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La Ascensión del Señor. Comentario del Evangelio


Los discípulos reciben el encargo de la misión con sello de universalidad, no tiene límite geográfico, cultural, de raza o de idioma, la humanidad entera es el interlocutor de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo que tienen que anunciar es la Buena Noticia o Evangelio, es decir, el anuncio del Reino de Dios que se hace presente entre nosotros en la persona y palabra de Jesús, el Mesías anunciado.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (B)

¡CRISTO REDENTOR!, ENCIENDE EN NOSOTROS EL DESEO  DE LA PATRIA CELESTIAL

                “Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso  y de nuevo vendrá con gloria”. Así lo confesamos cada domingo en el Credo, esa profesión de fe apostólica que hemos heredado de aquellos que son los pilares sobre los cuales se edifica la Iglesia de Cristo: los apóstoles. La última aparición del Resucitado a los suyos culmina con la entrada irreversible de su humanidad glorificada en la gloria del Padre, simbolizada por la nube y por el cielo y donde el crucificado y resucitado, se sienta a la derecha del Padre. Una es la manifestación de la gloria del Cristo resucitado y otra la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. La transición entre ambas es la Ascensión que acontece entre lo histórico y trascendente. Es la última etapa que vive Jesús, el Cristo, estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada del Verbo realizada en la encarnación. Porque sólo el que “salió del Padre” para venir a nuestro encuentro humano e histórico, que es lo propio de la encarnación, es el que “puede volver al Padre”. Así lo dice San Juan: “Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3,13). He aquí la importancia de la encarnación y de la exaltación del Señor. Y en esta semana que viene, el Papa Francisco se reunirá con nuestros obispos de Chile. Es un encuentro largamente comentado en los medios de comunicación, sin que haya faltado espacio para elucubrar e imaginar cualquier cosa como fruto de este importante encuentro. Han debido viajar a Roma porque allí quiso el Papa reunirse con los pastores de la grey chilena. Es una de las manifestaciones del sacudón que produjo la visita del Papa a Chile en enero pasado, sobre todo, frente a la situación de los abusos de poder y sexuales cometidos por sacerdotes. El Papa Francisco se enfrentó con las voces y reacciones de las víctimas del sacerdote Karadima y con los reparos de larga data sobre el posible encubrimiento del obispo Juan Barros, obispo de Osorno. A pesar de las respuestas y actitudes del Papa frente al tema, no siempre ponderadas, el asunto siguió en su mente y en su corazón, lo que llevó a tomar la decisión de enviar un investigador al país sobre el asunto. Es la hora de la verdad, aunque duela. Los pastores están convocados para examinar bajo la guía del Papa la realidad de esta nuestra Iglesia Chilena. Es el momento de no seguir eludiendo responsabilidades, es necesario aceptar el pecado de omisión que algunos o todos los pastores han cometido. No sólo se hace el mal cometiendo acciones reñidas con la ley moral; también se peca cuando dejamos, por  variadas razones, de actuar conforme a la verdad y al amor verdadero. Los pecados de omisión son tan pecados como las acciones que efectivamente son malas. Los pastores tienen que enseñar, gobernar y corregir, con todo cariño pero nunca callarse o disimular los problemas. Igualmente  debe ser examinado el por qué no se actuó con firmeza y verdad o por qué no se escuchó que es equivalente a dar crédito a los que denunciaron abusos contra su dignidad de personas e hijos de Dios, cometidos por quienes están consagrados para llevar a los hombres a Dios. Oremos mucho por este momento particularmente importante para nuestra Iglesia. Sin Cristo, crucificado y resucitado, la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre”, a la vida eterna y a la felicidad junto a Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, porque Él es nuestra Cabeza que nos ha precedido abriendo los cielos que nuestro pecado vuelve a cerrar.

PALABRA DE VIDA

Hch 1, 1-11         “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes”.

Sal 46, 2-3.6-9                El Señor asciende entre aclamaciones.

Ef 1, 17-23           “Que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados”.

Mc 16, 15-20      “Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor los asistía”.

