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32° Domingo durante el Año


Jesús quiso una comunidad de servidores que realizan lo más genuino del ser humano como es su vocación de servir al prójimo, especialmente al más pobre y abandonado. Es la gran lección de una viuda pobre que da de lo que tiene y necesita y no de lo que le sobra.

¡CRISTO REDENTOR!, ROMPE NUESTRAS CADENAS

                Seamos sinceros. ¿A quién no le gusta vestirse bien, con ropa de marca y a la moda, o ser saludados en público como signo de reconocimiento y notoriedad? ¿Hay alguien que no busque los primeros lugares en el templo o en los banquetes o en las presentaciones oficiales de quienes gozan de autoridad y notoriedad? ¿Y qué decir de quienes aprovechándose del culto y de su condición de ministros del culto se apoderan de los bienes de las viudas y disimulan recitando largas  oraciones? Si te pillas en alguna de estas actitudes, bueno sería intentar un cambio que te ayude a ser cristiano más auténtico. La tentación de decir que nada de esto haces es muy grande y puede que tengas razón, pero la palabra de Jesús es como una espada de doble filo, porque nos abre los ojos sobre nuestras incoherencias y nos invita siempre a un cambio de actitud. Esto es lo que más cuesta, cambiar de maneras de actuar, de vivir. ¿Acaso es malo, se preguntará alguno, aspirar a ocupar los primeros puestos, a buscar los primeros lugares? La sociedad de hoy nos ha metido por todos los poros que solo un hombre exitoso tiene cabida hoy, que la sociedad no tolera ni acepta a los fracasados, es decir, a aquellos que no buscan la notoriedad social ni los primeros puestos, que siempre son los “don nadie”. Es que el evangelio es siempre contracorriente. Es Jesús el que nos enseña con su palabra y con su ejemplo que es mejor hacerse servidor, siervo de los demás. Y el servicio verdadero solo nace del amor genuino, el de Dios manifestado en Cristo, su Hijo. Y cuando dejamos que el Señor cambie nuestros criterios, nuestra manera de ver la vida y la historia, entonces nos hacemos parte de un cambio radical: es la inversión de la escala de valores que se traduce en actitudes nuevas, innovadoras. Y una sociedad fundada solo en los derechos de cada uno, sin referencia a los deberes de cada uno y de todos, no puede ser una sociedad de servidores según la ley del amor redentor. Se trata de un cambio revolucionario, porque ya no pone el acento en el triunfo personal, notorio y exultante, sino en la capacidad de servir y dar “hasta que duela”. Jesús quiso una comunidad de servidores que realizan lo más genuino del ser humano como es su vocación de servir al prójimo, especialmente al más pobre y abandonado. Es la gran lección de una viuda pobre que da de lo que tiene y necesita y no de lo que le sobra. Estamos lejos de haber comprendido el proyecto de Jesús, el plan de Dios; seguimos enfrascados en una lucha por ocupar los primeros puestos y ser honrados como personajes importantes. Dios prefiere a los humildes  y sencillos y confunde a los satisfechos y poderosos de este mundo.

PALABRA DE VIDA 

1Rey 17. 8-16     “Él partió y se fue a Sarepta y, a la entrada de la ciudad encontró a una viuda recogiendo leña”.  

Sal 145, 6-10     ¡Alaba al Señor, alma mía! 

Heb 9, 24-28      “Él se ha manifestado una sola vez para abolir el pecado”.

Mc 12, 38-44    “Pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía”.

                Los invito a soñar con la Palabra de Dios de este domingo. Es la Palabra del Señor el mejor nutriente para nuestro espíritu evangélico con que queremos vivir día a día sirviendo.

