Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 27 de septiembre 2015

DOMINGO 26° DURANTE EL AÑO

DÍA DE ORACIÓN POR CHILE
AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA Y DE SAN PEDRO NOLASCO, FUNDADOR DE LA ORDEN DE LA MERCED

Textos  
Núm 11, 16-17.24-29   “¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor!” 
Sal 18    Los preceptos del Señor alegran el corazón.
Sant 5, 1-6    “Ustedes han amontonado riquezas ahora que es el tiempo final”.
Mc 9, 38-43.45.47-48   “Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtatela”.

La Oración por Chile que establecieron nuestros Obispos hace ya un buen tiempo atrás, tiene pleno sentido si recordamos el sabio consejo de San Pablo cuando invitaba a los cristianos a elevar oraciones por las autoridades que nos gobiernan y por el pueblo. Y oramos por distintos motivos. Así el Te Deum es la oración de acción de gracias por el don de la Patria en que vivimos. Pero también la oración es para implorar la ayuda en medio de nuestras necesidades, siempre tan urgentes como la paz, la justicia, el bien común, la fortaleza, etc. Cumplimos así el mandato de Jesús: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abrirá” (Mt 7, 7-8). Orar por Chile quiere decir que estamos conscientes que no bastan nuestros proyectos humanos para alcanzar los objetivos fundamentales como la paz social, la convivencia respetuosa, la colaboración recíproca, el desarrollo no sólo material sino también moral y espiritual. Es tiempo de orar porque la construcción de una sociedad mejor no se logra sólo con muchas leyes y discursos, programas e ilusiones. “Señor, haz de mí y de nosotros, instrumentos de tu paz, constructores de un mundo mejor, donde cada persona que habite en esta tierra chilena, sea reconocida en su irrenunciable dignidad de persona amada por ti, donde no falte el pan de la amistad ni de la fraternidad. Con María, escúchanos, Señor”.

Pasemos a la Palabra de este domingo y sentémonos a la mesa que Cristo nos prepara con el pan sabroso de la divina Palabra.

La primera lectura está tomada de uno de los libros del Pentateuco cuyo nombre es curioso para nosotros: Números. Se le llama así porque contiene dos censos y por la minuciosa aritmética que ofrece en detalles del culto. El desierto es el ambiente en que se ubica el relato y las acciones. El texto de hoy responde a una de las actitudes que Moisés toma, un poco cansado de las continuas quejas del pueblo por la situación que vive en el desierto. Moisés, disgustado, llega a decir: “Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, porque supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, más vale que me hagas morir” (Nm 11, 14-15). Con toda razón este capítulo 11, 1-35 contiene las quejas del pueblo y de Moisés. Esta primera lectura contiene la respuesta del Señor que ordena reunir 70 dirigentes en la tienda del encuentro, lugar donde el Señor repartirá el don de su espíritu a fin de que ellos compartan la carga del pueblo junto con Moisés. El Señor cumple lo que promete, realiza lo que anuncia su palabra y el espíritu se manifiesta. Así dice: “Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, una sola vez” (v. 25). Sin embargo, surge la dificultad: dos hombres profetizan pero sin pertenecer al grupo de los 70. Hasta el mismo Josué pide a Moisés que prohíba semejante acción. La respuesta de Moisés es clarísima: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!” (v. 29)¡Qué enseñanzanos deja este texto bíblico! Nuestras comunidades cristianas no están exentas de estas dificultades, de estrecheces mentales y anímicas. Dios mediante su Espíritu no está encadenado a nuestras concepciones ni a los límites estrictos de nuestra Iglesia. Esto no le resta valor ni importancia a la Iglesia, pues sigue siendo el sacramento de salvación universal, pero la acción de Dios es universal y la creación y la humanidad entera quedan bajo la acción misteriosa del espíritu de Dios.

La segunda lectura nos ofrece un interpelante llamado a través de la Carta de Santiago. El mensaje que se nos ofrece en estos seis primeros versículos del capítulo cinco de esta Carta, nos ponen en sintonía con el juicio divino, con acento de lamento profético y apocalíptico. Los protagonistas son los ricos tramposos que adquieren riqueza mediante malas o turbias estrategias como extorsión y la explotación de los trabajadores. Tanto es así que la actuación tenida hacia los obreros no quedará impune. Al respecto el texto dice: “El clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor Todopoderoso” (v. 4). Y esto nos recuerda una verdad muy presente en la Biblia: el grito de los esclavos hebreos llega al cielo o el grito de la sangre de Abel que clama al cielo. El Señor escucha nuestros clamores, atiende a nuestras súplicas, inclina su oído hacia nosotros, ve los sufrimientos de los indefensos, etc.  son formas para hacernos comprender que Dios no ignora ni le es indiferente el sufrimiento del pobre. El versículo 5 nos insinúa la memoria de la parábola de Lázaro y el rico, que lo pasa demasiado bien en esta tierra y recibe tormentos en el infierno, mientras el pobre Lázaro, que lo pasó muy mal aquí, goza definitivamente en el cielo junto a Dios. En nombre de la riqueza, los hombres son capaces de condenar y matar al inocente, sin que éste les ponga resistencia. El versículo 6 nos deja una sensación que la justicia en este tierra es demasiado difícil. Por eso, María canta en su Magníficat que el Señor baja de su trono a los poderosos de este mundo y levanta a los pobres. Sólo el Evangelio puede transformar la situación que vive el pobre bajo el dominio del poder económico, político, ideológico.

