
El beato Juan Neponuceno Zegrí es un sacerdote español reconocido hoy como fundador de una gran obra caritativa mercedaria.
Para él, el amor misericordioso a cada persona es la manera más perfecta de unirse a Cristo.
En sus palabras: “El rasgo de amor místico que casi identifica con Jesucristo el corazón del hombre, desprendido de toda recompensa, es el sublime ideal de la caridad”.
Así se lo transmitió a la congregación que inició el año 1878 en Málaga: las Mercedarias de Caridad.
Su fundación buscaba “practicar todas las obras de misericordia espirituales y corporales en la persona de los pobres”.
Siempre caridad
Juan Neponuceno pedía a las religiosas que todo cuanto hicieran fuera “en bien de la humanidad, en Dios, por Dios y para Dios”.
Se trataba de “curar todas las llagas, remediar todos los males, calmar todos los pesares, desterrar todas las necesidades, enjugar todas las lágrimas, no dejar, si posible fuera en todo el mundo, un solo ser abandonado, afligido, desamparado, sin educación religiosa y sin recursos”.
Según el Padre Zegrí, “la caridad es la única respuesta a todos los problemas sociales”. Él mismo la practicaba de una manera “encarnada, cercana, entrañable, afable, cariñosa”, reconocen hoy sus hijos espirituales.
Atacado por sus colaboradores
Sin embargo, cuando la congregación se empezaba a desarrollar, en varias personas cercanas de las que esperaba colaboración y lealtad, encontró traición.
Recibió calumnias, motivadas por intereses personales, de autoridades de la Iglesia y de religiosas de la propia orden que había fundado. Y fue injustamente castigado y marginado.
Pero su reacción permitió que esos ataques, en lugar de destruirle, contribuyeran a su purificación y acercamiento a Dios.
Cuando las personas cercanas le machacaban, respondía con paciencia y fe, sin quejarse ni devolver el mal recibido, pero también defendiéndose.
Su objetivo era amar a las personas (también las que le despreciaban) y beneficiar a la obra que había fundado, con la perspectiva superior de la caridad. Eso tenía en mente cuando optó por permanecer apartado de la congregación.
Pasarlo mal fue una manera de identificarse más con los pobres, con Cristo, hasta su muerte el año 1905.
Lo vivió y lo promovió, deseando que “cargando sobre nuestros hombros los dolores de la humanidad, nos asemejemos a un astro que ilumina sin quemar, a una ráfaga que purifica sin destruir, a un arroyo que fecunda sin inundar”.
Oración
El Padre Zegrí fue predicador y capellán real de Isabel II, sirvió como formador de seminaristas, predicó, escribió y ejerció diversos cargos eclesiales. Todo para encontrar a Dios, a quien siempre buscó, como expresó en esta oración:
¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Por qué a mi vista, sempiterno monarca, no te ofreces? ¿Dó se eleva tu trono rutilante? ¿Dó el palacio en que en gloria resplandeces? Ven, osténtate al mundo, vencedor de los Genios del profundo, Padre que amor nos brindas y ventura, con la celeste pompa deslumbrante de tu infinita alteza, ¡que anhelo en tu semblante la belleza admirar de la belleza ¡Mas ay! En vano, en vano… En la impotencia que me fue legada, por fijar en tu rostro la mirada agítome y me afano: que espíritu invisible, a cuanto alienta esclavo de la muerte te ocultas en misterio incomprensible. Y aunque no logran mis sentidos verte, yo te adoro, Señor de tierra y cielo, y te invoco en mi duelo alzando a Ti mi ruego y suspiro, y hallo al nombrarte en mis angustias calma… ¡Sí! Que tu eterna majestad admiro con los ojos del alma!
San Juan Pablo II presidió su beatificación el 9 de noviembre del año 2003 en el Vaticano.
El milagro que la permitió fue la restitución del páncreas, extirpado previamente en una operación, a un hombre llamado Juan de la Cruz Arce en la ciudad argentina de Mendoza.
Fuente: www.aleteia.org