                Del Libro  primero de Reyes 17, 8-16      Elías y la viuda de Sarepta

                La primera lectura de hoy nos refiere un episodio en la vida de uno de los personajes más impresionante del Antiguo Testamento, el profeta Elías. Recuerden que su nombre aparece allí en la escena de la transfiguración de Jesús conversando con Moisés y Elías. También se dice que para muchos Jesús se identificaba con Elías. Es por esencia “el profeta del Dios Único”. Goza de una adhesión irrebatible a su fe monoteísta y es un combatiente de toda forma de idolatría. Su palabra y sus obras son manifestación de ese fuego interno que lo invade.

                Entre esta lectura y el evangelio hay una interna relación, pues en ambos casos se trata de viudas pobres y necesitadas. La viuda se constituye para este domingo en un modelo evangélico acerca de la capacidad de dar, un signo extraordinario de generosidad. La viuda es una persona que está orientada de verdad al servicio de Dios y pertenece a los pobres según la Biblia. Socorrer a la viuda es un acto esencial de piedad porque se trata de una persona sin amparo, expuesta a la injusticia y a la miseria. Así se convierte en un símbolo importante de relación con Dios y de generosidad.   

                Resalta en Elías su obediencia y prontitud a lo que Dios le manda: “Ve a Sarepta y establécete allí; ahí Yo he ordenado a una viuda que te provea de alimento” (v.8). No hay dilación y Elías partió al lugar indicado, un poblado fuera de Israel, en tierra extranjera en Sidón. No siempre la voluntad de Dios corresponde a nuestros deseos o planes; normalmente el Señor manda a hacer aquello que a primera vista no tiene mucho sentido. El hombre de fe simplemente obedece lo que ha escuchado y se pone en camino, dejando lo que tenía.

                Elías se encuentra con un ambiente sobrecogedor, humano y muy pobre. Pide el profeta a la pobre viuda de Sarepta un jarro de agua y un pedazo de pan, ambos elementos básicos para sostener una vida humana. Extraña la sinceridad de la mujer que no esconde su estado extremadamente precario de vida y sólo le queda la última ración que compartirá con su hijo y luego, dice ella, “lo comeremos y luego moriremos” (v. 12). El profeta Elías reafirma su petición y le asegura en nombre de Dios que no les faltará lo necesario para él y para ellos. Destaquemos la actitud generosa y confiada de la viuda: “Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo” (v.15).

                De este modo la Palabra de Dios es poderosa y realiza lo que promete. Dios sostiene al profeta allí donde humanamente no había cómo. Dios premia la generosidad del pobre y bendice con abundancia al que da más allá de su indigencia. Los pobres están abiertos a escuchar y realizar lo que Dios les pide. Los bienes materiales en exceso son un obstáculo para escuchar y hacer la voluntad de Dios.

                Salmo 145, 6-10 es muy oportuno para nuestra respuesta y acogida de la Palabra de Dios pues se trata de una alabanza a Dios que se compadece de los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos, etc. Clamemos desde las periferias de las cautividades de hoy sin descanso y con esperanza.

                De la Carta a los Hebreos 9, 24-28: Cristo, superior al sacerdocio antiguo

                Durante varios domingos venimos gustando la Carta a los Hebreos que nos ayuda a comprender mejor la centralidad y perfección del sacerdocio de Cristo en comparación con el sacerdocio de Israel. El predicador de esta larga homilía  retoma la figura del sumo sacerdote que entra cada año en el lugar más santo del templo en el día de la fiesta de la Expiación para ofrecer un sacrificio  con sangre ajena (v. 25) por sus pecados y otro por los pecados del pueblo. Como contraste, afirma que el sumo sacerdote Jesucristo entró de una vez para siempre “no en un santuario hecho por hombres… sino en el cielo mismo” (v. 24). Y continúa señalando la superioridad del sacerdocio de Cristo: En cambio, ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos para abolir el pecado por medio de su Sacrificio” (v. 26). Cristo se ha ofrecido una sola vez “para quitar los pecados de la multitud” y ha penetrado no en el santuario humano “sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro”. En cambio el sumo sacerdote judío tenía que entrar muchas veces en el santuario material. Cristo completará su obra  cuando venga por segunda vez en gloria y majestad para “salvar  a los que lo esperan”. Siempre es muy saludable que estemos recordando nuestra adhesión de fe y amor a la persona de Jesucristo, el único salvador y a quien esperamos en su Parusía. El sacrificio de Cristo es perfecto por proceder del Hijo Amado del Padre que se ofreció  por nuestros pecados “para que tengamos vida y vida en abundancia”. ¿He descubierto la novedad absoluta de Cristo con respecto a toda otra forma de religión o sacrificios?

