
Cada 1 y 2 de agosto, la Familia Mercedaria vuelve su mirada hacia uno de los acontecimientos fundamentales de su historia y de su identidad: la inspiración que, según la tradición de la Orden, recibió san Pedro Nolasco de la Santísima Virgen María para fundar una nueva institución dedicada a la redención de los cautivos.
Las antiguas crónicas sitúan este acontecimiento en la noche del 1 al 2 de agosto de 1218. Pedro Nolasco, profundamente preocupado por la situación de tantos cristianos que sufrían la esclavitud y la cautividad, se encontraba en oración y discernimiento. Según la tradición, en ese contexto se le manifestó la Santísima Virgen María, bajo la advocación de la Merced, y le pidió que no se retirara a la soledad, sino que fundara una nueva religión (Orden) que tuviera como finalidad ejercitar la caridad con los cautivos, procurando su liberación.
El relato fundacional expresa, así, el corazón de aquello que posteriormente identificaría a la Orden de la Merced: una espiritualidad nacida de la contemplación de Dios y orientada inmediatamente hacia el hermano que sufre la privación de libertad y, con ella, el riesgo al abandono de la fe cristiana.
No se trataba simplemente de crear una nueva comunidad religiosa. Se trataba de responder a una realidad concreta de cautividad. La inspiración recibida por Pedro Nolasco lo sacó de la posibilidad de una vida retirada para conducirlo hacia la misión de hacer de la caridad una acción concreta de liberación.
Volver al origen para renovar la misión
La memoria de la inspiración fundacional no constituye solamente la evocación de un episodio del pasado. Para la Orden de la Merced, volver a 1218 significa volver al corazón de su identidad y preguntarse nuevamente dónde están hoy quienes viven situaciones de cautividad y qué respuesta puede ofrecer la espiritualidad redentora.
El nombre mismo de la Orden expresa esta misión. Como recuerda Faustino Gazulla, ya antes de 1218 la obra dedicada a la redención de cautivos era conocida como «obra de merced», y las casas de quienes se dedicaban a esta tarea eran llamadas «casas de la Merced». La elección de este nombre para la nueva institución manifestaba, por tanto, una voluntad precisa: consagrarse de manera particular a la redención de quienes sufrían la cautividad.
La tradición mercedaria reconoce en este acontecimiento una llamada que permanece vigente a través de los siglos, y es que allí donde una persona ve amenazada su libertad y dignidad, allí debe hacerse presente la Merced.
Por eso, retornar al carisma fundacional no significa intentar reproducir literalmente las circunstancias del siglo XIII, sino recuperar la mirada de Pedro Nolasco; mirada capaz de contemplar la realidad, dejarse interpelar por el sufrimiento de otros y responder desde la fe con misericordia, compromiso y acción redentora.
El mismo Gazulla destaca que, más allá de las circunstancias concretas de la revelación, fueron sus frutos los que dejaron una huella profunda en la historia. Una nueva devoción a la Santísima Virgen bajo la advocación de la Merced y, junto a ella, «un plantel de hombres heroicos» que, impulsados por esa devoción, estuvieron dispuestos a entregar su vida por sus hermanos cautivos.
Es precisamente en esos frutos donde la inspiración de 1218 continúa hablando a la Iglesia y al mundo.
Una inspiración que se hace historia
La experiencia de san Pedro Nolasco no quedó encerrada en una experiencia espiritual personal. Se transformó en comunidad, misión y servicio. La inspiración se hizo historia cuando Pedro Nolasco, junto a san Raimundo de Peñafort, el rey Jaime I de Aragón, el obispo de Barcelona Berenguer de Palou y otros colaboradores, emprendió las gestiones necesarias para llevar adelante la fundación de la nueva Orden.
Así, desde sus comienzos, la espiritualidad mercedaria aparece vinculada a la convicción de que la fe no puede permanecer indiferente frente a la cautividad.
La misericordia contemplada en María debía convertirse en misericordia practicada por sus hijos e hijas. La devoción debía conducir al compromiso. La oración debía abrir los ojos ante la realidad. Y el amor a Dios debía traducirse en una entrega concreta por la libertad de quienes sufrían.
Esta dinámica permanece actual, porque las formas de cautividad han cambiado, pero la experiencia humana de la opresión, la violencia, la persecución y la pérdida de libertad continúa presente en nuestro mundo. Por eso, cada vez que la Orden vuelve a sus orígenes, está llamada también a mirar nuevamente la realidad contemporánea y preguntarse "¿quiénes son hoy los cautivos que esperan una respuesta de la Merced?"
“Faro de Liberación”: mirar las nuevas cautividades
En este horizonte se comprende el sentido de la campaña redentora mundial “Faro de Liberación”, impulsada por la Orden de la Merced para visibilizar la situación de los cristianos perseguidos en Siria y Nigeria.
La campaña constituye una expresión concreta del retorno al carisma fundacional. Así como Pedro Nolasco no pudo permanecer indiferente ante quienes sufrían cautividad, tampoco la Familia Mercedaria puede permanecer indiferente ante hombres, mujeres, niños y comunidades que hoy viven bajo la amenaza de la persecución, la violencia y el miedo debido a su fe.
“Faro de Liberación” busca precisamente iluminar una realidad que muchas veces permanece distante o invisible para buena parte de nuestras comunidades. Como un faro que permite reconocer aquello que se encuentra en medio de la oscuridad, la campaña quiere poner luz sobre la situación de los cristianos perseguidos y ayudar a que su sufrimiento no sea olvidado.
