Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 23 de agosto 2015

DOMINGO 21° DURANTE EL AÑO

En el Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco, Fundador de La Merced
“La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas las etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” DA, 464


Textos
Josué 24, 1-2.15-18    “Por eso también nosotros serviremos al Señor”.                                              
Sal 33    ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!                                                                                                                          
Ef 5, 21-33  “Sométanse los unos a los otros en atención a Cristo”.                                                    
Jn 6, 60-69  “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”.


Josué es el conductor del pueblo escogido por Dios una vez que Moisés, el gran caudillo, ha fallecido. No parece que le fue fácil instalarse como cabeza visible ante el pueblo. Las lecturas de hoy nos presentan situaciones parecidas entre Josué y Jesús. Murmura el pueblo de Israel y murmuran los discípulos de Jesús. Ambos líderes espirituales  ofrecen la posibilidad que cada uno tome la decisión libre y responsable. Las tribus de Israel que Dios ha sacado de Egipto hacen una opción por servir a Dios lo que significa que optan por el camino de la salvación que los aleja de la esclavitud. Y en el evangelio son los Doce Apóstoles que a través de Pedro, su cabeza visible, deciden acoger a Jesús y seguirlo, acto que sobresale ante los otros discípulos que optaron por abandonar a Jesús. Y nos recordamos de aquellas palabras proféticas pronunciadas en nombre de Dios: Pongo ante ti la vida y la muerte, elige.

Adentrémonos en el corazón de la Palabra de Dios  para iluminar nuestro propio camino y nuestras opciones concretas del día a día.
 

La primera lectura, tomada del Libro de Josué capítulo 24, nos ofrece un relato que es considerado el acontecimiento más importante de todo el libro, porque señala una de las fechas señeras de toda la historia bíblica. Se trata de la jornada de Siquem, presidida por Josué, que tiene por objeto la conclusión de un pacto o alianza entre las tribus de Israel y Yahveh. Es posible descubrir en este capítulo el esquema de los antiguos pactos de pueblos como los hititas cuando exigían vasallaje de otros pueblos más pequeños. Hay un recuerdo de todos aquellos beneficios que Dios ha hecho en favor de las tribus de Israel en el pasado hasta darles la tierra que les había prometido. Luego se mencionan  los deberes u obligaciones que los israelitas tienen para con Dios, entre las cuales está el abandonar los dioses de antes para servir exclusivamente al Señor. La decisión que deben tomar es clara: o eligen servir al Señor o eligen servir a los dioses. La respuesta del pueblo a favor de servir al Señor exclusivamente es el tema de los versículos 14-21  de este capítulo 24 de los cuales nuestra primera lectura de hoy selecciona lo más pertinente a nuestra fe. Si aprendemos a contemplar las maravillas del Señor, obradas en favor nuestro, podremos renovar constantemente nuestro compromiso o pacto o alianza de servir exclusivamente al único Señor. Nada fácil si consideramos nuestra tendencia a dejar siempre abierta la posibilidad de servir a nuestros dioses, “hechura de nuestras manos” como dice el salmista. Resulta más fácil y tan tentador fabricar nuestro propio dios, haciendo de la religión como una mercancía o producto de consumo a nuestro alcance. Se habla de “una fe a la carta”, a la medida de nuestro yo. Por eso esta jornada de Siquem nos puede arrojar mucha luz sobre nuestro compromiso con el único Dios Verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué he optado en mi vida? ¿He elegido libremente servir al Señor sabiendo que Él ha hecho tanto por mí? ¿Qué dioses o ídolos me atraen?

La carta a los Efesios nos ha servido durante estos domingos para meditar nuestros compromisos cristianos en medio de un mundo bien distinto e incluso antagónico a los valores de la fe cristiana. Con San Pablo aprendemos a navegar contra corriente, porque los tiempos son difíciles para mantener  viva y despierta nuestra fe. El Papa Francisco nos llama a despertar de un largo sueño donde todo se hace rutinario y mediocre. Digamos de partida que el texto que hoy escuchamos puede llenar de perplejidad a muchos cristianos “crispados” de nuestro tiempo, ya que a primera vista San Pablo parece que nos ofrece una moral de represión y sumisión entre marido y esposa. Partamos reconociendo que es muy difícil esperar que un Apóstol del siglo primero de nuestra era cristiana pueda ofrecernos un modelo ético correspondiente al hombre del siglo XXI. Cuando leemos un texto de la Biblia no podemos aplicarlo de inmediato a nuestra situación. Tenemos que hacer un esfuerzo por comprender a ese creyente del siglo I cuyas exhortaciones, sin embargo, rompen con los estrictos esquemas de su época. Si habla de sumisión de unos a otros dice de inmediato que ha de realizarse “en el temor de Cristo”, ya que Él nos ha dado ejemplo al “hacerse siervo de todos”. Cuando habla que las mujeres deben someterse a sus maridos es “como al Señor” y esto no puede entenderse sino en relación a la analogía de la sumisión que la Iglesia presta a Cristo como esposo suyo. Y aquí surge una bella imagen  de la vida matrimonial: los desposorios de Cristo con su Iglesia, salvador de su cuerpo. La sumisión se comprende dentro de este misterio de amor de Cristo por su Iglesia y viceversa. Hay una forma de ser marido cristiano, es decir, al estilo como Cristo es esposo de su Iglesia. Ciertamente puede esta relación de esposo y esposa corromperse y convertirse en relación de dominación tiránica pero no es eso lo que aprendemos de Cristo, esposo de la Iglesia. Así el matrimonio no se reduce a los aspectos humanos formales; es mucho más que eso y San Pablo termina diciendo: “Este es un gran misterio: y yo lo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (v. 32). ¿Cómo veo yo mi realidad matrimonial o qué pienso hacer con el proyecto de formar una familia?
 