                Se puede decir que con el misterio de la Ascensión y la exaltación de Cristo a la derecha del Padre culmina su tarea en el mundo, ha hecho bien la tarea encomendada por el Padre. Así queda situado para siempre al lado del Padre e inaugura un nuevo modo de presencia entre los suyos. La Ascensión es la plenitud de la resurrección y por esta razón no se puede entender en un sentido físico o espacial, como quien se cambia de lugar. Con esta “ausencia de Jesús” los discípulos emprenden la misión decididamente pero, cuidado, Cristo adquiere la plenitud de su señorío y está presente de una nueva manera hasta el fin de los tiempos, siempre y en todo lugar. Dejemos que la Palabra nos ayude a introducirnos en el misterio de Cristo en su etapa última  “junto al Padre” y por lo mismo “junto a nosotros”.

                Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

                El texto de esta primera lectura de esta solemnidad de la Ascensión del Señor contiene tres elementos importantes para la comprensión de este libro de los Hechos. Primero un breve prólogo (vv. 1-2) en el que San Lucas enlaza el primer libro, el tercer evangelio, y el presente libro a modo de una segunda parte de una sola obra. Queda claro que la historia de la Iglesia naciente queda anclada en el ministerio de Jesús, tema central del evangelio. Hay un principio de continuidad entre la vida y obra de Jesús y su Iglesia que nace en Pentecostés. Nunca debemos olvidar este nexo profundo entre la obra de Cristo y la misión y vida de su Iglesia. El divorcio entre estas dos realidades históricas genera una atractiva adhesión a Jesús pero sin Iglesia. Ésta estorba en el camino de muchos cristianos y prefieren un Jesús etéreo, intangible, sin encarnación real. ¿He logrado comprender que la Iglesia es la prolongación histórica de la redención de Cristo para los hombres? El segundo elemento de este precioso texto es la promesa del Espíritu Santo (vv. 3-5). San Lucas comienza recordando que después de la resurrección de Jesús se abre una etapa de preparación de los discípulos, una de 40 días en la que el Resucitado actúa como tal en medio de la comunidad de los discípulos y la otra previa a la venida del Espíritu caracterizada por la oración y la espera del don prometido por Cristo. Entre ambas acontece la narración de la Ascensión de Jesús al cielo. Recordemos la fuerza simbólica que tiene el número 40 en la Biblia. En efecto, 40 días estuvo Moisés en la montaña, 40 días peregrinó Elías al monte de Dios y 40 días de las tentaciones de Jesús en el desierto. ¿Qué caracterizan estos 40 días? Se refiere al tiempo de prueba, de duda, de discernimiento y de fe. Es lo que viven los discípulos frente a la resurrección de Jesús como nos ha recordado este tiempo pascual. Con esto se nos recuerda que Jesús es una persona viva, resucitado, que acompaña el caminar sinuoso de los suyos. ¿Tienes alguna experiencia relacionada con el simbolismo de tus 40 días? Y, finalmente, el relato de la Ascensión del Señor (vv. 6-11). Hay que decir que sólo San Lucas escenifica la Ascensión mediante la imagen sugerente de la subida de Jesús al cielo. Nos sugiere que la etapa de los 40 días del resucitado culmina en la plena exaltación de Jesús, experiencia inenarrable porque es entrar en la plena posesión y comunión del misterio del Padre. Cristo está ahora en todas partes, glorioso y victorioso definitivamente, dotado de poder y gloria. La Ascensión no es un cambio de lugar y de tiempo sino una realidad que también nos envuelve a todos.

                El salmo 46, 2-3.6-9 expresa nuestra admiración por el Señor, rey del universo, un himno litúrgico que ensalza el señorío de Dios, Rey de toda la tierra y una invitación a cantar, a aclamar, porque efectivamente el Señor reina como soberano de toda la tierra.