Pero iluminar no es suficiente. La tradición mercedaria invita siempre a pasar de la mirada a la acción.
Por eso, la campaña propone también iluminar esta realidad desde la Palabra de Dios, permitiendo que la situación de los hermanos perseguidos sea contemplada no solamente desde una perspectiva social o humanitaria, sino también desde la fe. La Palabra ayuda a reconocer en quienes sufren el rostro de Cristo y a escuchar nuevamente el llamado evangélico a hacerse prójimo de quien se encuentra herido, amenazado o privado de libertad.
De la memoria a la intercesión
Uno de los caminos concretos que propone “Faro de Liberación” es la oración intercesora.
La oración ocupa un lugar fundamental en la tradición mercedaria. Pedro Nolasco se encontraba en oración cuando, según la tradición, recibió la inspiración que cambiaría el rumbo de su vida. De la oración nació una misión. Y esa misma dinámica puede renovar hoy la respuesta de nuestras comunidades.
Orar por los cristianos perseguidos en Siria y Nigeria significa hacer presente ante Dios sus nombres, sus familias, sus comunidades y sus sufrimientos. Significa también permitir que su realidad entre en el corazón de quienes, aun viviendo geográficamente lejos de esas situaciones, están espiritualmente unidos a ellos.
La oración intercesora rompe la distancia. Hace que el sufrimiento de un hermano que vive al otro lado del mundo deje de ser una noticia anónima y se convierta en una realidad que nos concierne. Y, al mismo tiempo, permite que nuestras comunidades vuelvan a preguntarse por su propia vocación redentora.
En este sentido, la campaña invita a todas las comunidades mercedarias a convertirse en espacios de oración por los cristianos perseguidos, poniendo sus vidas y sus historias delante de Dios y pidiendo para ellos fortaleza, protección, libertad y esperanza.
Una merced que también se expresa compartiendo
Pero la tradición de la Orden recuerda que la redención nunca fue solamente una cuestión de buenas intenciones. Pedro Nolasco y los primeros mercedarios comprometieron su propia vida y sus bienes para acudir en ayuda de los cautivos.
Por eso, “Faro de Liberación” contempla también una dimensión de solidaridad económica concreta.
La invitación a colaborar económicamente con quienes sufren persecución no debe entenderse como un elemento secundario de la campaña. Es una forma actual de expresar la misma lógica de la caridad redentora que estuvo en el origen de la Orden: reconocer una situación de sufrimiento y preguntarse qué podemos hacer concretamente para aliviarla y acompañar a quienes la padecen.
La Merced está llamada a ser una familia y comunidad que no solamente observa las cautividades, sino que se compromete con quienes las sufren.
En el siglo XIII fueron los cautivos cristianos que padecían la esclavitud. Hoy, entre tantas realidades de cautividad que existen en nuestro mundo, la campaña pone el foco en los cristianos perseguidos de Siria y Nigeria. La situación histórica es diferente, pero permanece la misma pregunta que atravesó la vida de Pedro Nolasco: ¿qué podemos hacer por nuestros hermanos que sufren?
Ser hoy aquello que fuimos llamados a ser
La celebración del 1 y 2 de agosto adquiere así una especial relevancia para toda la Familia Mercedaria. No se trata únicamente de recordar una fecha fundacional, sino de permitir que aquella inspiración vuelva a interpelar nuestro presente.
La memoria de María de la Merced nos recuerda que el carisma no es una pieza de museo ni una herencia que deba conservarse únicamente mediante palabras y celebraciones. Es una vocación viva que necesita ser encarnada en cada época.
Volver al carisma fundacional significa recuperar la capacidad de mirar la realidad desde el corazón de Dios. Significa reconocer las nuevas cautividades. Significa escuchar el clamor de quienes sufren. Significa orar por ellos. Significa comprometerse. Significa estar dispuestos a entregar tiempo, recursos, capacidades y vida para que la libertad y la dignidad vuelvan a abrirse paso allí donde han sido amenazadas.
Por eso, la inspiración recibida por Pedro Nolasco hace más de ocho siglos no pertenece solamente al pasado, sino que continúa siendo una llamada para el presente.
En 1218, la respuesta a una situación concreta de cautividad dio origen a una familia religiosa llamada a ser instrumento de misericordia y liberación. En 2026, esa misma identidad vuelve a expresarse ante nuevas realidades de sufrimiento y persecución.
“Faro de Liberación” quiere ser precisamente una luz que permita ver, una oración que permita acompañar y una acción concreta que permita ayudar.
Al recordar la inspiración de la Santísima Virgen María a san Pedro Nolasco, la Familia Mercedaria está invitada a preguntarse nuevamente qué significa ser Merced en el mundo de hoy. Y la respuesta comienza allí donde comenzó la historia: en una mirada compasiva sobre quienes sufren, en la escucha de Dios y en la decisión de ponerse en camino para servir a la libertad de los hermanos.
Que la memoria de María de la Merced renueve en toda la Familia Mercedaria el deseo de volver al corazón de su carisma: ser presencia de misericordia allí donde existen cautividades y convertirse, desde la fe, la oración y la acción, en un verdadero instrumento de liberación.
Fuente: Secretaría Pastoral Provincia Mercedaria de Chile.
