Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 11 de octubre 2015

DOMINGO 28° DURANTE EL AÑO

En la celebración del Sínodo de la Familia en el Vaticano 
Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco

Textos  
Sab 7, 7-11    “Invoqué y vino a mí el espíritu de Sabiduría”.     
Sal 89    Baje a nosotros la bondad del Señor.    
Heb 4, 12-13    “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz”.                                                                            
Mc 10, 17-30   “Ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres... después sígueme”.


Conducidos por el evangelio de San Marcos nos internamos en los secretos del seguimiento de Jesús. El evangelio de este domingo nos pone ante una terrible disyuntiva: la riqueza o Jesús y su Reino. En términos actuales, es el bienestar económico, material o los valores del Reino de Dios. Muchísima gente se sentirá como el hombre del evangelio de hoy, muy llenos de pena y se marcharán tristes, ante la exigencia tajante de Jesús: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Para muchos cristianos “observantes de los mandamientos y piadosos” no les viene bien esto de los pobres, les incomoda aceptar que los miserables o facinerosos del mundo tengan tanta importancia para Jesús y su Reino. Están inmersos en la “sociedad de la abundancia” donde no caben los pobres, más bien se los ignora y esconde. Lamentablemente tal visión no tiene nada que ver con la propuesta de Jesús y su Evangelio. No es extraño entonces que los mismos pobres tiendan a subir peldaños sociales y declararse de “clase media emergente”. Como si ser pobre fuese un delito y una penosa situación que hay que esconder o negar. Prestemos atención al mensaje de hoy y mirémonos en este espejo de la Palabra con mucha sinceridad.
                 

Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a iluminar el camino que estamos haciendo como miembros vivos de la Iglesia, pueblo de Dios peregrino en el mundo.
                 

La primera lectura, Sab7, 7-11, son las palabras del rey que explica cómo adquirió la sabiduría. Comienza diciendo que es fruto de la oración: pidió y se le concedió la prudencia, invocó a Dios y se le concedió el espíritu de la Sabiduría. Así queda claro que la sabiduría es un don de Dios, estimado por sobre todo lo demás y frente a la cual la riqueza es nada; es superior a los tronos y cetros del poder temporal que los hombres tanto aprecian y tan afanosamente se desviven por conquistarlos. E incluso más que la salud y la belleza, hoy tan importantes para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aún cuando ambas son tan efímeras y pasajeras. Queda en pié que lo único verdaderamente importante es la Sabiduría porque, dice el texto, “con ella me vinieron todos los bienes juntos y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso”. El don de Dios supera todos los bienes que el hombre anhela en esta tierra, es un regalo que nunca se merece o se gana con el esfuerzo propio. Nos está haciendo mucha falta esta manera de mirar nuestra vida para no vivir del espejismo de una aparente felicidad que esconde el drama de nuestra condición humana necesitada y frágil. ¿No será que nos hemos envilecido con nuestra sabiduría puramente mundana y desechado la verdadera sabiduría de Dios? ¿A dónde nos conduce una vida sin trascendencia, sin un sentido más allá de nuestra vida terrena? ¿Acaso no estamos experimentando graves carencias de una auténtica humanización y espiritualidad?
                 

La segunda lectura, Heb 4,12-13, nos recuerda lo que la Escritura repite muchas veces acerca de la Palabra de Dios. Ésta no se identifica con la palabra humana porque es una palabra viva y eficaz que, como una espada, en palabras del profeta Isaías 49,2, corta, juzga, discierne, pide cuentas, desafía, y sobre todo, salva al que la recibe por la fe. Es la Palabra de Dios la que discierne los íntimos secretos, intenciones y actitudes del corazón humano. Nada se escapa a esta Palabra y es la fuerza decisiva en la historia humana, aunque aparezca frágil o sea desoída, depreciada o ignorada por los hombres. Por lo tanto, nadie debe tener en poca cosa la Palabra, es decir, a Jesús mismo que es el Verbo Eterno del Padre hecho carne en el vientre purísimo de María. Realmente Jesús es la verdadera Sabiduría del Padre que viene a este mundo a revelarnos su misterio y su plan de salvación a favor de todos los hombres.
                 

El evangelio, Mc 10, 17-30, nos ofrece una excelente enseñanza de Jesús en este encuentro con el joven rico. No olvidemos que Jesús “va de camino” a Jerusalén y en esta etapa decisiva de su misión va instruyendo a sus discípulos. En este camino de Jesús aparece uno, del cual no se dice nada personal, salvo que “llegó corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (v. 17). Se trata de un hombre piadoso y de buena voluntad que, cuando Jesús le recuerda que el camino para alcanzar lo que busca es conocer los mandamientos, contesta: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde la adolescencia” (v. 20).
                 

