Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 10 de enero 2016

DOMINGO DE LA FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

Año de la Virgen de la Merced y Año Jubilar de la Misericordia


Textos  

Is 40, 1-5.9-11   “Toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”.

Sal 103, ¡Bendice al Señor, alma mía! 

Tit 2, 11-14; 3, 4-7  “Absueltos por su gracia, fuéramos en esperanza herederos de la vida eterna”.                      

Lc 3, 15-16.21-22 “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.


Podemos decir que en este domingo del bautismo de Jesús estamos ante la tercera epifanía o manifestación de Dios que se revela por medio de su Hijo como lo hizo en Belén a los pastores y a los magos venidos de Oriente. También el bautismo de Jesús nos revela al Hijo en la voz del Padre como escucharemos en el evangelio. Revelar significa quitar el velo que cubre y oculta el misterio más hondo de Jesús: su condición divina de Hijo de Dios. Y esto acontece precisamente en una experiencia humana revestida de sencillez y pobreza, lo que hace que sea más encantadora todavía. El camino de estas tres manifestaciones del misterio de la encarnación del Verbo Eterno del Padre sólo es accesible mediante la fe. Contemplemos este hermoso misterio y tratemos de comprender la profundidad de nuestro propio bautismo.

Primera lectura: Is 40, 1-5.9-11

Recordemos que con el capítulo 40 se inicia el llamado Isaías II. Se trata de un profeta que ejerció su ministerio entre los desterrados de Babilonia, durante el reinado de Ciro (553 – 539 a.C). El mensaje se centra en la idea que el destierro es el lugar de la redención, pues de esta experiencia tan amarga, surgirá un nuevo pueblo que guiado por Dios vivirá un nuevo éxodo que lo llevará al cumplimiento definitivo de la promesa. No fue fácil su cometido porque el pueblo vive las más diversas reacciones en que se expresa el pesimismo ambiental de esa época. Leemos en este trasfondo el texto de este domingo. Desde ya nos llama la atención que una voz clama en el desierto. Es la voz del mismo profeta. El Nuevo Testamento identifica esta voz con Juan Bautista. La esperanza del retorno a su tierra toma cuerpo en estos capítulos del Segundo Isaías. Pero  lo más decisivo es que Dios mismo toma la iniciativa de preparar el ansiado regreso. Dios mismo prepara el camino y esto llena de alegría a los desalentados desterrados. ¿Cuál es la garantía de esta Buena Noticia? La Palabra que Dios inspira al profeta que precisamente vive de la Palabra que debe anunciar. Toda la fuerza del mensaje profético radica en esta íntima relación con la Palabra que Dios le manda a anunciar. El profeta se convierte en mensajero que desde las alturas hace oír la Buena Noticia. Dios no los ha abandonado en su desgracia; Dios mismo está preparando el regreso anhelado. La fuerza del mensaje de este oráculo profético está en los versículos 10 y 11. Ambos se centran en Dios que actúa en la historia concreta y realiza la Buena Noticia. Es como un pastor que apacienta y reúne el rebaño, lo trata con ternura porque “toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Dios nos cuida aún en medio de nuestras desgracias. ¿Qué puedo aprender y vivir de este texto profético? ¿En qué lugar me ubico si en la desesperanza o en la escucha de la Palabra?
 

