Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 15 de mayo 2016

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (C)


“Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios,
brota y corre sin parar el gran río de la misericordia” MV 25



Textos   Hch 2, 1-11         “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”                                                                            

Sal 103,1.24.29-31.34  Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.                         

1Cor 12, 3-7.12-13          “En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común”.                       

Jn 20, 19-23       “Sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo”.

 

Con la Solemnidad de Pentecostés estamos concluyendo la cincuentena pascual. En efecto, el día de Pentecostés, la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina. Se cumple así la promesa del Padre y se cumple con la partida de Cristo en su ascensión gloriosa  al cielo. Con la Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se inicia el tiempo histórico de la Iglesia, Pueblo de Dios, y se configura el tiempo de la misión evangelizadora que Cristo le comparte. Este Pueblo de Dios se ha configurado por la Palabra y la Sangre de Cristo y queda garantizado por el testimonio del Espíritu Santo, verdadero impulsor y agente de la misión de predicar el Evangelio a toda criatura y hasta el fin de los tiempos. La Iglesia siempre está en misión, pues esa es la justificación de su ser y misión en el mundo. Muchas veces se tiende a confundir la misión evangelizadora con las actividades que la Iglesia realiza como si la conversión fuera fruto de las obras. La Iglesia es misionera por esencia y todo debe manifestar su ser más profundo. El “alma” del cuerpo eclesial es el Espíritu Santo y “Cabeza” de este cuerpo es Jesucristo, muerto y resucitado. El Espíritu Santo será “memorial permanente” de lo que hizo y enseñó Jesucristo. Y, a través del Espíritu Santo y Jesucristo, estamos llamados a entrar en el misterio de la comunión trinitaria con el Padre, fundamento de todo. Celebremos, pues, Pentecostés sin separarlo del misterio pascual de Cristo y en clave de la historia de la salvación que el Padre ha querido para salvar a la humanidad entera.
Entremos ahora a la contemplación de las maravillas de Dios realizadas en Cristo y recordadas por el Espíritu Santo que habita en nosotros como en un templo, a través de la Palabra de Dios de esta solemnidad de Pentecostés.
                 

Primera lectura: Hch 2, 1- 11    La venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles
                 

Estamos ante una narración muy conocida y atrayente como en general es el estilo de San Lucas. El nombre “Pentecostés” procede de una fiesta judía precisamente que se celebraba a los 50 días después de la Pascua. Coincidía con la fiesta de la siega o día de acción de gracias por las cosechas. Era Pentecostés  la ocasión para peregrinar a Jerusalén, acción cumbre de la peregrinación pascual.
                

¿Es la narración de Pentecostés que nos ofrece San Lucas una crónica de lo que realmente aconteció? Al respecto hay que tener presente que San Lucas nos quiere contar lo que pasaba en las comunidades cristianas de su tiempo. Y comprobaba que el Espíritu Santo prometido por Cristo hacía maravillas en ellas. Hombres y mujeres convertidos a Cristo daban testimonio de esa acción del Espíritu y muchos se convertían al Señor por el testimonio precisamente. El Espíritu Santo los llenaba de sabiduría y valor para enfrentar las persecuciones por causa del Evangelio. Esta experiencia de hermandad nueva, de compartir la oración, las tareas y los bienes que mostraban las comunidades cristianas, es la primera constatación de la acción del Espíritu Santo que San Lucas quiere resaltar. Por lo tanto, San Lucas no nos ofrece una crónica del cómo y cuándo de esta venida del Espíritu Santo. Su narración va más allá de las circunstancias concretas en que hombres y mujeres  se sintieron llenos del Espíritu Santo. Lo que realmente le interesa a San Lucas es transmitirnos el sentido, el alcance y las consecuencias de la venida del Espíritu Santo para aquellas comunidades cristianas y para todos nosotros.
                 

Es muy significativa la coincidencia que establece San Lucas entre la celebración de la cincuentena de la Pascua o término de las siete semanas de celebraciones pascuales judías y la venida del Espíritu Santo. Si allá se renovaba la alianza de Dios con el pueblo, aquí se inicia un nuevo tiempo: Dios a través del envío del Espíritu Santo inaugura una nueva alianza con toda la humanidad. Vivimos en este ámbito nuestra vida cristiana, en el clima de nueva y eterna alianza que Dios ha hecho por Jesucristo con la humanidad entera. Vivimos un tiempo nuevo y definitivo que se inicia con la Venida del Espíritu Santo.
               

Un segundo aspecto importante: estaban todos reunidos  en una casa como nos lo recuerda en Hch 1, 12- 14: los apóstoles con María, la madre de Jesús, sus parientes  y algunas mujeres. Están unidos íntimamente en la oración. Un precioso detalle de la comunidad cristiana. Este es el ambiente de la Venida.
                 