                Del evangelio de san Marcos 12, 38-44                 Dos estilos opuestos de vida

                Jesús enseña a la gente. Así comienza el relato del evangelio de hoy. No sólo importa saber que enseñaba a la multitud. Hay que prestarle atención a quienes se dirige y qué les enseña. Por una parte, Jesús formula una grave advertencia contra el estilo de vida que practican los escribas, estos hombres peritos de la Ley, expertos en las cosas religiosas. Los reproches son los mismos que están en otros lugares de los evangelios. Jesús les reprocha esa actitud autorreferente que observan ante la gente: sus vestiduras, ser reconocidos en las plazas, ocupar los primeros puestos, codiciar los bienes de las viudas y fingir largas plegarias. “Simular o aparentar” una vida religiosa que simplemente no es. Este reproche puede ser también lanzado a un tipo de cristianos y creyentes en general que en lugar de honrar a Dios con una conducta digna y sincera, terminan encerrados en un estilo falso de vida. Dice Jesús que “Éstos serán juzgados con más severidad”. Convengamos que esta advertencia sigue completamente vigente en todos los espacios de la vida cristiana, razón por la cual la Palabra de Dios no cesa de llamarnos a una sincera y permanente conversión del corazón. Decía San Paulo VI que el escándalo del tiempo moderno era el divorcio entre la fe y la vida. No podemos creer una cosa y hacer otra muy distinta. Que esta primera parte del evangelio de hoy puede tener diversas aplicaciones prácticas con respecto a modos o conductas cristianas es evidente. Jesús contrasta este comportamiento con la imagen de la viuda pobre y su generoso gesto.

                La segunda parte del relato del evangelio nos muestra a Jesús como un fino observador. Allí sentado frente a la sala del tesoro del Templo donde la gente depositaba sus ofrendas o limosnas, observa un contraste que para muchos pasa inadvertido: muchos ricos daban en abundancia, en contraste con una pobre viuda que depositó dos monedas de cobre, la nada misma.

                La enseñanza que Jesús comparte con sus discípulos queda expresada en el hecho que la que echó menos en el tesoro es la que ha puesto más que cualquiera otro, porque  ella “de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”. Los que parecían que habían dado mucho más, dice Jesús, dieron menos que la pobre viuda “porque todos han dado de lo que les sobraba”.

                ¿Cuál es entonces la medida del dar? Dar sin medida y dar de lo que estamos usando para vivir. Esto sería la esencia del compartir con otro. El Padre Hurtado decía que hay que dar hasta que duela.  San Pedro Nolasco establece que todo se disponga para obtener la liberación del cautivo, aún la propia vida. La caridad cristiana no tiene medida, es maximalista. Y de esa caridad los pobres dan muestras patentes que la han entendido perfectamente.

                Vivimos en una sociedad de contraste gigantesco, de estilos contrastantes, lo que implica de nuestra parte una gran capacidad de discernimiento evangélico. No sea que caigamos en las redes de la abundancia material por no ver y vivir con sabiduría evangélica este hoy. Estamos situados en la llamada “cultura de la abundancia”: abundancia de bienes y abundancia de carencias. ¿De qué lado estamos? Revisemos nuestros estilos de vida y abandonemos la pasmosa ingenuidad. Aprovechemos el Mes de María para orar en familia, en comunidad y pidamos la gracia de saber ver y oír los susurros del Espíritu de Dios en nuestra vida personal y social.

                Un saludo cordial y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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