Y entonces ¿qué le falta para heredar la vida eterna? Dice el evangelio: “Jesús lo miró con cariño y le dijo: Una cosa te falta: ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme” (v.21). Hay que prestarle atención a este gesto de Jesús: lo miró con cariño, es decir, lo acogió amablemente. No lo rechaza ni lo juzga. Siempre la llamada de Jesús tiene este elemento fundamental. Cuando llama está amando con especial predilección. No llama simplemente a cumplir una tarea, a realizar unas obras buenas; llama para establecer una relación de amistad y de cercanía con aquel que lo acoge.
                 

Junto a la llamada de amistad, Jesús pone la exigencia que resultó muy dura para este hombre rico. La condición sin la cual no es posible seguir a Jesús es el desprendimiento de la riqueza. No se puede servir a Dios y a la riqueza al mismo tiempo, hay que optar, hay que definirse. Lo único que le falta a este hombre rico es justamente desprenderse de su riqueza y compartirla con los pobres. Sólo así puede ser verdaderamente libre para “heredar la vida eterna” o “tener un tesoro en el cielo”. Notemos que Jesús no está hablando de un camino cristiano paralelo al común de los discípulos; es la exigencia para todo el que quiera ser discípulo suyo. Todo cristiano sabe que el primero en su escala de valores es el Señor y su Reino y que todo lo demás, incluyendo familia, riquezas, poderes, fama, prestigio, etc. son absolutamente secundarios. Un discípulo vive el estilo de vida desprendido, fraterno, servicial de Jesús.
                 

Ante semejante exigencia el hombre echó pié atrás. Dice el evangelio: “Ante estas palabras, se llenó de pena y se marchó triste; porque era muy rico” (v. 22). Esto significa que las riquezas ya habían sofocado la actitud humilde y receptiva tan propia del niño que Jesús ha propuesto como imagen del discípulo. Este hombre rico se aleja de Jesús y se aleja del Reino. Jesús le recuerda que la vida eterna no se alcanza sumando bienes sino restando, es necesario vender lo se tiene hasta quedar ligero de equipaje, despojado y libre para el seguimiento de Jesús.
                

A partir del versículo 23 se abre la enseñanza acerca de las riquezas y el reino de Dios. Jesús quiebra una convicción tan fuerte en el mundo religioso y civil de la época cuando se cree que los bienes materiales son signos de bendición divina sobre quienes los poseen. Los ricos se encontrarán con la dificultad de entrar al Reino de Dios precisamente por las riquezas. Pero ¿por qué es tan difícil entrar en el Reino de Dios? Jesús responde: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque para Dios todo es posible” (v.27). Es la respuesta de Jesús ante el asombro y el temor de los discípulos y su pregunta: “Entonces ¿quién podrá salvarse?” (v.26). El mensaje de este domingo nos está diciendo que la riqueza y la pobreza no son realidades queridas por Dios sino por las decisiones humanas de unos pocos y el aguante de una mayoría. La riqueza destruye la convivencia humana, encierra en un mundo separado, crea barreras y resguardos, acentúa las diferencias abismantes entre las personas, grupos y pueblos. Es un obstáculo para el Reino de Dios que se construye con todos, que busca una fraternidad universal.
                 

Termina nuestro evangelio de este domingo con unas palabras alentadoras de Jesús ante los angustiados y sorprendidos discípulos. Es cierto que se promete una abundante recompensa al discípulo  de Jesús por su desprendimiento  pero, dice Jesús, “en medio de las persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna” (v.30). En verdad, seguir a Jesús no es la panacea del bienestar ni la seguridad incontaminada; por el contrario, quien trate de vivir honestamente el evangelio no le faltarán los sinsabores y penurias en el camino.
              

¿Cómo leer, comprender y vivir este evangelio del desprendimiento real en medio de una cultura de la posesión obsesiva de las cosas y de las personas? Es fundamental volver al evangelio de la libertad cristiana, aquella condición radical del discípulo de Cristo. María ha declarado que “los ricos se empobrecen y los humildes son enriquecidos”, que “ los poderosos son derribados de sus tronos y los pobres son elevados”. Es la paradoja de Dios y su Reino.  
                 

Que el Señor nos bendiga con su gracia y nos ayude a salir de nuestros cautiverios. Hasta la próxima semana si Dios quiere. 

Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.