                Segunda Lectura de la carta a los Efesios: 1, 17-23

                El texto de esta segunda lectura está dentro de una súplica que eleva el Apóstol Pablo ante Dios por la fe en Jesús y por el amor que muestran a los hermanos, dos notas distintivas de los cristianos y prueba que el plan de Dios se está realizando aquí y ahora. La oración está centrada en el conocimiento del Misterio de la salvación que Dios ha proyectado y realizado en Cristo, que ha iluminado los corazones para que puedan valorar “la esperanza a la que han sido llamados, la espléndida riqueza de la herencia que promete a los consagrados y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los creyentes” (vv. 18 -19). El poder de Dios se ha manifestado en Cristo “resucitándolo de la muerte y sentándolo a su derecha en el cielo” (v. 20). Prestemos atención a la afirmación siguiente: “Todo lo ha sometido bajo sus pies, y lo ha nombrado, por encima de todo, cabeza de  la Iglesia, que es su cuerpo y plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas” (v. 22-23).Una clara advertencia para quienes se veían tentados a aceptar la influencia de fuerzas misteriosas y ocultas que ponían en duda el poder absoluto de Cristo. “Dios todo lo ha sometido bajo sus pies” y lo ha puesto como Cabeza de la Iglesia. Cristo no es una propiedad individual, de cada uno, sino una realidad vivida “en comunidad” como pueblo de Dios. El cristiano verdadero no puede aceptar otros poderes sino el único poderoso que es Dios y su Cristo.

                Evangelio de San Marcos 16, 15-20

                Después de reprocharles su incredulidad y obstinación para creer el testimonio de quienes lo vieron resucitado, el Señor les envía a la misión evangelizadora en una clara señal de confianza en los suyos: “Entonces les dijo:”Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (v. 15). Estamos en el epílogo del más breve de los cuatro evangelios, sólo contiene 16 capítulos. Los discípulos reciben el encargo de la misión con sello de universalidad, no tiene límite geográfico, cultural, de raza o de idioma, la humanidad entera es el interlocutor de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo que tienen que anunciar es la Buena Noticia o Evangelio, es decir, el anuncio del Reino de Dios que se hace presente entre nosotros en la persona y palabra de Jesús, el Mesías anunciado. Siempre la forma de transmitir es la proclamación o anuncio, como un pregón que anuncia alegría y buena nueva. La misión evangelizadora precede a la tarea de la instrucción catequética, moral, bíblica, teológica, sacramental, etc. Es el gran desafío que enfrenta la Iglesia de hoy ante un proceso indiscutible de “pérdida de referencia cristiana” o “pérdida de influencia social significativa” del cristianismo, incluso en las sociedades católicas tradicionales. Esto implica un cambio de foco de nuestra misión en este nuevo bosquejo de un nuevo paradigma de sociedad y cultura emergente. Esto ha puesto en jaque formas tradicionales estables de evangelización, de catequesis, de moral, etc. Nos está costando mucho “encontrar el enfoque justo que responda a las necesidades del hombre de hoy” que debería emprender nuestra evangelización. Creo que muchos estamos de acuerdo en esta nueva situación espiritual en que estamos pero no sabemos cómo debería ser la proclamación de la Buena Noticia, sin traicionarla pero que responda a este hombre del siglo XXI. Tampoco los discípulos sabían muy bien cómo enfrentar el desafío de evangelizar el mundo judío y el inmenso mundo de los paganos. No se lanzaron solos sino animados del “agente fundamental de la Iglesia”, el Espíritu Santo, que el Padre y Cristo les regalaron. “Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la palabra con las señales que la acompañaban” (v. 20). Ojalá pudiéramos tener esa fe y esa certeza que no estamos solos, frente a un inmenso desafío como es anunciar el evangelio a los que se han alejado del evangelio o simplemente lo han descartado ya o no saben nada de él o no quieren saber nada de Cristo. ¡Ay de mí si no evangelizare! Exclamaba San Pablo para expresar ese fuego que arde por dentro al darnos cuenta de la envergadura de la misión encomendada.

                ¡Señor Jesús!, no queremos estar condenados, sino salvados. Ayúdanos con tu Espíritu a creer en tu Palabra. Ayúdanos a ser tus evangelizadores, empezando por el seno de nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros lugares de trabajo, Ayúdanos a vivir la gracia de nuestro bautismo con alegría, con esperanza, con entrega. ¡María de Nazaret! Ayúdanos a ser como tú, discípula evangelizadora, misionera y visitadora. Así sea.

                Un abrazo fraterno.                                                                       Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.              

 


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