Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 04 de octubre 2015

DOMINGO 27° DURANTE EL AÑO

En el Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco, Fundador de la Orden de la Merced

Textos  
Gn 2,4.7.18-24   “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.
Sal 127 Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Heb 2, 9-11   “Así por la gracia de Dios, padeció la muerte por todos”.   
Mc 10, 2-16  “Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.


El fenómeno de la privatización como característica de nuestra sociedad privatizadora ha tocado también la teología cristiana que ha presentado los sacramentos como eventos individuales de la  que es esencialmente comunión entre los hombres y Dios. La pareja del hombre y la mujer ha también soportado el individualismo que ha reducido el matrimonio al bienestar y goce de la pareja, sin vínculos consistentes con el mundo y la sociedad. Los hijos terminaron siendo propiedad de los padres y no personas abiertas al mundo e integrantes de la sociedad. Por esta razón cuesta mucho hacer entender que el matrimonio y la familia tienen una irrenunciable vocación y misión comunitaria y social. Tanto es así que ya no se descubre el sentido de un compromiso o vínculo civil y religioso, los que están siendo reemplazados por las convivencias de hecho, otro signo de una mentalidad privatizada, individualista y egoísta. En síntesis no se comprende el valor social del amor ni mucho menos el porqué de una intervención religiosa y civil. Y el amor de la pareja no es sólo para los dos sino también para la humanidad. Privatizado el amor, se ha también privatizado el sexo que se vive como algo ajeno al resto de la personalidad y de todo compromiso con el otro. Se ha instalado la idea que el sexo es un asunto individual y fuente de goce sin barreras. ¿Puede el matrimonio y la familia cumplir su importante servicio a la vida, a la humanidad, a la sociedad, a la Iglesia desde esta concepción y práctica individualista?
                 

Vamos a escuchar la Palabra de Dios orientados por esta pregunta: ¿Cuál es el proyecto original de Dios en relación al matrimonio y a la familia? Dejemos que los textos de la Biblia nos ayuden a discernir el proyecto de Dios.
                 

Primera lectura del Libro del Génesis. Recordemos que este primer libro del Antiguo Testamento recibe el nombre de Génesis precisamente porque se refiere a los orígenes de la creación y del hombre y la mujer. El texto de hoy, referido al capítulo 2 del Génesis, parte recordando la formación del varón y culmina con el grito de júbilo al encontrar éste a la mujer que Dios ha creado como “la ayuda adecuada”. A continuación el texto resalta la soledad del hombre en palabras del mismo Dios en un monólogo patético: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a proporcionarle una ayuda adecuada” (v.18). La soledad no es buena, es una debilidad. El hombre es un ser social, incapaz de realizar su destino sin la ayuda de otro. La “ayuda adecuada” en su raíz hebrea incluye las ideas de identidad de naturaleza y de complementariedad. Y en esta búsqueda de compañía para su creatura, Dios ensaya con la creación que pone bajo su dominio.  Eso significa “poner nombre” a todo lo creado. Pero no encuentra la ayuda esperada a pesar de ser el “señor” de todo lo que Dios ha creado y ha puesto bajo su dominio. Entonces Dios forma la mujer, para lo cual provoca un sueño profundo en el hombre, luego toma una costilla y crea la mujer. Entonces el hombre la reconoce como “hueso de mis huesos y carne de mi carne”. La mujer es la otra parte, la ayuda adecuada, el complemento del varón y de él ha sido sacado. Se llama “mujer” porque del varón ha sido formada. Con este nombre reconoce la singularidad entre las creaturas como “el otro yo” del varón, idéntica a él, iguales en todo, en el ser y el poder. La conclusión es una sinfonía maravillosa: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, se une a su mujer y forman una sola persona” (v.24). El varón abandona lo más grande que tenía que era su hogar paterno y se une a su mujer. Es el amor sexual compartido dentro de una comunión única entre el varón y su mujer, amor bendecido por Dios y convertido en vínculo de unión y de amor. Nace así de esta página admirable de la Biblia la humana maravilla del matrimonio, la dignidad fundamental de ese amor que el hombre y la mujer experimentan como un fuego divino. Sería bueno leer el Cantar de los Cantares, esa pieza poética del amor del amado y su amada.
                 

