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3er Domingo de Cuaresma


Jesús realiza, como en Caná de Galilea, una acción cuyo sentido traspasa la pura acción de expulsar los vendedores del templo. Esta acción del templo da paso a la manifestación mesiánica de Jesús. Esta acción parte mostrando la superación de las viejas instituciones de la antigua alianza e instala un nuevo orden de cosas centradas en la persona de Jesús.

3er DOMINGO DE CUARESMA (B)

¡CRISTO REDENTOR! PURIFICA MI CORAZÓN

                Un gran teólogo nos ayuda a comprender los alcances profundos de la escena del evangelio de hoy que nos presenta a Jesús entrando en el templo y expulsando a los vendedores de animales y cambistas, cuando afirma que “la encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la Presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado… Cada uno personalmente y todos en conjunto, en su misma unidad, son el templo de Dios, porque son el cuerpo de Cristo, animado y unido por su Espíritu. Así es el templo de Dios en los tiempos mesiánicos. Pero en ese templo espiritual, tal como existe en la trama de la historia del mundo, lo carnal continúa todavía no sólo presente, sino dominador y obsesionante. Cuando todo haya sido purificado, cuando todo sea gracia, cuando la parte de Dios aparezca de tal modo victoriosa que “Dios sea todo en todos”, cuando todo proceda de su Espíritu, entonces el Cuerpo de Cristo será establecido para siempre, con su Cabeza, en la casa de Dios”. (Y.M. Congar, El misterio del templo, Barcelona, 1964).  

PALABRA DE VIDA

Éx 20, 1-17          “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto”.

Sal 18, 8-11                 Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

1Cor 1, 22-25     “Y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza  de los hombres”.

Jn 2, 13-25          “Pero Jesús se refería al templo de su cuerpo”.

                La primera lectura del Libro del Éxodo nos ofrece un texto fundamental de toda la Biblia: se trata de las diez palabras o mandamientos. Éstas diez palabras  o Decálogo (deca= diez y logoi= palabras) son fundamentales y están ubicadas aquí en este capítulo 20 de Éxodo como base del resto de la extensa legislación que regía la moral y la vida del pueblo elegido. Consta de doce preceptos formulados en forma negativa y dos en positiva. En estos mandamientos se resume lo esencial de la enseñanza moral de Israel, la que da pie al llamado Código de la Alianza y a otros cuerpos legales. Por la centralidad de estos mandamientos es que se repiten en el Libro del Deuteronomio 5, 6-21. Su formulación más original es la breve formulación aunque con el tiempo recibieron ampliaciones. La estructura del Decálogo es muy digna de atención. En efecto, los tres primeros mandamientos se refieren a las normas relacionadas con Dios. Y los siete restantes se refieren a las normas relacionadas con el prójimo que comienzan por el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean muchos en la tierra que el Señor, tu Dios, te da” (v. 12). Es el único que contiene una bendición como es la larga vida en la tierra. Este importante texto se abre con una declaración solemne: “Y dijo Dios todas estas palabras: Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (v. 2). A tan solemne declaración sigue el imperativo con que Dios ordena vivir estos mandamientos que tienen plena vigencia para el cristiano, aún cuando desde el encuentro con Jesús hay que comprenderlos en el ámbito del amor en su doble  dimensión, a Dios y al prójimo. Olvidar el Decálogo o ignorarlo es muy grave para la auténtica experiencia cristiana, especialmente para el compromiso con la vida nueva o moral evangélica. El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla el Decálogo a partir del número 2052 y hasta el N° 2557, dentro del gran tema de la Vida Nueva de Cristo, es decir, el compromiso moral cristiano, tan necesario y urgente de conocer y vivir en la actual coyuntura cultural en que vivimos la fe.

                La segunda lectura tomada de la Primera Carta de San Pablo a los cristianos de Corinto nos ofrece un extraordinario aspecto de la predicación cristiana que brilla con luces propias cuando se la compara con la sabiduría de los judíos y de los griegos, es decir, la sabiduría de este mundo terreno. El centro admirable es la presencia del Crucificado como principio de salvación. El texto se abre con una certeza irrenunciable para Pablo cuando afirma: “El mensaje de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios”. (v. 18). Por eso el Apóstol puede exponer la razón de ser de la vida cristiana: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalos para los judíos y locura para los paganos” (v. 22), ya que ha dicho antes que los judíos piden milagros y los griegos sabiduría como camino de salvación. ¿Cómo puede Dios salvarnos a través de la fragilidad de un Crucificado? Esa es precisamente la grandeza del camino cristiano. Nos salva a través de nuestra propia realidad humana frágil y no fuera de ella. Para los sabios de este mundo esto aparece como una locura, ya que creen que el poder y los poderes de este mundo pueden salvar al hombre y a la humanidad. El proceder de Dios que va contra la lógica humana de los poderosos y sabios, confunde al redimir mediante la debilidad de un Mesías servidor humilde que regala su vida en el sacrificio de la cruz. Porque en ella se expresó el más grande amor que jamás el mundo conoció ni imaginó. Nuestro conflicto con la cruz y el Crucificado proceden de nuestro orgullo que desea conquistar por sus propios medios humanos la salvación y nos resistimos a acogerla como don o regalo inmerecido. Todo es gracia decía San Agustín.

