Recomendar       Imprimir





2° Domingo de Pascua. Comentario del Evangelio


San Juan Pablo II estableció, durante el Jubileo del año 2000, que en toda la Iglesia el domingo que sigue a la Pascua se denominara también Domingo de la Misericordia Divina. Tal determinación coincidió con la canonización de la hermana religiosa polaca Faustina Kowalska (1905- 1938). La misericordia ha sido puesta de relieve nuevamente por el Papa Francisco que convocó a la Iglesia a vivir el Año de la Misericordia el 2016.

2° DOMINGO DE PASCUA (A)

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Textos

Hch 2, 42-47       “Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común”.

Sal 117, 2-4.13-15.22-24              ¡Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno  su amor!

1Pe 1, 3-9            “Dios nos ha hecho renacer para una esperanza viva”.

Jn 20, 19-31        “Felices los que crean sin haber visto”

 

                San Juan Pablo II estableció, durante el Jubileo del año 2000, que en toda la Iglesia el domingo que sigue a la Pascua se denominara también Domingo de la Misericordia Divina. Tal determinación coincidió con la canonización de la hermana religiosa polaca Faustina Kowalska (1905- 1938). La misericordia ha sido puesta de relieve nuevamente por el Papa Francisco que convocó a la Iglesia a vivir el Año de la Misericordia el 2016. No cabe duda que la misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico y es el nombre que mejor expresa el rostro de Dios tanto en el Antiguo Testamento como, sobre todo, en Jesucristo quien encarnó, en palabras y gestos, el amor misericordioso y compasivo del Padre hacia el pecador. La misericordia es una clave de lectura de lo que la Iglesia debe ser en el mundo, tan misericordiosa como su Señor, especialmente en el sacramento de la reconciliación y en las obras de misericordia que hemos recordado durante el año pasado. Y la misericordia es clave de comprensión del carisma mercedario,  por cuanto la obra de redimir cautivos resume todas las acciones caritativas realizadas en favor del prójimo necesitado. No hay pobreza más extrema que carecer de la libertad propia y estar sometido a cautiverio. Por eso, quien practica la obra de redimir cautivos realiza el mayor servicio del amor evangélico, el signo más cercano al gesto sublime del mismo Cristo que entregó su vida para rescatarnos del pecado y de la muerte. Cristo es modelo y cumbre de toda donación que realicen sus discípulos a favor del prójimo. El corazón de Cristo está lleno de misericordia y una de las páginas hermosas del evangelio así lo describe. Me refiero a la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37). Sírvanos este domingo para renovar nuestro compromiso a “ser misericordiosos como nuestro Padre del cielo es misericordioso”.

                Dejemos que la Palabra de Dios también nos convenza en medio de nuestras dudas, temores y encierros y nos transforme, por obra del Espíritu del Resucitado, en una comunidad misionera formada por discípulos misioneros. Esta fue la gran invitación de los Pastores en Aparecida. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Por qué nos cuesta tanto vencer la inercia de los tiempos? ¿Por qué nos está costando creer en el poder del Resucitado? Dejémonos interpelar por la Palabra de Dios.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 42 – 47

                ¿Ideal o realidad? Ambas a la vez y no es necesario optar por una u otra. Las dos, ideal  y realidad, son indispensables en la vida humana y con toda razón en la vida cristiana. San Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece unos resúmenes o sumarios que cierran una narración y abren otra. Un primer sumario lo encontramos en Hc 1, 12 -14 y se refiere a la inmediata situación después de la ascensión del Señor al cielo y como el grupo se prepara para la siguiente elección de Matías. El texto de la primera lectura de hoy, Hc 2, 42 – 47, es el segundo resumen o sumario acerca de la primera comunidad cristiana o primitiva comunidad cristiana de Jerusalén. Con este sumario Lucas cierra lo concerniente a Pentecostés. Nos cuenta brevemente acerca de la vida interna de la primera comunidad cristiana como un efecto inmediato de la acción del Espíritu Santo. El don del Espíritu produce en los creyentes unas actitudes y prácticas que expresan y sostienen esa vida: en primer lugar, la escucha del evangelio o como se lo menciona “enseñanza de los apóstoles”. ¿Qué otra cosa podían enseñar que no fuera el mensaje acerca de Jesús, muerto y resucitado? Luego se menciona la vida en común o vida comunitaria donde se vive en función del bien común como la fraternidad, la concordia, la paz, etc. En un mundo tan dividido, la comunidad cristiana era una propuesta alternativa de un estilo de vida que partía del mutuo reconocimiento. Otro aspecto a destacar es la “fracción del pan y las oraciones”. La Iglesia primitiva designaba a la eucaristía como “fracción del pan” acentuando el aspecto de comunión con Cristo que viven los cristianos en este sacramento. Esta común unión además se expresaba en la posesión común de los bienes, para lo cual los ricos repartían sus bienes entre los pobres. Esto es absolutamente nuevo: sin desprendimiento de los bienes no es posible edificar una vida común o en común. Es indispensable compartir los bienes lo que implica desprendimiento real, efectivo y afectivo de las cosas. No impera una razón de austeridad sino la decisión de entrar a vivir en la comunidad fraterna. Humanamente parece muy difícil pero el Espíritu Santo puede producir ese milagro. Un principio extraordinario es que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y que a cada uno se le dé según su necesidad. ¿Ideal o realidad? Este modelo de vida cristiana describe los rasgos esenciales de toda otra comunidad que en nombre de Cristo quiera hacer suyo este estilo evangélico de vida. Es ideal de vida por alcanzar siempre y es realidad que vamos experimentando cada día en la trabajosa edificación de la fraternidad. Revisemos nuestra actual experiencia comunitaria comenzando por la propia familia, la comunidad cristiana, etc.

