Nuestra Madre de la Merced: Mujer de misericordia y camino de libertad
Provincia Mercedaria
de Chile

Nuestra Madre de la Merced: Mujer de misericordia y camino de libertad

Jueves 24 de Septiembre, 2026

 
Hoy, 24 de septiembre, toda la familia mercedaria celebra con alegría y gratitud la Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María de la Merced, Nuestra Santísima Madre. Después de nueve días de oración y preparación, llegamos a esta celebración contemplando a María como mujer de misericordia, discípula, madre, misionera y compañera de camino, llamada a conducirnos siempre hacia Cristo Redentor.

La celebración de Nuestra Madre de la Merced ocupa un lugar central en la vida y espiritualidad de la Orden. No se trata solamente de una fiesta mariana que recordamos cada año. En María de la Merced reconocemos un modo concreto de vivir el Evangelio, que consiste en acoger la misericordia de Dios, caminar con Cristo y ponernos al servicio de quienes experimentan diversas formas de cautividad.

 

Merced: un don que se ofrece gratuitamente

La palabra merced expresa un don, un regalo ofrecido gratuitamente. En su sentido más profundo, habla de aquello que se entrega por amor y que busca que otros puedan vivir en libertad y plenitud.

Por eso, María de la Merced no es simplemente el nombre de una advocación mariana. Es también un título que expresa una dimensión profundamente vinculada al carisma de la Orden, la misericordia que se transforma en acción liberadora.

La historia de esta advocación está íntimamente unida a san Pedro Nolasco y al nacimiento de la familia mercedaria en Barcelona, en el siglo XIII. En un contexto marcado por la cautividad de numerosos cristianos, Pedro Nolasco dedicó su vida a la obra de redención de los cautivos. La tradición mercedaria reconoce en este camino la presencia maternal de María, que inspira y acompaña una obra de misericordia orientada a devolver la libertad y a custodiar la fe.

Así, desde sus orígenes, la devoción a María y la misión redentora no aparecen como dos caminos separados. María y la libertad quedan profundamente unidas en el título de la Merced.

La Orden llegó a ser conocida como la Orden de Santa María de la Merced, de la Redención de los Cautivos, expresando así una identidad en la que la contemplación de María conduce necesariamente al compromiso con quienes sufren.

 

María, Madre de la Merced

La tradición mercedaria contempla a María como Madre, guía, protectora y compañera de camino. Ella es la mujer que acogió plenamente a Cristo y puso toda su vida al servicio del proyecto de Dios. Por eso, mirar a María es también preguntarnos por nuestra propia manera de vivir la fe.

Durante esta Novena que hoy culminamos, hemos contemplado diferentes rasgos de su vida: María que sale apresurada para estar presente; María que permanece en oración y búsqueda junto a los discípulos; María amante y solidaria que construye fraternidad; María que acoge, acompaña y cuida; María, mujer de la escucha atenta; María constructora de la paz; María alegre misionera que ofrece a Jesús vino nuevo; María discípula que contempla a Jesús y se pone en camino con Él; y María, mujer del alba, que se adelanta al servicio.

No son solamente imágenes bonitas de María. Son también caminos para nuestra propia vida cristiana y mercedaria.

María sale al encuentro, escucha, acompaña, cuida, construye fraternidad, busca la paz, anuncia con alegría, contempla a Jesús y camina con Él, se adelanta al servicio.

En ella descubrimos que la verdadera devoción no nos encierra en nosotros mismos. Al contrario, nos pone en camino hacia Dios y hacia los hermanos.

 

Una misericordia que se convierte en libertad

El carisma mercedario nació como respuesta concreta ante la realidad de los cautivos. Los primeros mercedarios arriesgaron incluso su propia vida para devolver la libertad a quienes se encontraban privados de ella.

Los tiempos han cambiado, pero la experiencia de la cautividad continúa presente. Existen nuevas formas de esclavitud que hieren la dignidad humana: las dependencias, la trata de personas, la explotación, las diversas formas de violencia, la manipulación, la exclusión, la soledad, el narcotráfico, la pobreza, la falta de oportunidades, las situaciones de migración y desarraigo, la realidad de los cristianos perseguidos, y tantas realidades que terminan encerrando al ser humano e impidiéndole vivir con dignidad.

También existen cautividades interiores y espirituales. Personas que han perdido la esperanza, que viven heridas, que se sienten descartadas, que experimentan profundas soledades o que han dejado de descubrir un horizonte de sentido.

Allí donde una persona ve amenazada su libertad y dignidad, el carisma de la Merced sigue teniendo algo que decir.