El evangelio de San Marcos nos invita a seguir, paso a paso, el camino de Jesús y con Jesús subiendo a Jerusalén y completamente centrado en la formación misionera de sus discípulos. En efecto, continuamos con la instrucción comunitaria que se abrió a partir de Mc 9, 33 ss y se prolongará hasta el versículo 50 del mismo capítulo 9. Se abre esta enseñanza con la queja de Juan que ha encontrado a un exorcista que, sin pertenecer al grupo de los discípulos, actuaba con éxito “en nombre” de Jesús (v. 38). Han intervenido tratando de impedírselo pero ha sido inútil. Queda claro que el grupo quisiera tener la exclusividad en su relación con Jesús y en el uso del poder sanador. ¿No será que perviven en los discípulos sus preocupaciones por los primeros puestos y su poder por sobre los demás? El hecho que Jesús les enseñe no significa todavía conversión y cambio de actitud.

La enseñanza de Jesús es una exhortación a la tolerancia porque “Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”. Todo el que hace el bien no puede sino estar a favor de la causa de Jesús, aunque no esté comprometido con el grupo de los suyos. Una estupenda llamada a la tolerancia y a la benevolencia con sello universal. Todo el bien hecho al otro, tan insignificante como dar un vaso de agua, no quedará sin recompensa.

¿Qué consecuencias se desprenden de esta enseñanza del Maestro? En primer lugar, el discípulo de Cristo no puede dejarse envolver en el sectarismo y exclusión, tentaciones tan frecuentes y poderosas. No es difícil convertir la Iglesia en grupo selecto, comunidad de elegidos con exclusividad. Se dice que nuestra sociedad es excluyente y sectaria. Eso significa que no aceptamos al otro que es diferente, que tiene otras ideas, que tiene otra cultura, etc. El espíritu de Jesús es, por el contrario, acogedor, inclusivo, amistoso. De esto nos ha estado hablando la Carta de Santiago en estos domingos.

En segundo lugar, el discípulo de Jesús no puede tener una mirada narcisista, egolátrica, individualista hasta la saciedad. El discípulo vence esta tentación abriéndose constantemente al amor  solidario, servicial, generoso y sacrificado. Si ha recibido un don especial o un ministerio o un carisma no es para sí, para su deleite y provecho como podría creerlo una persona egocéntrica. Todo don es para los demás, es para servir mejor como Jesús.

En tercer lugar, la salvación, el ministerio, la vocación, los dones que hemos recibido no pueden alimentar nuestra pretensión monopolizadora. Hay que aprender a compartir, a reconocer que los demás también son llamados a desarrollar una misión en el mundo. Monopolizar la salvación es estar muy lejos del proyecto del Reino. Dios quiere que todos los hombres se salven, aunque no todos están dispuestos a acoger la llamada. Por mucho tiempo, ciertos grupos cristianos han intentado monopolizar la santidad, adueñarse del Espíritu Santo, etc. Jesús nos enseña una lección fundamental para hoy: hay que ir al encuentro del otro.

En la última parte del evangelio de hoy nos encontramos con el anuncio de una recompensa por cualquier acción en favor de los que son del Mesías, es decir, de los discípulos pero le sigue, en abismante contraste, una terrible amenaza contra quienes sean ocasión de escándalo o tropiezo para los pequeños que creen, es decir, los discípulos. El escándalo es poner obstáculo a la fidelidad a la palabra y a la persona de Jesús, hacer difícil o imposibilitar la adhesión y comunión con Él, lo que equivale a destruir la fe. Así de seria es la adhesión de fe a Jesucristo.

¿De dónde procede el escándalo? La raíz del escándalo está dentro, en el interior de cada uno. El lenguaje es metafórico pero eso no disminuye su fuerza ni seriedad. Son imágenes duras referidas a la mano, al pie, al ojo y los verbos son fuertes como cortar, arrancar. El gran escándalo es el pecado, esa decisión libre y voluntaria del hombre por el mal. Jesús nos quiere prevenir con imágenes extremas y nos invita a asumir la seriedad de nuestra vida frente a Él.

La Palabra siempre es sorprendente y nos aguijonea para que despertemos de nuestro letargo espiritual, cosa que siempre nos hace bien. Lo más triste es quedarse dormido y no estar vigilantes y despiertos.

Un saludo fraterno y mucha paz.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.