Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 29 de mayo 2016
           

DOMINGO DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – CICLO C                                  

En el Año de la Virgen de la Merced y de la Misericordia

Textos   Gn 14, 18-20      “Melquisedec, rey de Salém, hizo traer pan y vino”.                                                         

Sal 109, 1-4         Tú eres Sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec.                    

1Cor 11, 23-26 “Hagan esto en memoria mía”.                                                                                                        

Lc 9, 11-17          “Denles de comer ustedes mismos”.


                  Estamos viviendo el “Tiempo Ordinario” o “Tiempo durante el Año” que incluye las 33 o 34 semanas del Año Litúrgico y se extiende desde el lunes después de la fiesta del Bautismo de Jesús hasta el martes previo al Miércoles de Ceniza, se interrumpe para el Ciclo Pascual - Cuaresma y Tiempo Pascual – y se retoma el lunes después de Pentecostés hasta las primeras vísperas del Primer Domingo de Adviento. Durante este tiempo no se celebra ningún aspecto particular sino el misterio de Cristo y de la Iglesia en su globalidad, especialmente en el domingo o “día del Señor”. En este Tiempo Ordinario hay tres fiestas que se celebran en domingo y son movibles, es decir no tiene fecha fija. Ellas son la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y Jesucristo, Rey del Universo.
                 

Nuestra Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo se celebra el domingo siguiente a la Santísima Trinidad y se relaciona con el culto al Santísimo Sacramento, que tanto se desarrolló a partir del siglo XII. Fueron las visiones de Juliana de Lieja, repetidas a partir del año 1209, las que impulsaron una fiesta especial en honor del Santísimo Sacramento. La primera vez que se celebró esta fiesta fue en el año 1247 por el Obispo Roberto de Lieja en el jueves después de la octava de la Trinidad. Y en 1264 el Papa Urbano IV, impresionado por un milagro eucarístico acontecido en Bolsena, cerca de Orvieto, en Italia, hizo extensiva la fiesta a toda la Iglesia pero hay un período hasta 1317 en que no se cumple con esta decisión del Papa Urbano IV.
                 

Pasemos a revisar la Palabra de Dios de esta fiesta eucarística.
                 

En la primera lectura, tomada del libro del Génesis, se nos habla de un encuentro entre Abrán y Melquisedec. Es extraña esta escena en que el rey-sacerdote bendice al patriarca de los hebreos. Éste paga con la décima parte al sacerdote – rey. El Nuevo Testamento ve en este misterioso personaje, que ofrece pan y vino, un anticipo de la figura de Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y definitiva alianza de Dios con la humanidad tal como se refiere en la carta a los Hebreos 5, 6-10).
                 

El nexo entre la primera lectura y el salmo 109 que la liturgia nos propone como respuesta es evidente. Se trata de un salmo real donde relaciona dos aspectos: la realeza y el sacerdocio. Se trata de un oráculo acerca del futuro mesías rey y sacerdote, es decir, rey y consagrado a Dios. De este modo, se expresa la esperanza de un futuro mesías rey y sacerdote cuyos rasgos se identifican con la persona de Jesús. Y esto viene a colación porque Corpus Christi es la fiesta del banquete  mesiánico de acción de gracias. Sin embargo, no hay que forzar demasiado los textos de la primera lectura y del salmo. Son más relacionados la segunda lectura y el evangelio. Si hubiera que centrar la atención sería sobre la ofrenda de pan y vino que hace Melquisedec y la bendición que pronuncia sobre Abrán y su respuesta en la ofrenda de la décima parte como mandaba la ley.
                 

La segunda lectura tiene una directa relación con la celebración del Corpus Christi y de la eucaristía misma. El texto de la primera carta a los Corintios 11, 23-26 es el corazón de todo el capítulo dedicado a resolver situaciones especiales que ocurrían en la celebración de la reunión eucarística en esta comunidad. San Pablo escribe esta carta para corregir ciertas prácticas que se han introducido en la comunidad cristiana conformada por paganos convertidos a la fe cristiana. Dentro del segundo asunto que trata en este capítulo 11, 17 ss en torno a las reuniones donde quedan al descubierto las divisiones internas y que de hecho no comen la cena del Señor porque cada uno come su propia cena y se emborracha, mientras otros pasan hambre. Son conductas que el Apóstol no puede dejar pasar ni alabarlos por ellas.  
                 