Segunda Lectura: Tit 2, 11-14; 3, 4-7

Esta breve carta pertenece a las llamadas Cartas Pastorales que San Pablo dirige a dos íntimos colaboradores: Timoteo y Tito, quienes se encuentran frente a las Iglesias de Éfeso y Creta respectivamente. Ambos fueron compañeros de viaje de Pablo. De la brevísima carta a Tito está tomada hoy la segunda lectura de la fiesta del bautismo de Jesús. En el capítulo 2, 11-14 el autor habla de la gracia de la salvación, la que se ha manifestado en la encarnación del Hijo de Dios, una gracia que salva a todos los hombres. Y también se ha manifestado en su muerte pues “se entregó por nosotros, para rescatarnos de toda iniquidad” y de este modo “adquirir un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras”. En estas dos manifestaciones de la gracia salvadora de Dios en Cristo se apoya la última “la promesa dichosa y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y de nuestro Salvador Jesucristo” (v.13). Tanta gracia redentora de Dios se corresponde con una vida nueva que implica renunciar a la impiedad y deseos mundanos y comprometerse a cultivar un estilo marcado por la templanza, virtud que ayuda a moderar los deseos y pasiones, en justicia y piedad. En el capítulo 3, 4-7  se señala una preciosa relación entre la bondad misericordiosa de Dios hacia nosotros manifestada en Jesucristo, sin méritos de nuestra parte, “sino por su sola misericordia, nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo”, es decir mediante el bautismo con agua y con Espíritu Santo, característica especial del bautismo cristiano. Somos salvados por la bondad de Dios y no por nuestros méritos. En el cristiano todo es gracia, don de Dios en Cristo. El bautismo que recibe Jesús y en Él el cristiano no es un ritual o ceremonia; es un “nuevo nacimiento” y una “renovación por el Espíritu Santo”. Ambos aspectos centrales marcan la vida entera del cristiano. ¿Somos conscientes de este proceso de “nueva creación” que obró nuestro bautismo? ¿Vivimos como “hombres nuevos”?

Evangelio de San Lucas 3, 15-16.21-22

El evangelio de este domingo parte recordándonos el testimonio de Juan Bautista frente a la expectativa de la gente acerca de si él no sería el Mesías esperado. El versículo 16 contiene la respuesta del Bautista. En ella queda claramente demarcada la diferencia entre el bautismo con agua que él administra y el bautismo de Jesús: “Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (v. 16). Reconoce Juan que el que viene después de él tiene una autoridad también distinta a la suya: “Pero viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno para soltarle la correa de sus sandalias”. Juan anunció la era mesiánica como próxima y para ello prepara al pueblo exigiendo la conversión de los pecados.

En sólo dos versículos del capítulo 3, San Lucas nos ofrece el Bautismo de Jesús. Es el evangelio correspondiente al ciclo C del año litúrgico. Si comparamos la presentación del bautismo de Jesús en San Mateo con la presente de San Lucas, nos damos cuenta que éste ha eliminado el diálogo entre Jesús y Juan. Tampoco Lucas enfatiza mucho el hecho en sí del bautismo de Jesús. Lo realmente importante para este evangelista es la teofanía, es decir, la manifestación de Dios que da la impresión está motivada por la oración de Jesús inmediatamente después de bautizarse. La oración de Jesús logra lo que el pecado de nuestros primeros padres había producido como consecuencia, esto es, cerrar el cielo, impidiendo la relación del hombre con Dios. La oración de Jesús “abrió el cielo”, es decir, el hombre puede nuevamente entrar en relación con Dios precisamente a través de Jesús, el Hijo.

Finalmente las palabras del Padre que transmite por medio del Espíritu Santo confirman a Jesús como el predilecto y explícitamente queda investido como enviado, el que había de venir. La escena lucana del Bautismo de Jesús se cierra con la Palabra del Padre: “Tú eres mi hijo querido, mi predilecto”. Esta predilección del Padre se refiere a la aprobación que recibe Jesús, con la que estará completamente identificado con la voluntad de Dios y la realizará hasta las últimas consecuencias. Jesús nada hace que no esté en sintonía completa con su Padre. En esta voluntad del Padre está el reino y acogerla significa jugársela por los valores del reino como la justicia, la fraternidad, la verdad, la libertad, el amor, la felicidad. Esta declaración del Padre ratifica y declara que Él respalda la misión de su Hijo querido.

Ser bautizado implica también este camino como discípulo de Jesús. Realmente buscar y hacer la voluntad de Dios es el gran desafío de nuestra existencia. Esto implica discernir en el día a día dónde está y cómo se manifiesta la voluntad de Dios. Tampoco sirve mucho sólo conocerla; se la busca para ponerla en práctica. Esta teofanía de Dios en Jesús se convierte en teofanía en la vida de cada bautizado. Por desgracia no siempre es así, pues muchas veces nuestro proceder oculta y oscurece la misma presencia de Dios.

Un saludo fraterno y que Dios nos bendiga.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.