La misión redentora de la Orden no consiste simplemente en repetir una obra del pasado. Consiste en mantener vivo el corazón de aquella intuición original y fundante: estar cerca de quienes sufren, acompañar sus procesos, defender su dignidad y colaborar para que puedan recuperar caminos de libertad.

 

María, presente en las nuevas formas de cautividad

La actualidad de María de la Merced se descubre precisamente cuando somos capaces de mirar nuestro mundo con sus mismos ojos.

Ella, que supo estar presente junto a quienes necesitaban compañía, nos enseña a no pasar indiferentes ante el sufrimiento. Ella, mujer de la escucha, nos invita a escuchar el clamor de quienes muchas veces no encuentran quién los escuche. Ella, constructora de la paz, nos llama a tender puentes allí donde existen divisiones. Ella, mujer del servicio, nos recuerda que la fe se hace vida cuando ponemos nuestros dones al servicio de los demás. Ella, discípula de Jesús, nos enseña que toda misión auténticamente cristiana nace de la contemplación y conduce al encuentro.

Por eso, María de la Merced no es un apéndice de nuestra espiritualidad. Su presencia atraviesa nuestra identidad y nuestra misión. Ella nos ayuda a comprender que seguir a Cristo Redentor implica mirar la realidad, reconocer las nuevas formas de cautividad y preguntarnos qué podemos hacer para colaborar con Dios en la obra de la liberación.

 

Una Iglesia que sale al encuentro

Celebrar hoy a Nuestra Madre de la Merced es también renovar nuestra disponibilidad para salir al encuentro de nuestro pueblo.

María, en el Evangelio, no permanece encerrada. Se pone en camino. Visita, acompaña, escucha, sirve y permanece junto a la comunidad. Está presente en los momentos de alegría y también en los momentos de dolor.

Esta dimensión de María resulta especialmente significativa para la familia mercedaria de nuestro tiempo. Estamos llamados a ser una Iglesia capaz de visitar, acompañar, escuchar, educar, prevenir, promover, reconciliar y abrir caminos de esperanza.

Allí donde una persona necesita recuperar su dignidad, allí hay un lugar para la misericordia. Allí donde alguien se siente descartado, allí estamos llamados a hacernos presentes. Allí donde existen heridas y divisiones, estamos llamados a construir paz. Allí donde la libertad es amenazada, el corazón mercedario está llamado a responder.

 

Hoy, María vuelve a invitarnos a caminar

Después de estos nueve días de preparación, llegamos a la Solemnidad con la certeza de que María no quiere que nos quedemos simplemente contemplándola. Quiere llevarnos hacia Jesús y, con Él, hacia nuestros hermanos.

Celebrar a Nuestra Madre de la Merced es, por tanto, celebrar el amor de Dios que libera y agradecer el don de una Madre que acompaña a la Iglesia y, de manera particular, a la familia mercedaria en su camino redentor.

 

Oramos en esta Solemnidad

En este día solemne, ponemos ante María de la Merced a toda la Orden y Familia Mercedaria, para que, contemplándola como discípula y servidora, permanezcamos disponibles al servicio de Dios y de nuestros hermanos.

Oramos también por quienes son perseguidos a causa de su fe, por quienes no pueden profesarla libremente y por todos aquellos que sufren diversas formas de opresión, para que puedan experimentar la fuerza de Dios y alcanzar caminos de libertad.

Ponemos especialmente en sus manos a los privados de libertad, migrantes, víctimas de trata, personas que viven dependencias, quienes sufren manipulación o violencia, los excluidos, los olvidados y todos aquellos que experimentan nuevas formas de cautividad.

Y pedimos por todos los mercedarios, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, comunidades, colegios, parroquias y obras que forman parte de esta gran familia, para que la Eucaristía nos renueve y nos haga mensajeros de liberación, misericordia y esperanza.

Hoy levantamos nuestra mirada hacia María y, con toda la familia mercedaria, decimos :Nuestra Madre de la Merced, acompáñanos en el camino. 

Enséñanos, como mujer del alba, a adelantarnos al servicio, para que allí donde haya una persona que necesita recuperar la esperanza, la dignidad y la libertad, podamos hacer presente la misericordia de Dios.

Que María de la Merced, nuestra Madre, nos conduzca siempre hacia su Hijo, Cristo Redentor, y nos ayude a mantener vivo el carisma recibido de san Pedro Nolasco: una vida entregada por amor, al servicio de la libertad y de la redención de nuestros hermanos.

¡Feliz Solemnidad de Nuestra Madre de la Merced! ¡Viva Nuestra Madre de la Merced! ¡Viva Cristo Redentor!

 

Redacción: Secretaría Pastoral Provincia Mercedaria de Chile

Fuente: La Merced en la Liturgia, 2025-2026



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