Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 02 de agosto 2015

DOMINGO 18° DURANTE EL AÑO

Mi Padre os da el verdadero pan del cielo

En el Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco, Fundador de La Merced


Textos  
Ex 16, 2-4.12-15                “Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo”.                               
Sal 77                      El Señor les dio como alimento un trigo celestial.                                                                      
Ef 4,17.20-24     “Y revístanse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios”.                                     
Jn 6, 24-35          “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre”.

 

La multiplicación de los panes da pie a Jesús para una larga y hermosa explicación acerca del sentido que tiene para nosotros el pan; lo hace a través de este discurso que iniciamos hoy y seguiremos por tres domingos más. Es muy importante aprender a leer y comprender las palabras de Jesús al modo como nos lo ofrece San Juan. Nos parece a primera vista una repetición de ciertas frases como si dijeran siempre lo mismo. La verdad es que iremos descubriendo como se nos revela el misterio de Jesús, “verdadero pan bajado del cielo” y cada vez con mayor profundidad. Se trata de ascender a la verdad a través de lo más simple como es el relato de la multiplicación de los panes y seguir el hilo conductor del pan hasta alcanzar la más extraordinaria realidad que vive el cristiano en la comida eucarística. Quedamos invitados a seguir la pista de la mano de San Juan.
                 

La primera lectura tomada del libro del Éxodo no puede leerse sino en profunda conexión con el evangelio de hoy. En efecto, Jesús se va a referir a la experiencia de Israel en el desierto y desde ahí ya señala “algo más” que el puro relato del pan. Para quienes creen que la protesta es un acto social propio de nuestra alicaída democracia, el episodio de Éx 16 les rebate diciendo que el pueblo elegido de Dios, ya en el segundo mes de haber salido de Egipto, protestó contra Moisés y Aarón porque las cosas en el desierto son muy distintas a lo vivido antes en Egipto. Echan de menos “la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos”. No recuerdan para nada cómo gemían pidiendo ayuda por el maltrato, la opresión y la esclavitud a que estaban sometidos por los egipcios. La historia no cambia mucho. Dios escucha la murmuración o protesta y les promete: “Yo les haré llover pan del cielo”. Tienen que salir cada mañana a recoger la ración para el día. Para que coman carne, el Señor hará otro milagro: “Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento”. Dios escucha la protesta del pueblo y les regala todo lo necesario para la caminata del desierto. Prestemos atención a la respuesta de Moisés al pueblo murmurador: “Es el pan que el Señor les da para comer”. Es el “maná”, ese pan misterioso que Dios da al pueblo en el desierto. Es que aceptar el desierto es aceptar las carencias de las seguridades y comodidades que les brindaba Egipto. Ir al encuentro de Dios no es fácil. Es una aventura no carente de exigencias, muchas veces extremas. La fe se fortalece en el rigor de la prueba y en la permanente superación de las dificultades. No será extraño que también nosotros protestemos y murmuremos cuando tambalea la fe y se pone a prueba la esperanza de alcanzar un mundo mejor.
                

La segunda lectura está tomada de la carta a los efesios y nos introduce en el tema de la conducta cristiana inmediatamente confrontada con la de los paganos, la misma que muchos de los miembros de la comunidad cristiana de Éfeso han practicado antes de hacerse cristianos. Es nítida la razón para exigir un corte radical con la conducta pasada: “Pero no es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo”. Y luego una clara e imperiosa exigencia: “Despójense de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos”. El Apóstol no podía expresar de otra manera la realidad en que vivían los cristianos en medio de un mundo mayoritariamente pagano. No cabía términos medios ni ambigüedades en torno al estilo de vida. O abrazan decididamente el estilo de una nueva, la de Cristo Jesús, o siguen en el viejo estilo que han compartido muchos de los miembros de la comunidad. Es muy interesante el uso de una antítesis que permite expresar que no se trata de ciertas conductas sino de un modo de vida; me refiero al “hombre viejo” y “hombre nuevo”. El lenguaje también es sugerente cuando San Pablo habla de “revestirse del hombre nuevo”  expresión equivalente a “vestirse de Cristo” y “despojarse del hombre viejo”. El distintivo del hombre nuevo es la justicia y santidad auténticas. Para unas comunidades cristianas asediadas por una sociedad muy distinta a los valores cristianos, resulta muy alentador el mensaje de este domingo.
             