Y entonces, a partir del versículo 23, les expone el supremo argumento con el que invita a rectificar las conductas equivocadas que denuncia. No es otro que el relato de la Institución de la Eucaristía ofreciendo así una bella catequesis que enseña, denuncia y amonesta. Se trata del documento más antiguo del Nuevo Testamento sobre la Institución de la Eucaristía, ya que esta carta fue escrita entre los años 55 o 56 de nuestra era cristiana. Este dato es poderoso si consideramos que el evangelio de Marcos fue escrito hacia el año 65 y los de Mateo y Lucas hacia el año 80. El Apóstol les dice que les trasmite una tradición que él mismo ha recibido, probablemente en Antioquía, y que se remonta hasta el mismo Señor. Así dice: “Porque yo recibí del Señor lo que les transmití: que el Señor, la noche que era entregado, tomó pan” (v. 23). Es evidente que ya en tiempo de San Pablo circulaba en las comunidades una celebración litúrgica que contenía las dos partes, que se refiere una al pan y la otra al vino, en perfecta ilación de una con la otra como acontece hasta hoy en nuestra eucaristía: a la bendición del pan sigue la del cáliz. Esta continuidad no se da en la cena pascual judía. En los primeros tiempos, antes de la eucaristía se compartía una comida de hermandad íntimamente ligada al mismo sentido de la eucaristía, como es la unión y solidaridad. Los corintios comían cada uno por su cuenta y no podían expresa así la fuerza de comunión de la eucaristía cristiana.
                 

Finalmente señalemos que el Apóstol sitúa la eucaristía entre dos horizontes y ambos referidos a Jesús. Uno histórico: la eucaristía acontece en “la noche que era entregado” (v. 23) y el otro en el futuro: “Y así, siempre que coman este pan y beban este copa, proclamarán la muerte del Señor, hasta que vuelva” (v. 26). Entre ambos horizontes transcurre la vida y misión de la comunidad cristiana que “hace la eucaristía” y que “la eucaristía hace la Iglesia”. De este modo la Eucaristía  “hace memoria de Jesús” mediante el pan y el vino consagrados, expresión de su entrega a la muerte en cruz y su gloriosa resurrección. El pan y el vino consagrados recuerdan, actualizan, hacen presente en el seno de la comunidad el gesto redentor de Jesús a través de su muerte y resurrección y “hasta que vuelva”.
                 

El evangelio de Lc 9, 11- 17 nos relata la multiplicación de los panes. Es el único milagro que está narrado en los cuatro evangelios. Las resonancias eucarísticas son evidentes. Les invito a fijarse en el versículo 16 cuando dice: “Entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente”. Los verbos usados están todos vinculados a la celebración eucarística. Es igualmente digno de destacar que Jesús distribuye entre los discípulos y éstos a su vez a la gente. Con ello queda clara la función ministerial o mediadora de los discípulos que deben distribuir el pan de la Palabra y de la eucaristía al pueblo.
                 

¿Qué nos enseña este evangelio? En primer lugar, la centralidad absoluta de las palabras y acciones de Jesús en el Reino. Él viene no sólo a anunciarlo sino a instaurarlo. El Reino de Dios comienza a hacerse visible, palpable, concreto en acciones y comportamientos. No se trata sólo de una realidad espiritual, invisible. El Reino se manifiesta en las palabras y acciones de Jesús. La multiplicación de los panes  y los peces no quiere dejarnos admirados y estupefactos por la magnitud del milagro. Eran cinco mil hombres y comieron todos y quedaron satisfechos (v. 17). Más bien hay que centrar la mirada en lo que significa y los efectos que tiene el auténtico desprendimiento y la actitud de compartir, la actitud de generosa apertura y solidaridad con los demás. El verdadero milagro es cuando el Reino se hace visible en los gestos comunitarios, de servicio y generosidad hacia los demás. Es un imperativo gigantesco lo que Jesús nos plantea cuando dijo a los discípulos: “Denle ustedes de comer” (v. 13). El mundo nuevo que supone acoger el Reino de Jesús pasa por el compromiso de cada uno por salir de su encierro y abrirse al mundo del otro. Esto resulta difícil dentro de una cultura que espera que otros hagan lo que cada uno no está dispuesto a realizar. En esta “cultura del bono” para todo no es posible entender la dinámica del Reino de Jesús.
                 

Generalmente podemos sentirnos profundamente interpelados por la actitud de los discípulos: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y campos de los alrededores y busquen hospedaje y comida; porque aquí estamos en un lugar despoblado” (v. 12). Van quedando  muy pocas personas que están dispuestos a practicar la misericordia con el prójimo enfermo, solitario, hambriento, etc. Seríamos felices si en nuestra ciudad o barrio no hubiera pobres ni sufrientes en las calles. Es decir hemos construido un mundo insolidario, insensible, sin capacidad para ayudar al otro. Soñamos con que no nos echen los presos a la calle, que los carabineros nos resuelvan la violencia desatada, que los colegios nos den todo lo que se necesita para educar un hijo, que todo sea fácil, entretenido cómo si la pobreza y la condición humana fuera entretenidas. Queremos una realidad sin problemas, sin tareas, sin nada que nos quite el sueño... El Reino es muy distinto a todo esto. Sin compromiso personal y comunitario no hay signos del Reino.
                 

Finalmente la excusa. Dijeron los discípulos: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros a comprar comida para toda esa gente” (v. 13). Siempre los medios disponibles serán escasos y pobres. Si esperamos tener dinero para solucionar todos los problemas nunca haremos nada. Cada uno puede aportar lo que está dentro de sus posibilidades y eso junto con otros hará la fuerza de lo que parecía imposible. Es el Señor el que hace posible que nos arriesguemos a poner nuestros pobres dones al servicio de los demás.
                 

Un abrazo y hasta pronto.

Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.