
NOTAS HISTÓRICAS
María Ana Navarro Romero nació en Madrid el 17 de enero de 1565, siendo su padre pelletero de la corte española. Fue bautizada el día 21 del mismo mes. El año 1601 Felipe III traslada la corte a Valladolid, y allí va Mariana con su familia, regresando a Madrid con la vuelta del rey.
El camino de Mariana se decidió a los 23 años, rompiendo unas prometedoras relaciones para consagrarse sólo a Dios. Los suyos no entendieron su decisión y durante unos años fueron causa de sufrimiento y contrariedades.
Su vida espiritual se nutre en el convento mercedario de los Remedios, donde desde 1598 es su director espiritual fr. Juan Bautista González, futuro reformador de la Orden de la Merced. Cuando se inicia el convento de santa Bárbara de los mercedarios descalzos, en torno a 1611-1612, se establece en una pequeña casita con jardín donde hace su vida de silencio, oración y penitencias hasta 1620 que pasa a ocupar las habitaciones preparadas para los patronos del convento.
María Ana era venerada por todos, considerada de reyes y de cardenales, que declararon en su proceso. Entre 1614 – 1615 se decidió a escribir su Autobiografía. Escribió también unas Letrillas sobre la humildad, Poema a las virtudes y Sentencias.
En 1613 recibió el hábito de terciaria mercedaria, profesando en las manos del maestro general fr. Felipe Guimerán el 20 de mayo de 1614. Por razones especiales hizo una segunda profesión ante el provincial de los descalzos el 7 de enero de 1624. Murió el 17 de abril de 1624.
Su cuerpo se conserva incorrupto en la iglesia de las religiosas mercedarias de don Juan de Alarcón, en Madrid.
Lo extraordinario de su vida de tanta soledad, es justamente la capacidad de acoger, escuchar, atender las necesidades espirituales y materiales de tantos como se le acercaban a pedir consejo, a solicitar ayuda, a demandar auxilio.
Fue beatificada por el papa Pío VI en la Basílica Vaticana el día 18 de enero de 1783.
NOTAS PASTORALES
¿Cómo medir la trascendencia y la influencia de los santos a lo largo de los siglos? No es fácil saberlo, ni siquiera cómo medirlo. Podría ser su capacidad de trascender los siglos; pero más importante es la capacidad de seguir hablando a los creyentes en cada momento de la historia. Así es la vida de María Ana de Jesús. Su vida, su vocación y sus enseñanzas siguen siendo atractivas en el siglo XXI.
Hoy sigue atrayendo su capacidad vocacional. Escuchar lo que Dios quería para ella. Estar disponible para la escucha, y para responder con la propia vida. Ofreciéndose por ntero. Su familia tenía decidido su futuro. Así le ocurría a la mayoría de los jóvenes de su época. Pero fue capaz de superar los obstáculos, para que nada se interpusiera entre la llamada de Dios y su respuesta, Por encima de todos los condicionantes humanos y sociales, estaba Jesucristo, que la llamaba a una entrega generosa.
María Ana es la mujer de la oración redentora. Consagra su vida ocultándos a los ojos del mundo para vivir la pasión de su amor por Cristo. Tal como ella cuenta en su Autobiografía, experimenta la cercanía del Amado en el misterio eucarístico, y junto a otros mercedarios de la época, abandera el movimiento para participar con mayor frecuencia de la comunión sacramental. Su oración, ensimismada en el Redentor, se abre como mercedaria a los redentores y cautivos, por aquellos que atraviesan fronteras para llevar esperanza y liberación; y por aquellos que sufren las cadenas, la pérdida de la libertad, la tentación de la apostasía, y el dolor por la lejanía de la patria y de la familia.
María Ana es la mujer penitente. Enseguida se da cuenta de que las cosas visibles pasan, aunque parezcan importantes, y son transitorias. Su penitencia no consiste en buscar el dolor, sino en renunciar a aquello que no conduce por el camino de la eternidad de Dios.
María Ana es la mujer fuerte. Consejera de reyes y obispos en Madrid; y a la vez, humilde servidora de los pobres. A nadie excluye de su atención. Como mujer del espíritu, guía por los caminos de la perfección; como mujer encarnada en las realidades de su pueblo, de la Villa y de la Corte de Madrid, acude siempre disponible a socorrer a los pobres y necesitados, de pan y de consuelo, en los momentos de enfermedad y en la tristeza.
Madrid la recuerda como co-patrona; y su imagen estuvo junto a la de san Pedro Nolasco en la antigua Puerta de Alcalá. Ha dejado huella de caridad redentora en el Madrid contemporáneo, y en todos aquellos que se acogen a su patrocinio.
OREMOS
Para que las mujeres consagradas a Dios en la familia mercedaria, imitando a la Virgen Redentora, colaboren según los signos de los tiempos y de la propia vocación a la obra salvadora de Cristo.
Por los contemplativos de la Orden de la Merced, para que viviendo del Amor del Esposo manifestado en el Sacramento de la Eucaristía, sean signo de ofrenda y entrega generosa unidos a la Pascua de Cristo.
Por las mujeres de todo el mundom para que puedan ser protagonistas de su propia historia y sean con su lucha continua un referente de la búsqueda del bien de la entera humanidad.
Fuente: “La Merced en la Liturgia, 2025-26”