                El evangelio de San Juan nos ofrece una página que muchos recuerdan para reforzar su propia violencia. El relato de la expulsión de los vendedores del templo aparece  en los cuatro evangelios (Mt 21, 12-13/ Mc 11, 15-17/ Lc 19, 45-46 y Jn 2, 13-25). En el evangelio de este domingo Jesús cambia de escenario desde su breve paso por Cafarnaún sube a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua.

                Hay que señalar para comprender bien el sentido y profundidad de la escena del templo que estamos ante la revelación de Jesús a través de los signos. Si el signo de las bodas de Caná deja claro que Jesús realiza la primera acción donde manifiesta la naturaleza de la salvación que nos trae. Mientras la humanidad no tiene esperanza ni alegría, Jesús transforma el agua en vino e instaura la fiesta definitiva de la alianza de Dios con la humanidad. En los inicios de esta revelación está María que intercede para que Jesús se manifieste ya y entremos a vivir ese tiempo nuevo de plenitud. En el segundo signo Jesús entra al templo, considerado junto a la Ley de Dios como lo más sagrado que el pueblo escogido tiene. Jesús realiza, como en Caná de Galilea, una acción cuyo sentido traspasa la pura acción de expulsar los vendedores del templo. Esta acción del templo da paso a la manifestación mesiánica de Jesús. Esta acción parte mostrando la superación de las viejas instituciones de la antigua alianza e instala un nuevo orden de cosas centradas en la persona de Jesús. Por lo tanto, la expulsión no obedece simplemente a una rabieta revolucionaria de un activista sino que es un poderoso signo de que algo nuevo está manifestándose en Jesús en el ámbito de la salvación de la humanidad. Así el episodio de Caná y el del templo muestran un paso trascendental que Jesús realiza entre lo viejo (las tinajas de la purificación y las mesas de los vendedores del templo) y lo nuevo (el agua convertida en vino y la declaración de que Él es el verdadero y nuevo templo donde encontramos a Dios).

                Respecto a la ambientación del signo o purificación del templo, cabe señalar que está muy vinculado a la Pascua de los judíos, otro elemento central en la vida de Israel. Bueno, hasta  la fiesta principal está desperfilada y se ha convertido en una manifestación de mercado. Se trata de un culto centrado en las ofrendas pero bastante lejos del sentido original. Prestemos atención a la descripción de lo que encuentra Jesús en el templo. Jesús va al templo a orar y se encuentra con el triste espectáculo del mercado. La acción de Jesús recuerda las acciones de los grandes profetas de Israel, llenos de celo por la gloria de Dios. El versículo 16 ofrece la clave de lectura de la acción decidida y convincente de Jesús frente al espectáculo de los vendedores y cambistas. Así dice Jesús:”Y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Notemos que habla de “la casa de mi Padre” y no dice como en general decimos “la casa de Dios”. Está afirmando la filiación única de Jesús con Dios, su Padre.

                Notemos que en dos oportunidades se habla de “vendedores de bueyes, ovejas y palomas (v. 14) y “los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y bueyes” (v. 15). Bueyes y ovejas son las víctimas para los sacrificios que abundaban en la fiesta de pascua. Este detalle no deja de tener un sentido: al expulsar del Templo a los vendedores y cambistas junto con sus animales, Jesús está señalando el término del sistema sacrificial antiguo. No son necesarios estos sacrificios. El Padre no necesita de estas ofrendas, hay un mundo distinto que supone acoger a Jesús como el verdadero Templo donde nos encontramos con Dios.

                Las autoridades judías del templo piden a Jesús un signo que acredite su autoridad para actuar de una manera tan provocativa como la “purificación del Templo”. La respuesta de Jesús no va en la línea de la pregunta ni de lo que esperaban sus interlocutores, que era un signo portentoso de su mesianidad. Responde con el misterio de su resurrección: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (v. 19). La respuesta no es comprendida por los judíos que siguen anclados en la realidad del templo material. El evangelista nos aporta una clarificación extraordinaria cuando dice: “Pero él se refería al templo de su cuerpo” (v. 21).

                En conclusión, el nuevo templo es el cuerpo de Cristo Resucitado y él es el lugar de la presencia de Dios en medio de la comunidad y en el mundo. De ahí que el verdadero encuentro con Dios  pasa por el encuentro personal con la Persona de Jesucristo vivo. Así evitamos espiritualizar el templo hasta convertirlo en una realidad etérea; la fe cristiana es pues encarnación y visibilidad del misterio en el Señor Jesucristo y su Espíritu.

                Hasta aquí el comentario de este maravilloso texto cristológico. No olvide que tenemos la cita del sábado 17 de marzo de 2018 en el Santuario de Lo Vásquez como Familia Mercedaria Chilena que quiere inaugurar el Año Jubilar de la Merced en sus 800 Años de vida y misión en el mundo.

                Un saludo y bienvenidos al Año Escolar 2018.    Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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