Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 13 de diciembre 2015

DOMINGO 3 DE ADVIENTO

Jubileo de la Misericordia

Textos  

Sof 3, 14-18 “¡Grita, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital!”

Sal: Is 12, 2-6  Mi fuerza y mi alegría es el Señor.

Flp 4, 4-7   “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres”.

Lc 3, 10-18  “Entonces le preguntaba la multitud: ¿Qué debemos hacer?”


La alegría  es la tonalidad característica de este tercer domingo de adviento. La Palabra de Dios es una refrescante invitación a vivir en una actitud diametralmente distinta a la del fatalismo y desesperanza del común de la gente, tanto en tiempo de los profetas, de Juan Bautista, de Jesús y de todos los tiempos de la Iglesia. No es fácil estar alegres siempre. Sin embargo, el Señor no deja de invitarnos a la alegría del corazón, del ánimo. ¿Cuál es el motivo de la alegría cristiana? No es  algo que nada ni nadie puede detener. Porque la salvación no es un conjunto de hechos aislados sino una “economía de salvación”, es decir, una acción providencialmente prevista y planificada por el Señor con el único fin de salvar al hombre pecador. Es exactamente una “historia de salvación” que el Señor va escribiendo con nosotros. Esa es la causa de nuestra alegría. Que Dios esté actuando no lejos de nuestra historia sino dentro de ella, salvándola, restaurándola, sanándola, redimiéndola, ¿cómo no ha de ser impresionante darse cuenta de este proceso salvador en el que estamos envueltos? Sólo quienes se dan cuenta de este dinamismo de gracia en que están metidos, aún a pesar de su debilidad y pecado, pueden estar siempre alegres en el Señor. Porque ¿qué otra cosa mejor nos puede pasar que estar “en proceso de salvación”? Que Adviento nos ayude a recuperar el motivo de fondo de nuestra alegría cristiana, tan necesaria para los tiempos tristes en que nos debatimos.

El tercer domingo nos ofrece una profecía de otro profeta de los llamados los 12 menores. Se trata de Sofonías, un profeta del tiempo del gran rey restaurador Josías y continuador de las reformas religiosas de su bisabuelo Ezequías, otro de los grandes reyes de Judá. Sofonías colaboró con Josías que gobernó entre los años 640 – 609 antes de Cristo y es también contemporáneo de otro de los grandes profetas, Jeremías. Sofonías  tiene como tema central “el día del Señor” como día de desastre por causa de los pecados del pueblo. Es el profeta que penetra profundamente en la realidad de pecado como una ruptura de la alianza, vínculo personal e íntimo entre Dios y el pueblo. Sin embargo, como acontece en todos los profetas, no falta un oráculo de restauración. Nuestro texto de la primera lectura de este domingo nos transmite ese aire de esperanza y de cambio de la penosa situación del pueblo en aires de renovación. Esta restauración de la alegría, del festejo exultante, no se debe a la acción del pueblo sino es Dios su artífice. Es “el Señor el que ha expulsado a los tiranos, ha echado fuera a los enemigos” (v.15). Es Dios “el soldado victorioso que goza y se alegra contigo, renovando su amor” (v. 17). La actuación de Dios en favor del pueblo se traduce en “día de fiesta”: no cabe el temor ni la cobardía; tampoco pesa más la desgracia ni la vergüenza. Dios restaura el mundo que siempre quiso con su alianza y con su pueblo. Escuchemos atentamente este mensaje y tengamos el valor de acogerlo mediante la fe y el amor.

Vamos a la segunda lectura de hoy. Seguimos con la carta a los Filipenses y esta vez nos referimos a las recomendaciones que hace San Pablo a sus apreciados evangelizados de Filipos. Notemos que en Flp 4, 4 retoma la misma despedida de Flp 3,1. En ambos casos, se refiere a la alegría en el Señor. Es el tono gozoso que domina los dos primeros capítulos de la carta. Pero notemos que no se trata de una “alegría intimista” sino comunicativa, social y comunitaria. El hacer felices a los demás desde la propia bondad es un gran compromiso con el Señor. Por eso dice San Pablo: “Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está  cerca” (v. 5). La alegría supone vencer la ansiedad que nos arrebata la paz y nos hace vivir bajo la aflicción de las cosas. Si aprendiéramos a confiarnos más en las manos de nuestro Dios y fuera la plegaria nuestra compañera de viaje, lograríamos comprender como la paz de Dios cuida el corazón y que los  instalados en el mundo, sin la expectación del Señor que viene, no gozan la serenidad de ánimo que les permita descubrir su presencia en sus vidas. La paz no es pacifismo sino compromiso a vivir en profundidad la relación con el Señor. Nos hace mucho bien la invitación de la Palabra de hoy: “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres”.

Continuamos con el evangelio de San Lucas en el capítulo 3, 10-18 y su protagonista sigue siendo Juan Bautista, el que prepara el camino para el Señor. Juan es el portador de la Buena Noticia, es decir, del Mesías que viene pero, al mismo tiempo, nos recordará las implicancias éticas o consecuencias morales que tiene para quien lo acoge en la propia vida. Veamos.

