseñanzas: “sabio – necio” y “honrado – malvado”. Es un escrito anónimo, una colección de varios siglos, imposible de precisar con fechas y autores.

                El texto de la primera lectura de hoy está tomado del capítulo 8 en que se presenta la Sabiduría como una personalidad que hace su discurso. Subraya este capítulo la sensatez de la Sabiduría. El texto de esta primera lectura se refiere a los orígenes donde se subraya su autoconciencia de ser una creatura como las demás del universo. Así dice el texto: “El Señor me creó como primera de sus tareas, antes de sus obras” (v. 22). La creación de la Sabiduría precedió a  la creación de todas las cosas porque “desde antiguo, desde siempre fui formada, desde el principio, antes del origen de la tierra” (v.23 y ss.). Pero la Sabiduría acompaña al Creador en su obra creadora. Así lo señalan  claramente los versos finales del texto: “Yo estaba junto a él, como confidente, yo estaba disfrutando cada día, jugando todo el tiempo en su presencia, jugando con el mundo creado, disfrutando con los hombres” (vv 30-31). La Sabiduría está presente antes de la creación y es ofrecida por el Creador al resto de sus creaturas, razón por la cual los hombres la buscan y pueden seguir sus caminos.

                Salmo 8, 4-9 canta la grandeza de Dios y la dignidad del hombre mediante una contemplación de la asombrosa obra que Dios plasmó en la creación. La atención se centra en el ser humano donde resalta su pequeñez ante la magnitud de lo creado por una parte pero por otra la incomparable dignidad que posee frente a cualquier otro ser creado, de tal modo que todo queda bajo su dominio, “bajo sus pies”.

                De la carta a los Romanos 5, 1- 5             La paz con Dios y la esperanza del reino

                Estamos ante una carta doctrinal de peso teológico indiscutible que la distingue del resto del conjunto de escritos de San Pablo. Si Pablo es el “apóstol de los paganos” parece lógico que una carta a los cristianos de Roma, cuya comunidad no había fundado ni conocía, puede tener su justificación si pensamos que Roma era la capital del imperio romano, cabeza del mundo pagano, donde el Evangelio de Cristo fue ganando adherentes. Esta magnífica Carta fue escrita con toda probabilidad desde Corinto en el tercer viaje misionero de San Pablo hacia los años 57 – 58 de nuestra era cristiana. El carácter doctrinal de la Carta obedece a la necesidad de clarificar muchos aspectos que provocaban tensiones al aumentar los conversos procedentes del paganismo. El que se hicieran cristianos bautizándose no suponía que su anterior mundo religioso fuese del todo superado o abandonado.

                El capítulo 5 de Romanos da inicio a otra sección de la carta. La palabra clave de esta parte es la justificación o salvación mediante la fe. Ya no habla de la justicia divina como en los capítulos precedentes sino del amor. El versículo 5 representa el núcleo del texto de la segunda lectura de hoy. Así dice: “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo” (v. 5). Ya no alcanzamos la salvación o justificación ante Dios por las obras de la ley sino “por la fe”. El fruto de la justificación por la fe es la paz con Dios. Prestemos atención al texto: “Pues bien, ahora que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo Señor nuestro” (v. 1). Nótese el “ahora” que el Apóstol usa para señalar que lo que va a exponer se refiere al presente de nuestra vida diaria. Ahora ya poseemos el don gratuito de Dios por medio de Jesucristo, es decir, vivimos como “justos” o como cristianos “justificados por la fe en Jesucristo” y no por las obras. La expresión “estar en paz con Dios” se refiere a la posesión y el goce que se experimenta en la vida misma del amigo, es un vivir la vida del amigo. Es lo que ha pasado con la resurrección de Cristo que nos ha comunicado su vida ya “ahora” y la vivimos en intimidad con Él. “Estar en paz con Dios” equivale a “gozar la vida del resucitado” en el lenguaje de San Pablo. Así el sujeto de esta realidad actual es la comunidad cristiana. Es ahí donde se vive la vida nueva, la gracia divina en Cristo. Y donde está la paz o vida nueva resucitada surge la esperanza. Así dice: “Y de la fe firme brota la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada” (v. 4s). La paz es la promesa, prenda y garantía de un futuro de gloria y de resurrección, igual como Jesucristo, que Dios nos tiene preparado. No es un sueño, una pura utopía o quimera de cualquier futuro sino del único futuro que queda garantizado desde “ahora”, en el presente que vivimos  los cristianos por Jesucristo. Paz y esperanza, dos realidades que hablan de plenitud no sólo humana o psicológica sino de vida nueva, de amor que el Espíritu Santo testimonia desde lo más hondo del hombre por la fe.

                Del evangelio según san Juan 16, 12-15

                El breve pasaje del evangelio de San Juan, con que culmina la proclamación de la Palabra de este domingo de la Santísima Trinidad, está inserto en una sección más amplia que se refiere a la obra del Espíritu Santo (Jn 16, 6-15), profundamente vinculada a la partida de Jesús al Padre, “si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy, lo enviaré a ustedes( v. 7).Estamos ante el tercer discurso de despedida de Jesús de los discípulos. En la primera parte del discurso, 16, 4b – 15, ofrece el mejor remedio para el estado que invade a los discípulos: “Lo que les he dicho los ha llenado de tristeza; pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya” (v. 6 – 7).El Paráclito o Defensor es guía profético en la completa verdad, en el sentido que muestra el sentido verdadero de la “victoria” del príncipe de este mundo sobre Jesús al llevarlo a la muerte de cruz; el mundo parece haber triunfado dando muerte a Jesús pero el Espíritu revela a los creyentes que la muerte no es el final de Jesús sino su partida a la casa del Padre, su victoria. Es el resucitado que da la vida y la da en abundancia. Es el Espíritu Santo que mostrará a los creyentes el verdadero orden de lo acontecido con Jesús, es decir, que crean en el Enviado del Padre. Es lo que realiza gracias a la comunidad creyente. La comunidad discipular es la mejor prueba a favor de Jesús vencedor de la muerte. Es el Espíritu Santo el que mostrará la relevancia de la historia de Jesús para comprender las situaciones nuevas y oscuras que enfrentarán los discípulos. De este modo, la historia de Jesús es fuente y referente de todo discípulo en el proceso de releer esa historia con el Espíritu Paráclito; es un quehacer grupal, continuo e iluminador. El Paráclito es garantía de veracidad, de la asistencia de Jesús, de su nueva manera de “hacerse presente” al dejarlos y volver al Padre, precisamente por ser enviado de Jesús y del Padre; de aquí que la tarea del Espíritu respecto a Jesús sea idéntica a la de Jesús respecto al Padre.

                El Paráclito nos introduce plenamente en el misterio de Jesús muerto y resucitado. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará el futuro” (v. 13). Y a través de Jesús y en Jesús nos introduce en la comunión con el Padre: “Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes” (v. 15).Así descubrimos el misterio de Dios sólo si recibimos el Espíritu Santo, enviado en nombre del Padre y del Hijo.

                Un saludo fraterno y que tengan un buen domingo.        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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