
El segundo domingo de Pascua, conocido como el Domingo de la Divina Misericordia, nos sitúa en el núcleo más vivo del Misterio Pascual: el encuentro con Cristo resucitado que irrumpe en medio del miedo para transformar la historia desde dentro. Pero esta irrupción no es solo consuelo espiritual; es también envío, misión y compromiso con la liberación concreta de quienes hoy siguen cargando las llagas del mundo.
El Evangelio nos presenta a los discípulos encerrados por temor. No es solo una escena del pasado, sino el reflejo de tantas realidades actuales donde el miedo paraliza, silencia y encierra. También hoy, en distintos lugares del mundo, muchos cristianos viven ocultos, perseguidos o amenazados por causa de su fe, especialmente en contextos como Siria y Nigeria. Sus vidas, marcadas por la incertidumbre y el sufrimiento, actualizan de manera dramática ese cenáculo cerrado.
Sin embargo, es precisamente allí donde irrumpe el Resucitado. No desde fuera, sino en medio de ellos. Y su primera palabra es una proclamación que atraviesa el tiempo: “Paz a vosotros”. Esta paz no es evasión ni ausencia de conflicto; es el don que brota de sus llagas glorificadas. Cristo no esconde sus heridas: las muestra. En ellas se revela una misericordia que no niega el dolor, sino que lo asume para redimirlo.
Desde la espiritualidad redentora propia de nuestra Orden, estas llagas son también el rostro de los cautivos de hoy, de todos aquellos que sufren persecución, violencia o pérdida de libertad por su fe. Por eso, en este tiempo pascual, la campaña internacional Faro de Liberación se levanta como un llamado profético: hacer visible ese sufrimiento, iluminarlo con la Palabra de Dios y despertar en la Iglesia una respuesta concreta de oración, solidaridad y compromiso.
En el mismo encuentro con los discípulos, Jesús confía una misión que define la identidad de la Iglesia: ser mediadora de su misericordia. “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. Esta tarea no se limita al ámbito sacramental; se expande a toda forma de redención. Ser Iglesia es abrir caminos de libertad, sanar heridas, reconciliar lo que está roto. Es, en clave mercedaria, continuar la obra redentora de Cristo allí donde la dignidad humana ha sido vulnerada.
La figura de Tomás, por su parte, nos recuerda que la fe es un camino que atraviesa la duda. Él necesita tocar las llagas para creer. Y Jesús no lo rechaza, sino que sale a su encuentro y se deja tocar. Hoy, esas llagas siguen presentes en la historia. Tocar la carne sufriente de los perseguidos, acercarse a sus historias, dejarse interpelar por su realidad, puede convertirse también en un camino hacia una fe más encarnada y verdadera.
La confesión de Tomás, “¡Señor mío y Dios mío!”, resuena entonces como el reconocimiento de una presencia viva que se deja encontrar en lo herido, en lo vulnerable, en lo que clama por redención. Y la bienaventuranza final , “Dichosos los que creen sin haber visto”, se transforma en una invitación a creer también en medio de las realidades invisibilizadas del mundo, donde Cristo sigue padeciendo en sus miembros.
La primera comunidad cristiana, descrita en los Hechos de los Apóstoles, aparece como fruto concreto de esta experiencia pascual: una comunidad unida, solidaria, perseverante en la oración y en la comunión de bienes. Este estilo de vida no es un ideal lejano, sino una urgencia actual. Frente al sufrimiento de tantos hermanos, la fe está llamada a hacerse gesto, ayuda concreta, compromiso real.
“El Señor es bueno, eterna es su misericordia”, proclama el salmo. Esta certeza no es una idea abstracta, sino una verdad que impulsa a actuar. La misericordia divina no se agota en el consuelo interior: se convierte en fuerza transformadora que envía, que compromete, que moviliza.
Por eso, celebrar este Domingo de la Divina Misericordia desde el carisma mercedario implica asumir un camino: orar con insistencia por los cristianos perseguidos, visibilizar su realidad y colaborar activamente en su sostenimiento. Es dejar que la misericordia de Cristo nos desinstale y nos convierta en verdaderos “faros de liberación” en medio de un mundo herido.
La Pascua sigue aconteciendo hoy. Cada vez que el miedo es vencido por la fe, cada vez que la herida se convierte en lugar de encuentro, cada vez que alguien se compromete con la libertad del otro, el Resucitado vuelve a hacerse presente y repite, con fuerza nueva: “Paz a vosotros”.
Fuente: Secretaría Pastoral Provincia Mercedaria de Chile.