El texto del evangelio de este tercer domingo de adviento se puede dividir en dos partes: en los versículos 10 – 14 Juan responde una serie de preguntas de quienes le han escuchado y han venido a ser bautizados por él en el Jordán. En la segunda, versículos 15 – 18, Juan deja muy clara su identidad con respecto a Jesús, el Mesías.

Respecto a la primera parte notemos que por tres veces los interlocutores de Juan preguntan con la misma frase: “¿Qué debemos hacer?”. La respuesta de Juan no se refiere a cosas desorbitadas o extrañas, sino que recomienda modos concretos de atención con el prójimo que se puede resumir en el respeto a todos en la justicia. Así compartir el que tenga dos túnicas con el que no tiene o igual cosa si tiene comida. Es la primera respuesta a la multitud. Se enderezan los caminos del Señor compartiendo con el otro. Luego vienen las respuestas a dos grupos sospechosos en la sociedad del siglo primero de nuestra era: los recaudadores de impuestos o publicanos y los soldados. A los primeros, les pide que no cobren o exijan más de lo que está ordenado, es decir, que sean honestos y no ladrones como se ventilaba en aquel tiempo. Y a los soldados, que no maltraten ni denuncien a nadie y que se contenten con su sueldo, es decir, que no abusen del poder ni del status social que detentan. Fijémonos que las respuestas del Bautista están vinculadas con la vida normal de cada uno y no les exige que abracen una vida ascética y mortificada como la que él llevaba. En consecuencia, cuando se nos pide enderezar los caminos de Dios se nos está pidiendo hacerlo en la vida normal y corriente de cada uno. No se nos pide cosas extraordinarias ni lejanas a nuestras situaciones vitales. ¡Cuántos creyentes ignoran que lo que Dios les pide cambiar está al alcance de sus manos, está en la vida diaria! ¿Cuál de estas respuestas me tocan bien directamente?

La segunda parte del evangelio, versículos 15 – 18 se refieren a la identidad real de Juan Bautista. Dice el texto: “Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban por dentro si Juan no sería el Mesías, Juan se dirigió a todos” (v.15). De las preguntas por el hacer se pasa a la del Mesías. ¿Qué es lo que Juan declara? Podría haber dicho que efectivamente él era el Mesías y la gente lo habría seguido sin dificultad. Pero no. Juan no se arroga falsas identidades. No es el Mesías. Reconoce lo que es: “La voz que grita en el desierto”. Carece de investidura oficial y de títulos. Él sólo “bautiza con agua” y no se considera digno siquiera de desatar la correa del que viene detrás de él. Pero su debilidad y humildad no le quitan fuerza ni le hacen acobardarse. Proclama lo que tiene que anunciar, guste o no guste. Por esta fidelidad activa termina como muchos de sus predecesores, encarcelado por fidelidad a su misión, lo que terminó en muerte violenta. No sólo señala que no es el Mesías sino que lo proclama abiertamente cuando dice: “Yo os bautizo con agua; pero viene uno con más autoridad que yo,…Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (v. 16). Juan es el que prepara el camino para que el pueblo acoja al que viene detrás de él, es decir, al Mesías. Este enviado celestial o Mesías no sumergirá a la gente en las aguas del Jordán, sino en la misma profundidad de Dios, simbolizado por el espíritu o soplo o viento y el fuego. Y la salvación es representada como un viento o soplo divino y eso quiere decir “espíritu” que procede de Dios y que invade desde dentro al hombre. Y el fuego es el signo purificador que quema todo lo imperfecto hasta dejar lo más genuino en el hombre.
                 

Dios llega como Espíritu y fuego que destruye la injusticia en la tierra y establece su reino de paz, de vida y de luz. El Mesías que esperamos no viene a cambiar alguna cosa externa en nosotros, sino a provocar un cambio radical o conversión desde y en el corazón. Por eso el testimonio de Juan es tan honesto y ejemplar. La obra mayor corresponde al Mesías que viene.
                 

La Palabra no deja de llamarnos al cambio y a la conversión, a la responsabilidad ética y a la solidaridad, a la verdad y honestidad; pero no nos damos por enterados. Seguimos caminando tranquilos, sin cuestionarnos nuestra conducta. Ciertamente la conversión es imposible cuando se la da por supuesta. Conocemos muy bien las injusticias, las miserias y los abusos que se cometen diariamente en nuestra sociedad pero esto no provoca una conversión. A lo sumo una admiración o consternación o una cierta culpabilidad. E incluso se aumenta nuestra impotencia. Una pregunta es clave volver a formularla: ¿Qué debemos hacer?
                 

Hemos iniciado el Año Jubilar de la Misericordia con la apertura de la Puerta Santa el 8 de diciembre recién pasado por el Papa Francisco. Que este sea para cada uno un año extraordinario de gracia y bendición.
                 

Un saludo fraterno.

Hasta pronto, si Dios quiere.        

Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.