                De la Primera Carta de San Pedro 1, 3-9

                Estamos ante una bendición solemne, al estilo de las bendiciones judías, que podemos entender como una acción de gracias. El autor de la carta bendice a Dios o le da gracias por la salvación que han recibido las comunidades al renacer a la nueva vida. El texto es un himno que tiene la forma de una profesión de fe, recitada en un clima de oración, en la que desfilan los principales temas de la catequesis bautismal en la que ya han sido iniciados los oyentes. La fuente de esta nueva vida es el plan misericordioso del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, realizado en la muerte y resurrección de Cristo y está alimentada por la fe, custodiada por Dios y animada por la esperanza viva de “una herencia que no puede destruirse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo” (v. 4). Aunque estos cristianos no conocieron ni vieron personalmente a Jesucristo, sin embargo “ustedes lo aman sin haberlo visto y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso” (v. 8). Esta fe es mucho más digna de destacar porque están pasando momentos duros: “Alégrense, aunque por el momento tengan que soportar pruebas diversas” (v.6). Y entonces deben comprender que la fe se prueba como el oro purificado por el fuego. Es la forma de alentarlos en medio de las dificultades presentes. ¿Qué me dice esta realidad de los creyentes a los que se dirige la Carta de Pedro? ¿Acepto que debo ser probado y purificado por el fuego de la prueba y contrariedades de la vida para que mi fe sea auténtica?

                Del evangelio según San Juan 20, 19-31

                Ya dijimos que dos son las pruebas de la resurrección: el sepulcro vacío y las apariciones del Resucitado. Hoy estamos ante un relato de una aparición a los discípulos acontecida el primer día de la semana al atardecer. Se resalta que están reunidos “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (v. 19). Este “primer día” es referencia al primer día de la nueva creación que acontece con Jesús muerto y resucitado. Un nuevo mundo emerge, lo antiguo ha pasado. Y entonces nuestra vida de fe y nuestras comunidades pueden situarse o en el antiguo estado de miedo y repliegue o efectivamente viven este “primer día” de la nueva creación con alegría y fuerza. Por otra parte, el Resucitado aglutina, convoca, reúne y congrega a los creyentes librándoles del aislamiento y miedos para hacerlos comunidad y enviarlos a la misión. Deben dar testimonio de lo que han visto y oído, es decir, de los signos del paso del Resucitado por sus vidas. El Resucitado reaviva la fe y reanima para enviar. En cada Pascua la Iglesia comienza a vivir como en el “primer día” de la nueva creación.

                El texto del evangelio de este domingo se divide en tres partes: la primera (vv, 19-23) Jesús vuelve a encontrarse con sus discípulos, los libera del miedo y los envía a continuar su misión, para lo cual les regala el Espíritu. La idea central es que la comunidad cristiana se constituye alrededor de Jesús vivo y presente, muerto y resucitado. Prestemos atención al modo como Jesús les comunica su Espíritu: “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (v.22). Nos recuerda el soplo de Dios en la nariz del hombre (Gn 2, 7) y el hombre se convirtió en un ser viviente. 

                La segunda (vv. 24 – 29) se refiere a la incredulidad de Tomás. Este apóstol representa a aquellos que no hacen caso al testimonio de la comunidad ni perciben los signos de la nueva vida del Resucitado. Para creer necesitan pruebas y señales. Tampoco Tomás busca a Jesús sino un cadáver donde comprobar los signos de su pasión. Jesús le concede lo que pide pero no aisladamente sino en medio de la comunidad. Tomás logra creer y su confesión de fe es la que reconoce al Resucitado: “Señor mío y Dios mío”. La enseñanza es elocuente: quien no se integra ni participa en la comunidad de Jesús, no puede sino pedir “pruebas y señales” por su cuenta. El Resucitado está en medio de la comunidad de los discípulos que creen en Él como el que vive y está en medio. El caso de Tomás es pedagógico, catequético, pues sirve para mostrar que hay requisitos indispensables para no caer en la incredulidad o en la indiferencia como son: la escucha de la Palabra de Dios, ya que Dios habla de muchas maneras y es necesario estar atento a esas voces de Dios o dar primacía al testimonio de tantos testigos del Señor no sólo dentro de la Iglesia sino también fuera de ella; y fundamental es formar parte de la comunidad cristiana. Son formas concretas para no caer en la incredulidad o la indiferencia. Los signos del Señor Resucitado  están diseminados en el mundo real pero hay que saber descubrirlos. Si digo que creo en Dios pero no en la Iglesia es muy difícil que llegue a la verdadera fe. La comunidad, con todas las imperfecciones humanas que le aportamos los seres humanos que la integramos, es el espacio privilegiado para vivir y encontrar la fe en el Señor.

                La tercera (vv. 30-31) es la conclusión del evangelio identificado como el Libro de los Signos o Señales que nos hablan del misterio de Cristo y del Reino. Es interesante el objetivo para el que se ha escrito el evangelio: “Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él” (v.31). De este modo, los creyentes viven un encuentro con Jesús, el Mesías, en la comunidad de los discípulos y a través del Evangelio escrito como Palabra de Dios.

                Que el Señor los bendiga.            Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |