Septiembre, mes de la Merced: María, Madre y guía en la misión de liberar
Provincia Mercedaria
de Chile

Septiembre, mes de la Merced: María, Madre y guía en la misión de liberar

Martes 01 de Septiembre, 2026

 
En el corazón de la espiritualidad mercedaria, septiembre se presenta como un tiempo de gracia, memoria y renovación. Al celebrar a Nuestra Madre de la Merced, la familia mercedaria vuelve a sus fuentes para reconocer en María el rostro materno de la redención y renovar su compromiso con quienes viven las nuevas formas de cautividad de nuestro tiempo.

Septiembre tiene un significado particular para todo hombre y mujer que se reconoce parte de la familia mercedaria. El noveno mes del año es, para nosotros, el Mes de la Merced, tiempo en el que la Iglesia y, de manera especial, la familia de la Orden de la Merced, vuelve su mirada hacia María, la Madre de Dios y de la Iglesia, para conmemorar, evocar y celebrar su presencia constante en el camino de nuestra espiritualidad y de nuestra misión.

No se trata solamente de una tradición que se repite cada año ni de un conjunto de celebraciones litúrgicas que culminan en la solemnidad de Nuestra Señora de la Merced. Septiembre es, ante todo, una oportunidad para volver a mirar el misterio de nuestra vocación desde María, reconocer en ella a la Madre que acompaña el caminar de la familia mercedaria y renovar la misión redentora que hemos recibido como don del Espíritu para la Iglesia y para el mundo.

Durante este mes, redentores, redimidos, comunidades, familias, jóvenes, niños y fieles del pueblo de Dios elevamos nuestra oración a la Madre de Jesús, reconociendo en ella a aquella que, desde los comienzos de la historia de la Merced, acompaña, inspira y sostiene el camino de quienes han sido llamados a ser instrumentos de libertad.

María no nos conduce hacia sí misma como destino final. Su misión es siempre señalarnos a Cristo. Como en Caná, continúa invitándonos a mirar a Jesús y a hacer aquello que Él nos diga. Por eso, acercarnos a María durante este mes significa también volver a poner a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestra misión y de nuestro compromiso con los cautivos de nuestro tiempo.

 

María y la historia de una misión redentora

La presencia de María en la espiritualidad mercedaria no puede comprenderse separada del acontecimiento fundacional de la Orden. Desde sus orígenes, la familia mercedaria ha reconocido en Nuestra Madre una presencia maternal estrechamente vinculada con la misión de la redención.

San Pedro Nolasco y sus primeros compañeros supieron leer los signos de su tiempo. En medio de una realidad marcada por la cautividad, la violencia, la persecución y la pérdida de la libertad, no permanecieron indiferentes. Inspirados por la fe y movidos por la misericordia, buscaron respuestas concretas frente al sufrimiento de tantos hombres y mujeres.

Aquella capacidad de leer los signos de los tiempos ("¿Saben discernir el aspecto del cielo y no los signos de los tiempos?" Mt 16,3) pertenece profundamente a la identidad mercedaria. El carisma recibido no es una realidad estática ni una pieza de museo que deba ser simplemente conservada. Es un don vivo del Espíritu, llamado a actualizarse allí donde existan hombres y mujeres cuya dignidad y libertad estén amenazadas.

Por eso, la Merced es un carisma dinámico que refleja la redención salvífica del Padre. Nace de la experiencia de un Dios que no permanece indiferente ante el sufrimiento humano, sino que escucha el clamor de sus hijos y actúa para liberarlos.

La historia de la salvación nos revela constantemente a este Dios que libera. «"Yo soy el Señor. Yo los haré salir de la esclavitud" (Ex 6,6). Es el Dios del Éxodo, el Dios que escucha, ve, conoce y desciende para liberar. Es el mismo Dios que, en Jesucristo, lleva la lógica de la redención hasta el extremo del amor entregado. Desde esta perspectiva, la experiencia mercedaria hunde sus raíces en el corazón mismo del Evangelio, en el que contemplamos al Dios que quiere que sus hijos sean libres.

 

María, mujer de libertad y discípula de la redención

La Virgen de la Merced es icono, modelo y protagonista de liberación en el plan de salvación. En ella contemplamos a una mujer que supo escuchar a Dios, acoger su Palabra y poner toda su existencia al servicio de un proyecto que la superaba. Fue una mujer joven, creyente, discípula, evangelizada y evangelizadora. Su vida estuvo marcada por una disponibilidad radical: "He aquí la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).

Ese de María no fue pasivo. Fue un consentimiento activo a la acción de Dios. Su disponibilidad abrió espacio para la Encarnación. En su seno, la Palabra se hizo carne; en su vida, la fe se convirtió en servicio; en su camino, la esperanza atravesó también el dolor, la incertidumbre y la cruz.

Por eso, María puede ser contemplada por la familia mercedaria como mujer de libertad. Ella es la mujer que se deja liberar por Dios y, precisamente por eso, se convierte en instrumento de liberación para otros.

Su maternidad no puede entenderse solamente desde una perspectiva afectiva. Su misión y rol maternal posee una profunda dimensión eclesial y espiritual. Ella acompaña a la Iglesia, sostiene a sus hijos y conduce continuamente hacia Cristo. Como Madre espiritual, nos enseña que la verdadera devoción nunca puede separarse del compromiso con la vida, la dignidad y la libertad de las personas.

Por eso, mirar a María desde la Merced significa preguntarnos quiénes son hoy los cautivos a los que estamos llamados a buscar, y también dónde están quienes han perdido su libertad, su esperanza, su dignidad o la capacidad de reconocer su propia condición de hijos e hijas amados por Dios.

 

El cuarto voto y las nuevas cautividades

La identidad mercedaria encuentra una expresión particularmente profunda en el cuarto voto, aquel que nos compromete con la redención de los cautivos, incluso hasta la entrega de la propia vida si fuese necesario.

Este voto no puede reducirse a una comprensión histórica de la cautividad. Si bien la Orden nació en un contexto determinado y respondió concretamente a la situación de los cristianos cautivos, el carisma redentor recibido por san Pedro Nolasco continúa interpelándonos ante las nuevas formas de esclavitud que aparecen en cada época.

Hoy existen cautividades que quizás no tienen cadenas visibles, pero que pueden ser igualmente profundas y destructivas. Hay personas cautivas de la pobreza, de la violencia, de la trata y del abuso; personas atrapadas en situaciones de exclusión, abandono, explotación, discriminación o desesperanza. Hay quienes viven sometidos a estructuras que vulneran su dignidad y quienes experimentan formas de esclavitud que afectan su libertad interior, sus relaciones, sus proyectos y su capacidad de vivir con esperanza. Frente a esta realidad, el carisma mercedario vuelve a escuchar el clamor de los cautivos.

La redención no es simplemente una idea teológica, sino ante todo una manera concreta de vivir y de entregar la propia existencia por los demás.

La misión mercedaria consiste, entonces, en salir al encuentro, en reconocer, en escuchar, en acompañar, en anunciar la Buena Noticia, en generar espacios de libertad, en defender la dignidad humana y en hacer presente, allí donde existe cautividad, la misericordia liberadora de Dios. Y María permanece en medio de este camino como Madre, inspiración e intercesora.

 

Septiembre, tiempo para volver a las fuentes

Celebrar el Mes de la Merced es también una invitación a volver a las fuentes de nuestra identidad.

La novena y la solemnidad de Nuestra Señora de la Merced constituyen momentos privilegiados de encuentro comunitario, oración, celebración y acción de gracias. Pero el sentido profundo de este tiempo va mucho más allá de una preparación litúrgica, llevándonos a la pregunta esencial:  ¿qué significa ser mercedarios hoy?

Nos invita a revisar nuestras comunidades, nuestras obras, nuestras relaciones y nuestra manera de anunciar el Evangelio; a discernir si estamos verdaderamente atentos a los signos de los tiempos y si somos capaces de reconocer las nuevas cautividades que esperan una respuesta de misericordia y de liberación.

En este sentido, el camino sinodal que vive la Iglesia encuentra una profunda resonancia con la experiencia mercedaria. Caminar juntos, escuchar, discernir y buscar el bien de los demás son actitudes que estuvieron presentes desde los orígenes de la Orden.

San Pedro Nolasco y sus compañeros no vivieron el carisma como una experiencia individual. Lo vivieron en comunidad y en misión. Supieron escuchar el clamor de los cautivos y discernir, a la luz del Evangelio, una respuesta concreta.

El Mes de la Merced puede convertirse, así, en un verdadero tiempo de discernimiento comunitario y misionero. Un tiempo para preguntarnos dónde nos necesita hoy el Señor, dónde están aquellos que esperan una palabra de esperanza, una presencia cercana, una comunidad que acoja y una Iglesia que se comprometa con su libertad.

 

La Merced del Padre en las manos de María

El misterio de la Merced nos conduce finalmente al corazón mismo de Dios.

El Dios que se revela en Jesucristo es el Dios de la misericordia. Es el Padre que no abandona a sus hijos, sino que sale a su encuentro. Es el Abbá que entrega a su Hijo por nuestra salvación y derrama sobre la Iglesia la fuerza del Espíritu Santo para continuar la misión liberadora de Cristo. La redención mercedaria solamente puede comprenderse desde este misterio.

No somos nosotros quienes inventamos la misión de liberar. Participamos de una misión que nace en el corazón de Dios.

Cristo es el Redentor. Él es quien libera verdaderamente. La familia mercedaria está llamada a ser instrumento de esa redención, prolongando en la historia la misericordia de Dios hacia quienes viven situaciones de cautividad. En este misterio, María aparece como aquella que recibe, acoge y entrega.

Ella es la mujer del fiat, de la disponibilidad y de la confianza. Es la Madre que recibe la Palabra y la ofrece al mundo, la discípula que permanece junto a la cruz. Es la mujer que acompaña a la Iglesia naciente; es aquella cuya vida entera se encuentra orientada hacia el proyecto salvador de Dios.

Por eso, para la espiritualidad mercedaria, María no es un elemento secundario, sino la Madre, fundadora, intercesora e inspiradora de una obra que tiene como centro la redención y la libertad.

 

«Nada emprendan sin María»

Una antigua expresión de la tradición mercedaria resume bellamente esta relación: «Nada les agrade sin María, nada le desagrade con María, y todo lo emprendan y hagan en su nombre» (COM 1961, Dist. IV, n. 12). Estas palabras pueden ser comprendidas hoy como una invitación a poner nuestra vida y nuestra misión bajo la mirada maternal de María.

Emprender con María significa aprender de su disponibilidad, escuchar como ella escuchó, confiar como ella confió, salir al encuentro como ella salió al encuentro de Isabel, permanecer junto a quienes sufren, incluso cuando el camino conduce hasta la cruz; significa, finalmente, conducir a las personas hacia Jesús, porque toda mariología auténtica es cristológica; es decir, que toda verdadera devoción mariana lleva al encuentro con su Hijo.

Cuando una comunidad mercedaria se deja acompañar por María, la mirada maternal de la Virgen la impulsa hacia las periferias de la vida, hacia aquellos lugares donde la dignidad humana se encuentra amenazada y donde la libertad necesita ser anunciada, defendida y acompañada.

 

Vivir septiembre con una actitud profética

Por todo ello, el Mes de la Merced puede ser vivido como un verdadero itinerario espiritual.

Un camino que comienza en la Anunciación, porque toda misión nace de una palabra de Dios que llama. Continúa en la Encarnación, porque la fe verdadera se hace concreta y entra en la historia. Pasa por la Cruz, porque toda verdadera entrega redentora implica asumir el sufrimiento de quienes padecen y estar dispuestos a entregar la propia vida por amor. Y se abre finalmente a la Resurrección y la Transfiguración, porque la última palabra de Dios sobre la humanidad no es la cautividad, sino la libertad; no es la muerte, sino la vida; no es la desesperanza, sino la esperanza renovada en Cristo.

No podemos anunciar la libertad si no somos capaces de reconocer las cadenas que existen a nuestro alrededor, ni tampoco podemos hablar de redención si permanecemos indiferentes frente al sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas.

El Mes de la Merced, entonces, nos invita a renovar nuestra mirada para descubrir dónde el Señor nos está llamando hoy a ser presencia redentora.

 

Una familia llamada a liberar

Al celebrar a Nuestra Madre de la Merced, toda la familia mercedaria está llamada a renovar su compromiso con el Evangelio y con aquellos que viven diversas formas de cautividad.

Que nuestras comunidades sean espacios de libertad, que nuestras obras sean lugares donde la dignidad humana sea respetada y promovida, que nuestra pastoral sea capaz de escuchar los clamores de nuestro tiempo, que nuestra formación nos ayude a discernir las nuevas realidades de cautividad, que nuestra oración no nos aleje del mundo, sino que nos impulse a entrar en él con misericordia, y que nuestra acción evangelizadora tenga siempre presente que detrás de cada situación de cautividad existe un rostro, una historia, una persona amada profundamente por Dios.

María, Nuestra Madre de la Merced, continúa caminando con nosotros. Ella nos enseña, en este mes de la Biblia, a escuchar la Palabra, a acogerla, a encarnarla y a ponerla al servicio de los demás. Ella nos recuerda que la fe no puede permanecer encerrada, sino que debe convertirse en servicio, entrega y misión.

En sus manos ponemos nuevamente nuestra vocación redentora, en su regazo confiamos nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros religiosos y religiosas, nuestros laicos, nuestros jóvenes y todos quienes forman parte de esta gran familia espiritual. Y bajo su mirada maternal ponemos especialmente a quienes hoy viven alguna forma de cautividad.

Que ella nos enseñe a reconocerlos, nos conceda la valentía para acercarnos, nos dé un corazón misericordioso para acompañarlos y que, siguiendo el ejemplo de san Pedro Nolasco y de tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han entregado su vida por la libertad de los cautivos, podamos continuar haciendo presente en nuestro mundo la Merced liberadora del Padre.

Que este septiembre no sea solamente un mes para celebrar a María, sino también y sobre todo, un mes para aprender de María a vivir para los demás. Que sea un tiempo de gracia, de renovación y de compromiso.

Que sea verdaderamente un Mes de la Merced.

Bajo el manto de Nuestra Madre de la Merced, sigamos caminando como familia, como Iglesia y como comunidad redentora, llevando al corazón de nuestro tiempo la esperanza de Cristo y buscando, allí donde se encuentren, a los cautivos que esperan una palabra, una presencia y un gesto concreto de libertad.

 

Fuente: Secretaría Pastoral Provincia Mercedaria de Chile.



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