Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 21 de junio 2015

DOMINGO 12° DURANTE EL AÑO

2015,  Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco

Textos  
Job 38, 1.8-11  “Entonces el Señor respondió a Job desde la tormenta”.
Sal 106    Den gracias al Señor porque es eterna su misericordia.                                       
2Cor 5, 14-17   “Si uno es cristiano, es una criatura nueva”.    
Mc 4, 35-41    “¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?”

¿Está en crisis la Iglesia? ¿No será que la verdadera crisis es la fe que vivimos? El Papa Francisco, citando al entonces cardenal Ratzinger, recuerda que la mayor amenaza para la Iglesia, “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. Se desarrolla, dice Francisco, la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como “el más preciado de los elixires del demonio”. Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por las cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. Por todo esto, me permito insistir: ¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” (Evangelii Gaudium 83).

Dejemos ahora que la Palabra de Dios nos ayude a descubrir el paso del Señor por esta realidad de hoy y no sigamos el fácil camino de enfrascarnos en la esterilidad de una vida desilusionada de todo, incluso de Dios.

Primera lectura    Job 38, 1.8-11

El Libro de Job es una joya bíblica, un drama genialmente escrito para confrontar el sufrimiento del inocente y la fe en Dios. Leerlo es acercarse a una dimensión de la existencia humana que no se puede evadir. El capítulo 38 del libro inicia la respuesta que el Señor dirige a Job. Éste ha presentado una lista o petitorio y reclama que Dios se haga presente y responda a sus inquietudes. Dios escucha y responde. Job permanece en silencio y se rinde ante la apabullante respuesta del Señor. Esta intervención de Dios no era esperada por los tres amigos de Job que a través de sofisticados discursos pretenden defender a Dios ante los interrogantes de Job. Dios entra al debate al que le ha convocado el presuntuoso interlocutor. Sin embargo, la respuesta de Dios no responde punto a punto a las interrogantes del impaciente Job; simplemente Dios sacará a su interlocutor de su mirada estrecha y le abrirá a un horizonte más amplio. Dios le habla desde la tormenta y usará la estrategia de plantearle a Job una serie de preguntas a las que éste debe responder. Entre estas interrogantes,  Dios le recuerda que ha creado el mar, lo ha vestido con las nubes y la niebla como pañales; que ha puesto los límites con puertas y cerrojos que no podrá traspasar y que la arrogancia de sus olas chocará con esos límites que el Creador le ha puesto. Es muy oportuno descubrir el horizonte en que se sitúa nuestra vida, sobre todo, cuando tenemos la tendencia de reducir todo a nuestro pequeño mundo. La realidad de Dios no se agota en la pequeñez de la tierra ni en los problemas individuales. El hombre está situado en el amplio mundo de la naturaleza que Dios creó y de la inmensa humanidad. Esta estrecha mirada desde el yo individual nos ha hecho perder el horizonte de lo trascendente y universal.

Segunda lectura    2Cor 5, 14- 17

Continuamos este domingo con la teología paulina de la segunda carta a los Corintios en este capítulo cinco. Se nos hace una invitación muy importante: hay que abandonar los criterios puramente humanos en la comunidad nueva de Cristo. Esto significa ser “criatura nueva”, es decir, vivir para Cristo es y significa vivir y amar a los hermanos sin egoísmo. Sólo así hemos comprendido verdaderamente a Cristo. El Apóstol no deja de reconocer que en otro tiempo él juzgaba a Cristo con criterios puramente humanos cuando era un perseguidor de la Iglesia; pero ahora, después de haberlo conocido en el camino de Damasco, ya no es así. Dice: “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y murió por todos para que los que viven no vivan para sí, sino para quien por ellos murió y resucitó” (v. 14-15). Y la conversión verdadera es abrazar esta nueva manera de vivir, en fraternidad auténtica. Esto significa que “lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo”. Es entonces clave el encuentro personal con Jesucristo. Un cristiano  lo será sólo si tiene esta personal y comunitaria experiencia del encuentro con Jesucristo, muerto y resucitado. Cuando esto falta caemos en “la tristeza dulzona”, amorfa y mortecina de una vida cristiana sin aliento. ¿He tenido un encuentro personal y verdadero con la persona de Jesucristo? ¿Qué consecuencias tiene este encuentro para ser real?

