Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 28 de febrero 2016

3°DOMINGO DE CUARESMA (C)
2016, Año de la Virgen de la Merced y Año Jubilar de la Misericordia

Textos  
Ex 3, 1-8.10.13-15 “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto”.                                            
Sal 102, 1-4.6-8.11          El Señor es clemente y compasivo.                                                             
1Cor 10, 1-6.10-12          “Esos sucesos nos sirven de ejemplo para no nos abandonemos a malos deseos”.                                                                         Lc 13, 1-9    “Señor, déjala todavía este año”.


Casi a la mitad del tiempo de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos plantea la necesidad de dar frutos de vida nueva, de bondad, de rectitud, de justicia y perdón, de caridad y solidaridad. Es que una fe verdadera no puede sino expresarse en una vida nueva en el cristiano. Porque la fe sin obras está completamente muerta, nos recuerda Santiago. Y toda la vida nueva del cristiano queda vinculada a la conversión personal, es decir, a ese cambio de dirección de la vida que produce el encuentro personal con Jesucristo y su Evangelio. Y de lo que abunda en el corazón humano son las obras de la persona. Si en el corazón hay odio, rencor, resentimiento, rabia, codicia, etc. no pueden ser muy distintas las obras concretas. Por lo tanto, no se trata de cambios de fachada, puramente externos; por el contrario, se trata de un cambio radical, es decir, que va a la raíz del mal, al corazón o al interior de cada uno. Hay que dejar que el Espíritu de Cristo transforme nuestro corazón malo y veleidoso en un corazón nuevo que goza con la verdad, el bien, la belleza, la virtud, en definitiva, con Dios mismo. Cuando nuestro compromiso con Cristo, con el Evangelio, con la Vida, con el prójimo sólo son posturas de momento o circunstancia, no estamos dejando que el Señor con su gracia liberadora transforme nuestro corazón. También en la vida cristiana puede darse el fenómeno social de la apariencia, ese refinado engaño que nos impide ir a lo esencial.
Vamos a mirarnos en el espejo de la Palabra de hoy para que ella nos ayude a recuperar la autenticidad de nuestra vida en todos los aspectos.

Primera lectura: Ex 3, 1-8.10.13-15
Vocación de Moisés

Estamos en el segundo libro del Pentateuco, el Éxodo, el libro de la liberación de la esclavitud de Egipto y libro de la Alianza, de la caminata sinuosa del pueblo liberado por el desierto bajo la guía de Moisés, muy de moda en estos días por la teleserie televisiva que no reemplaza la lectura bíblica sino que sirve de recreación visual de lo que pudo ser esta aventura de fe y vida de un pueblo especial. El aspecto central de esta primera lectura es el encuentro y diálogo entre Dios y Moisés. No se trata de un dios de los que fabrica el hombre a lo largo de su historia. Se trata del Dios de los patriarcas israelitas como Abrahán, Isaac y Jacob, es decir, del único Dios Vivo que posibilita el encuentro y abre el diálogo con el hombre. Se trata de un Ser trascendente, más allá de todo lo que humanamente podemos imaginar. Dios toma la iniciativa y asume el lenguaje humano para hacerse entender. En este caso es una zarza ardiente. Llama al interlocutor por su nombre: Moisés. Frente al panorama del encuentro con Dios, Moisés se cubre el rostro para no ver a Dios, porque nadie vive si mira el rostro de Dios y debe descalzarse como signo de respeto y reverencia. El encuentro con Dios no es como cualquier encuentro, es único y reviste especiales características. Junto al encuentro y diálogo de Dios con su interlocutor, se le encomienda una misión, nada fácil como es encabezar el proceso de la liberación del pueblo oprimido. Es muy interesante descubrir que Dios está de parte de la situación de sufrimiento que vive el pueblo, la conoce y le conmueve, le lleva a idear un plan de salvación. Realmente Dios es el Liberador, Moisés un instrumento humano, un colaborador de un Plan que no es suyo sino de Dios.