Pasemos al evangelio de hoy. Hemos estado contemplando el extraordinario capítulo 6 del cuarto evangelio. El domingo pasado  hemos visto cómo Jesús declaraba que “su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida”. Hoy vamos a meditar acerca de las consecuencias del discurso de Jesús acerca de esa insistencia que provoca desazón: “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”, “el que me come vivirá por mí”, “éste es el pan bajado del cielo…quien como este pan vivirá para siempre”. Hay que partir diciendo que el discurso de Jesús sobre el pan de vida y más aún las palabras eucarísticas que hemos recordado decepcionaron y escandalizaron, porque las tomaron al pie de la letra. Hay una incomprensión básica en torno a Jesús. Esto queda muy de manifiesto en el cuarto evangelio. Las palabras y la persona de Jesús no dejan indiferente a nadie. Son “piedra de tropiezo o de salvación”.

El fracaso del ministerio de Jesús. El evangelista está narrando la última actividad de Jesús en Galilea, la que termina en fracaso como acontece con el ministerio en Judea. Sólo la confesión de Pedro a nombre de los Doce salva que éste sea completo. Éxito y fracaso en Jesús tienen un sentido relativo porque en verdad todo acontece según el plan del Padre. La murmuración se traslada a los discípulos ahora, antes había quedado en el grupo de los judíos. Sin embargo, Jesús declara que el escándalo sería mayor si vieran al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes, es decir, cuando resucitado venza la muerte y su carne o condición humana ya no sea frágil ni corruptible sino gloriosa y llena del Espíritu. Entonces la carne de Jesús puede comunicar vida porque ha sido investida del Espíritu vivificante, el Espíritu de Dios. Por lo tanto, sin la ayuda del Espíritu, sin el don de la fe, toda la vida de Jesús, se convierte en permanente escándalo. Desde ya sus palabras reveladoras están envueltas en un impenetrable y continuo velo de incomprensión por parte de sus discípulos. No es fácil ni evidente acoger el misterio humano – divino de Jesús. La incomprensión es parte del camino de la fe y del seguimiento de Jesús. Con todo “las palabras que les he dicho son espíritu  y vida” les dice Jesús a los suyos y a nosotros. Y esto es lo que nos atrae y nos lleva a decidirnos por Él, porque amamos la vida y somos sedientos del espíritu.

La crisis del ministerio o el fracaso tiene una indudable verdad concreta: “Desde entonces muchos de sus discípulos lo abandonaron y ya no andaban con él” (v. 66). Es la consecuencia de no creer en Jesús, de no acoger el Espíritu ni seguir la llamada de su Padre.

Jesús toma la iniciativa e interpela a los Doce y con ello busca una confesión decidida: “¿También ustedes quieren abandonarme? La respuesta de Simón Pedro es muy alentadora porque es una confesión de fe en Jesús: “Señor, ¿a quién iremos?  Tú tienes palabras de vida eterna” (v. 68). “Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios” (v. 69). Las expresiones en plural  de esta confesión de fe indican que Pedro habla en nombre de los Doce y en representación de la iglesia apostólica, cuya fe cristológica y eucarística tanto inculca el evangelista.

El tema de la incomprensión en torno a Jesús, a su Iglesia, a su Evangelio sigue siendo evidente. No menos es el abandono de Jesús, de su Iglesia y de la fe. La escena del evangelio de este domingo no ha terminado. Es parte de una peregrinación en la fe. Muchas razones que se dan no apuntan al núcleo de fondo: cuesta seguir las huellas de Jesús, sus exigencias, las renuncias que implica, las consecuencias prácticas que tiene una adhesión consciente y libre. Hay miedo a decir que SÍ, con la radicalidad de María o de Pedro Nolasco o del Padre Alberto Hurtado, o de Ramón Nonato, etc. Hay temor a perder muchas cosas que nos atan al mundo concreto. Miedo al compromiso “para siempre”. Somos hijos de una cultura “cortoplacista”, de “pensamiento líquido”, de “base gelatinosa”. Falta radicalidad y fidelidad a toda prueba.

Que el Señor nos bendiga.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.