Evangelio   Mc 4, 35- 41

Muchas veces creemos que nuestra vida y nuestra fe serían muy distintas si hubiéramos conocido a Jesús como lo hicieron los apóstoles. Sin embargo, el evangelio constantemente nos presenta las dificultades que también ellos tuvieron para vivir la fe en Jesús, el Mesías. Dudas y oscuridad, miedos y fantasías pueblan el universo de la fe de los discípulos de todos  los tiempos. El evangelio de este domingo es una interesante lección al respecto. Veamos algunos detalles.

Jesús toma la iniciativa. Un discipulado cristiano supone reconocer el señorío y autoridad del Señor. El evangelio nos dice que Jesús toma la iniciativa de atravesar el mar: “Pasemos a la otra orilla”. En la otra orilla significa que se dirige a tierra de paganos. Jesús sigue anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios sin pausa. Su misión es anunciar y hacer presente este Reino en medio de los hombres. Cuando nos hacemos conscientes de la misión recibida podemos superar todo obstáculo que se nos presente. Jesús vive una pasión por el Reino y nada ni nadie le detiene.

Los discípulos hacen lo que les manda. Efectivamente proceden a despedir la gente y luego llevan a Jesús a la barca. Les acompañan otras barcas. Todo esto sirve para crear el ambiente del episodio central del evangelio de hoy. El verdadero discípulo de Jesús hace lo que éste manda y no sólo se contenta con escucharlo. Es la única manera de demostrar efectivamente la fe en Él.

La experiencia de la tormenta. Prestemos atención a este aspecto central del relato. Si los discípulos de Jesús eran pescadores, la experiencia de una tormenta en el mar de Galilea no les era extraña. A san Marcos no le interesa el fenómeno natural de la tormenta; el evangelista va más allá de un simple fenómeno meteorológico. Sin lugar a duda, Marcos recoge el tema de la tormenta desde el Antiguo Testamento y de esta manera quiere simbolizar las graves amenazas a que está expuesta la comunidad de los discípulos en su tarea de difundir el Reino de Dios. Cuando las comunidades leían y reflexionaban este pasaje, recordaban las dificultades con que se encontraban en su vida como cristianos y en su tarea misionera.

La identidad de Jesús. Es el gran objetivo del evangelio de Marcos y la línea conductora es la pregunta por la identidad de Jesús. ¿Quién es Jesús? Jesús es el que tiene poder para calmar las tormentas que vive la comunidad de los discípulos en la historia humana. Como Dios en el Antiguo Testamento tiene poder sobre la tormenta y el mar, como nos lo ha recordado el texto de Job de la primera lectura de hoy, así también es el mismo poder que tiene Jesús. Jesús obra como lo hizo Dios. Jesús muestra su divinidad calmando la tempestad. Por otra parte, el descanso de Jesús que parecía que no le importaba el miedo y peligro de los discípulos, no es otra cosa que la expresión de su soberanía, seguridad y dominio. Como Dios, Jesús muchas veces parece ausente de nuestros dramas; sin embargo, está presente de otro modo al que nosotros esperamos. El miedo es más fuerte que la confianza en Jesús. Jesús calma el mar con su palabra y después reprocha la falta de fe de sus discípulos. Este reproche está dirigido a la comunidad, y está dirigido a nosotros también. Cuando Jesús está con nosotros cualquier embate o tormenta puede ser resistido con fe. Pero si nos domina el miedo y ya no miramos a Jesús con nosotros, sólo cabe la falta de fe. ¿Qué es lo importante? Mirar a Jesús, fiarse de él y recordar su promesa que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Nuestra fe tiene que ser fuerte y serena incluso cuando arrecia la tempestad del desgano, del desaliento, de la desesperanza y Dios parece estar en silencio. ¿Quién es éste que hasta el mar le obedece? Con Marcos respondemos: “Es Jesús, el Señor”.

Que Dios nos acompañe siempre en esta travesía del desierto de la historia.

Un saludo fraterno y hasta pronto.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.