Segunda lectura: 1Cor 10, 1-6.10-12
  Estos versículos del capítulo 10 de la primera carta a los Corintios hay que entenderlos como un llamado que el Apóstol Pablo dirige a los fieles de Corinto a mantenerse en la fe verdadera hasta el final. Diversas situaciones que viven los cristianos son parecidas a la situación del pueblo escogido en el desierto y Pablo quiere ayudarles a descubrir su aplicación concreta a la realidad presente. Aquellos episodios ejemplares que vivieron en el desierto sus antepasados dejan al descubierto las maravillas que Dios hizo a su favor, pero muchos del pueblo escogido fueron infieles y cayeron en diversos actos repudiables que pueden ser resumidos en el pecado de la idolatría. Son las tentaciones del desierto o pruebas a la fidelidad del pueblo a Dios. La lección del pasado hay que tenerla en cuenta, estos pecados de infidelidad se escribieron como advertencia para nosotros. Por lo tanto, el camino cristiano tiene que hacerse en la humildad y sencillez; si no es así, la autosuficiencia y la presunción de creerse mejores volverán a recrear aquella situación de infidelidad e idolatría del pasado. Hay que aprender del pasado en sus logros y en sus errores si queremos llevar una vida cristiana auténtica, creíble, convencida y convincente.

Evangelio: Lc 13, 1-9     
Puede desconcertarnos el inicio de este evangelio de hoy. Jesús es informado acerca del asesinato de unos galileos por orden de Pilato, el gobernador romano en Palestina. Algunos llevan la noticia a Jesús. ¿Por qué? Se puede entender como un acto amenazante en el sentido de decirle que la suerte que corrieron aquellos galileos también le espera a Jesús y a sus seguidores también galileos. La convicción de los interlocutores es que murieron porque eran pecadores y en el fondo piensan igual con respecto a Jesús y su grupo. También van a morir por pecadores.

En este trasfondo la respuesta de Jesús es una severa advertencia: “¿Piensan que aquellos galileos, sufrieron todo eso porque eran más pecadores que los demás galileos?” (v. 2). “Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten, acabarán como ellos” (v. 3). Jesús asume la defensa y pone en dificultad a los interlocutores que pensaban advertir el peligro en que estaba Jesús y los suyos. La respuesta señala que los que están en peligro son precisamente ellos por la falta de arrepentimiento y conversión. La advertencia de Jesús se dirige también a nosotros que estamos tentados de pensar que los males que afligen a los demás son consecuencia de su pecado. Jesús nos advierte que los que estamos en verdadero peligro somos nosotros, que no nos arrepentimos en serio ni nos convertimos al Señor a fondo. Mira tu pecado, examina tu corazón y no tendrás tiempo para seguir juzgando y condenando a los demás. Las desgracias no son efectos de los pecados o maldad de quienes las padecen.

La parábola de la higuera y el labrador sirven para reafirmar la necesidad de producir buenos frutos de vida cristiana, porque la fe sin obras buenas está completamente muerta. La higuera es una figura del pueblo de Israel. Como la higuera sin higos Israel es infecundo en su respuesta a Dios. Desde el evangelio esta imagen se aplica al cristiano de todos los tiempos. Esa es la actualidad de este mensaje para cada uno y para la comunidad cristiana entera. Así como una higuera que no da frutos no tiene razón de ser, así también un cristiano y una Iglesia que no da frutos de vida nueva está ocupando un espacio y no tiene sentido. Por desgracia hay mucho cristiano inútil y comunidades infecundas. Dios puede decretar el ser arrancados para ser arrojados al fuego eterno. Ante tan trágico final, no nos falta el labrador, que no es otro que Jesús, nuestro mediador e intercesor ante el Padre, que suplica y hace acciones tendientes a revertir la penosa situación que el hombre vive. Esto indica que estamos ante una situación urgente y extrema que pende de la paciencia y misericordia de Dios. Por nuestra parte, sólo cabe una conversión en serio y a fondo. Dios espera un cambio en tu vida, un vuelco que signifique dar frutos de vida nueva.

En este Año Jubilar de la Misericordia volvamos a reemprender el camino de una vida cristiana más evangélica, con más decisión de abandonar el mal y adherir al bien, de reconciliarnos con nosotros mismos y con el Señor y con los hermanos. Limpiar la casa, es decir, el corazón, la vida entera preparando una buena confesión sacramental, integrando el examen de conciencia diariamente y aprendiendo a vivir el encuentro personal con el Divino Labrador y dialogar con Él a través de la escucha de su Palabra.

Un abrazo y buen comienzo del Año Escolar. Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.