El evangelio de San Juan, el capítulo 6, es el manjar de fondo del banquete eucarístico. Hoy contemplamos los versículos 24 a 35. La multitud que comió hasta saciarse continúa en busca de Jesús y van hasta Cafarnaún. Allí lo encuentran. Jesús les hace un reproche acerca de esta búsqueda y les dice: “Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto, sino porque se han hartado de pan” v. 26. Ya hemos visto también este distinto enfoque que mueve a la multitud con respecto a Jesús cuando “pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey” (Jn 6, 15) y, por otra parte, la actitud de Jesús que “se retiró de nuevo al monte, él solo”. Es la misma dinámica que Jesús intuye se da en el episodio de este domingo. Jesús sospecha que la gente sigue sin entender nada, por lo mismo, están muy lejos de comprender los signos que hace Jesús ni remotamente descubren su identidad.
                 

“Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna; el que les dará el Hijo del Hombre. En Él Dios Padre ha puesto su sello” v. 27. Esta es la propuesta de Jesús, una invitación a  buscar un alimento que permanece y da vida eterna, un alimento superior al pan material que ellos buscan. ¿En verdad buscan a Jesús? ¿O buscan a un excelente dador de pan gratis? Un mesías que solucione los problemas inmediatos que siempre tenemos los seres humanos y que todo sea gratis sin esfuerzo. Pero Jesús invita a entrar en otra dimensión de la existencia y solo él  puede  regalar ese “alimento que dura y da vida eterna”. Por lo tanto, Jesús no es el rey que andan buscando las multitudes. Es el “Hijo del Hombre” en quien Dios, su Padre, ha puesto su sello”. Podemos buscar a Dios, a Jesús, a la Iglesia sólo movidos por motivos humanos, sin querer acoger la salvación que se nos ofrece. Y entonces “usamos” a Dios, a Jesús, a la Iglesia y en esa actitud nos resultan desechables. Uso a Dios cuando lo necesito. Jesús nos dirige también a nosotros el reproche y la invitación a trascender en nuestra búsqueda.
                 

“La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquél que Él envió” v. 29 Trabajar por un alimento que dura y da vida eterna es abrirse a la fe en Jesús, el Hijo del Padre. Y eso significa no buscar a Jesús por el pan perecedero que ha multiplicado sino descubrir que es el Hijo que viene a nuestro encuentro y nos regala vida nueva y eterna. Jesús nos va llevando más allá de nuestro nivel básico de búsquedas y nos hace remontar más allá de lo que nos rodea y preocupa. No podemos acceder al “alimento que dura y da vida eterna” si no rompemos el estrecho cerco de  una visión puramente humana y limitada. La fe nos abre al mundo nuevo que Jesús trae. Hay que aceptarlo a Él para disfrutar de ese alimento que no perece.
                

“¿Qué señal haces para que veamos y creamos? V. 30   Una de las exigencias que se le dirigen a Jesús es que haga una señal o signo que sirva de prueba de lo que dice y hace. Pedimos “pruebas” para creer. Al pedir señales  están mostrando su incredulidad. No son capaces de ver porque están enceguecidos. El modo de vida de Jesús no les dice nada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Este es el problema del hombre. Vemos sus obras pero no nos convencen. Y ellos recuerdan los signos del pasado: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”. Le están diciendo a Jesús que ese tipo de señal es la que necesitan para creer en Él. Se le está pidiendo que renueve ese prodigio de que habla el pasado del pueblo en el desierto.
                

 “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed” v. 35. Con esta concluyente afirmación de Jesús cierra el evangelio de este domingo el diálogo – discurso de Jesús y es que nos deja  preparados para la siguiente revelación fundamental hacia la que apuntaba la multiplicación de los panes. Por ahora Jesús sólo le pide a la gente una cosa: que crean en aquel que Dios ha enviado. Para eso, la señal de la multiplicación de los panes nos está llevando muy lejos de su sentido inmediato y nos está pidiendo hacer una opción personal de fe por Jesús; sin ella, es imposible comprender de verdad el significado de lo que Jesús hace.
                

Quedamos  invitados a entrar en el diálogo con Jesús como la gente del evangelio, a presentarle nuestras dudas, aunque sirvan para poner en entredicho nuestras falsas imágenes y esperanzas respecto de Dios. ¡Cuántos cristianos reducen todo a la búsqueda desesperada de los milagros que vengan a solucionar las dificultades de la vida! Aunque esas mismas situaciones pueden transformarse en ocasiones para entrar en  el diálogo atento con el Señor.
                

Un saludo fraterno y que el Señor nos ayude a vivir este “mes de la solidaridad” con mucha generosidad y apertura al prójimo y al Señor. Estamos por la vida y no por la aprobación de una ley que pretenda bajar de categoría el don de la vida dejándola expuesta al atropello y destrucción.
                

  Fr. Carlos A. Espinoza I.