La segunda lectura de la Carta a los Hebreos está tomada del capítulo 2. Dos son los rasgos que el autor destaca de Cristo como Hijo de Dios, superior a los ángeles. Por una parte, Cristo está relacionado con los hombres al cumplir plenamente la vocación del hombre anunciada en la Escritura. Cristo es un hombre verdadero en todo el sentido de la palabra. En segundo lugar, Cristo se ha hecho solidario con los hombres hasta la muerte. Cristo es entonces un miembro de la raza humana que realiza la sublime vocación que ningún hombre alcanzó nunca. Jesús es el “hijo del hombre”, un hombre plenamente humano hasta el extremo de haber bebido el cáliz amargo de la muerte en cruz. Por un breve tiempo, ha sido rebajado por debajo de los ángeles, pero ahora es “el Hombre” coronado de gloria y honor por sobre los ángeles. El mensaje es muy importante: Jesús es solidario con la humanidad, es la característica fundamental de este Salvador sufriente y glorificado. Por eso es el centro de nuestra fe y de nuestra esperanza. Una consecuencia es que su Palabra es decisiva para nosotros, es mensaje de paz y perdón, es Buena Nueva que transforma la vida entera. Es una Palabra con autoridad y no simple doctrina o moral. Los discípulos viven esa Palabra en todos los ámbitos de su vida, también en el matrimonio, sacramento junto al Orden Sagrado de servicio social. Significa todo esto que lo que Jesús y la Iglesia nos enseña es vital y de suma importancia para asumir el estilo de vida del Maestro. La familia que acoge a Cristo se convierte en espacio de evangelización.
                 

El evangelio de San Marcos nos ofrece una palabra muy decisiva en torno al matrimonio. El tema surge de la inquietud malintencionada de los fariseos y se refiere al tema de la separación o divorcio de un hombre de su mujer. Por cierto no les interesa la postura de Jesús acerca del matrimonio sino su interpretación de un hecho que Moisés había aprobado en torno al divorcio. Pongamos atención a la respuesta de Jesús:”Porque son duros de corazón escribió Moisés semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (v.5-9). La legislación judía permitía sólo al hombre divorciarse de su mujer. Los motivos iban desde la infidelidad hasta otros asuntos triviales. En esta respuesta Jesús nos enseña que la Palabra de Dios debe ser interpretada de acuerdo a la realidad del momento, pero sin olvidar el proyecto original que Dios quiso para el matrimonio, basado en la igualdad del hombre y la mujer y, por sobre todo, en el amor como fundamento de la unión matrimonial. La fidelidad que Jesús exige es la fidelidad al pacto de amor. De esta manera el matrimonio es un proyecto de amor querido por Dios desde los inicios mismos que hemos recordado en la primera lectura de hoy. Y como todo pacto exige ciertas condiciones fundamentales como la igualdad de derechos, la dignidad de ambos esposos y las obligaciones que hacen posible el proyecto mismo. Ciertamente de este tan profundo proyecto de vida, compartido en igualdad de condiciones, quedará completamente excluido el abuso de poder o el afán de dominación. La doctrina católica del sacramento del matrimonio afirma tres obligaciones esenciales: la unidad de los esposos, la fidelidad al amor recíproco y la indisolubilidad del vínculo. De este modo, el matrimonio es espacio de crecimiento, de mutua ayuda, de perdón y reconciliación. ¡Cuánta seriedad se requiere de quienes deciden casarse! Muchas razones pesan sobre la ruptura de este proyecto de vida matrimonial, tales como la inmadurez humana y afectiva de quienes se casan, el individualismo, el egoísmo, las carencias de condiciones humanas básicas de diálogo, comprensión, relaciones humanas, de mutua ayuda y colaboración, de espiritualidad y conversión, etc. Ciertamente el casarse por la Iglesia no basta si no hay una decidida voluntad de construir cada día, en paciencia y fortaleza, el proyecto de amarse según el plan de Dios.
                 

Pidamos hoy, al comenzar este mes de Octubre como Mes de las Misiones, que los esposos sean los primeros misioneros que anuncien a Jesucristo, no sólo de palabra sino con un alegre testimonio de vida matrimonial. El matrimonio y la familia siguen siendo las instancias más importantes en la transmisión de la fe, en la evangelización y catequesis permanentes. Que la fiebre privatizadora de la sociedad occidental no apague la belleza del amor humano dignamente realizado en el proyecto del matrimonio, bendecido por Cristo y cuyo modelo es la misma Familia y Hogar de Nazaret.
                 

Que el Señor les bendiga con su amor.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.