¿Cómo contar la venida del Espíritu Santo? San Lucas recurre al Antiguo Testamento y emplea imágenes clásicas de las intervenciones de Dios. Así entran en juego elementos como un ruido, viento huracanado, que llena la casa entera. Se hace un juego entre la palabra “viento” y la palabra “espíritu” que en griego se dice “neuma”. Luego aparecen las “lenguas de fuego” que se posan en cada uno de los reunidos, de tal modo que el efecto inmediato es que se llenaron todos del Espíritu Santo y comienzan a hablar en lenguas extranjeras que les hace posible la comunicación del mensaje, es decir, las maravillas de Dios. La universalidad se abre gracias al Espíritu Santo. Queda atrás el ámbito interior de la casa y se abre paso un escenario de un espacio abierto de una multitud de diversos lugares y lenguas. La Iglesia se abre desde su mismo nacimiento a la pluralidad del mundo para poder llevar a cabo la misión evangelizadora que le encomendó Cristo.
                 

Segunda  lectura: 1Cor 12, 3-7. 12-13   Los dones espirituales
                 

El mensaje central de este texto reafirma lo que ya hemos comprendido en la primera lectura: todo absolutamente todo, en la Iglesia y en el cristiano, está inmerso en la realidad del Espíritu Santo. Ni siquiera el acto de fe puede ser comprendido fuera de la acción del Espíritu: “Nadie, movido por el Espíritu de Dios puede decir: ¡maldito sea Jesús! Y nadie puede decir: ¡Señor Jesús! si no es movido por el Espíritu Santo” (v. 3). La diversidad de dones, ministerios y actividades que se dan en la comunidad tienen al Espíritu Santo como fuente. La clave de lectura de esta multifacética realidad eclesial está en la afirmación central del texto: “A cada uno se la de una manifestación del Espíritu para el bien común” (v. 7). Una preciosa manifestación del Espíritu es la unidad de un solo cuerpo, la Iglesia, pero configurada por muchos miembros que, en la diversidad, forman un solo cuerpo. Esta es la razón por qué el Espíritu Santo es el alma del cuerpo eclesial. ¿Unidad en la diversidad o uniformidad? Siempre puede surgir el dilema pero desde la Palabra de Dios no cabe duda que la unidad creyente se forja desde la diversidad de dones que el Espíritu Santo regala.
                 

Evangelio: Jn 20, 19-23                                  
                 

El texto parte señalando la situación de miedo y con las puertas bien cerradas en que se encontraban los discípulos en la tarde del mismo primer día en que Magdalena vio al Señor. Después del saludo que Jesús dirige a los suyos, procede a mostrar los signos de su pasión y muerte, es decir las llagas de sus manos y su costado, lo identifican con el mismo que han conocido y esto es motivo de alegría. De este modo, la aparición del resucitado no es una  alucinación  sino una hermosa realidad: Jesús está vivo.
                 

El gran don que ofrece y regala el resucitado es la paz, don mesiánico sumamente esperado por los profetas. Diversas imágenes sirven para expresar esa era de paz que traerá el Mesías esperado. Jesús al ofrecer la paz está indicando que ese tiempo ha llegado porque Él es el Mesías anunciado y esperado.
                 

Para el cuarto evangelio, Jesús está ya glorificado en el mismo momento en que acepta realizar plenamente la voluntad de su Padre como es la muerte redentora. La cruz para San Juan más que un patíbulo es un trofeo de victoria, un trono de gloria y exaltación del Hijo de Dios. Siendo ya glorificado Jesús comparte su misión con los suyos enviándolos como el Padre lo envió a Él y otorgándoles el Espíritu Santo, la gran promesa del Padre. Es muy elocuente el gesto re-creacional que hace Jesús, cuando como Dios en la creación del hombre también “sopló” sobre él y lo convirtió en un ser viviente, aquí dice el texto: “Sopló sobre ellos” (v. 22). Y luego, acompañando el gesto con la palabra dice: Reciban el Espíritu Santo”. Es decir los hizo “nueva creatura”, “hombres nuevos”. Es el  mismo gesto que hace el profeta Ezequiel sobre los huesos secos y cuyo efecto es que se convierten en seres vivientes.
                 

La comunidad de los discípulos recibe en el soplo de Cristo el Espíritu Santo en orden a perdonar o retener los pecados, es decir, a readmitir o excluir al transgresor de la vida común. El perdón comporta una condición eclesial: Dios perdona a quien la comunidad absuelve. Importante es subrayar esta dimensión muy olvidada del pecado y de la absolución como actos que afectan profundamente a la Iglesia, el primero negativamente, el segundo como misericordia.
                 

Nada más. Un saludo cordial y hasta pronto.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.