Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 07 de Junio 2015

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco.


Textos   Ex 24, 3-8      “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes”.                                   
Sal 115                  
       Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor.                      
Heb 9, 11-15     
          “Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres”.                   
Mc 14, 12-16. 22-26   
“Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”.


Corpus Christi es el nombre latino que desde el siglo XIII recibe esta fiesta  de la Sagrada Eucaristía o también Santísimo Sacramento del Altar. No fue fácil que esto se convirtiera en una realidad pero en el año 1246 el obispo de Lieja Roberto Torete dio un decreto sinodal que determinaba que en el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad se celebrase anualmente la fiesta en honor del Santísimo Sacramento del Altar. Y en 1247 se celebró por primera vez esta fiesta. El Papa Urbano IV la hizo universal para toda la Iglesia, aunque fue el Papa Clemente V en 1312 quien confirmó la decisión tomada por Urbano IV quien falleció dos meses después de la promulgación de la Bula del 11 de agosto de 1262. Fue este mismo Pontífice que mandó componer un oficio divino a Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo medieval de la Orden de los Predicadores o Dominicos, que ejercía como profesor de teología en Orvieto, ciudad italiana donde se depositaron los corporales ensangrentados por la hostia consagrada, milagro ocurrido en Bolsena en el año 1264, por voluntad expresa del Papa Urbano IV. Si bien el Papa no incluyó la procesión de Corpus Christi, muy pronto la devoción popular la empezó a vivir con gran alegría y fervor. Indicios de esta procesión se encuentran en Colonia, Alemania, hacia el año 1279. Muy pronto se extendió por Francia, España, Italia. Desde entonces ha permanecido como una fiesta religiosa popular y llena de sentido de una misteriosa presencia de Cristo bajo las especies de pan y vino que la fe reconoce como el Cuerpo y la Sangre de Cristo.                              

Dejemos que la Palabra de Dios nos ilumine la realidad oculta tras velos de los signos y palabras. No podemos pretender hacer un resumen de la riquísima teología de la Eucaristía; simplemente sigamos el hilo conductor de los textos que la Iglesia madre nos ofrece.

                  Primera lectura:               Éx 24, 3-8
                La primera lectura de hoy está tomada del segundo libro de la Biblia, el Éxodo. Y concretamente  el capítulo 24 está inmerso en la unidad que va de Éx 20, 22 a 24, 18, toda ella relacionada al Código de la Alianza. El capitulo 24 se refiere expresamente al Rito de la Alianza. Moisés, con sus colaboradores más cercanos y 70 dirigentes de Israel, cumple la orden de Dios de subir al monte Sinaí, deben permanecer a distancia y solo Moisés se acerca a Dios. Éste baja y comunica las palabras, los mandatos que el Señor le había comunicado. Fijémonos en la importancia de la Palabra de Dios y la actitud de escucha y obediencia que hay en Moisés y también en el resto del pueblo. Una admirable disposición del pueblo oyente de la Palabra de Dios comunicada a través de Moisés, su interlocutor: “Haremos todo lo que dice el Señor”. Esta expresión se vuelve a repetir en el versículo 7 pero con un interesante agregado: “Haremos todo lo que manda el Señor y  obedeceremos”. La obediencia es el resultado de la actitud fundamental de escuchar. Quien no escucha a Dios, a los demás o a sí mismo es imposible que pueda obedecer, porque obedecer es poner en práctica la palabra, los mandatos, la enseñanza que se escucha. Se dice que hoy hace falta aprender a escuchar y esto también en nuestra relación con Dios y con los demás. Consecuencia de esta incapacidad es la falta de diálogo, de intercambio verdadero, de aceptación del otro. Mientras menos nos escuchemos y escuchemos realmente al Señor, nuestra relación irá de mal en peor. Hoy hay que escuchar más y aprender a callar, prestar atención al que nos habla sea el Señor o el prójimo. Esto nos permitiría revisarnos en nuestra capacidad de apertura y atención al Otro divino y a los otros humanos. Quien no escucha no puede obedecer.

                  Segunda lectura                Heb 9, 11-15
                  Este capítulo 9 de la Carta a los Hebreos se refiere expresamente al sacrificio de Cristo, versículos 1- 22 y luego al tema del santuario, vv. 23 – 28. El predicador nos quiere llevar a la comprensión de la nueva alianza para lo cual continúa comparando la antigua alianza cuyo núcleo era el santuario y los sacrificios, todo ello marcado por el carácter transitorio y de ahí la necesidad de repetición permanente de todo lo que estaba vinculado al culto; sin embargo, la clave está en el texto que hoy nos ofrece la segunda lectura. Después de una detallada descripción de los sacrificios y santuario de la antigua alianza, nos presenta a Jesús bajo el esplendor de lo definitivo. Dice así: “En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros” (v.11). Esto contrasta con todo lo anterior. Cristo es también la nueva tienda o Templo, lugar de la presencia y del encuentro definitivo con Dios. “Llevando no sangre de cabras y becerros, sino su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario y logró el rescate definitivo” (v. 12). Magnífico es este texto. Cristo no ofrece víctimas y sangre de animales sino su propia sangre, es decir, es el propio cuerpo de Jesús, muerto y resucitado, cuerpo divino y no de este mundo creado. El santuario donde Jesús penetró de una vez para siempre es el cielo y con Él nosotros en la medida que lo aceptemos por la fe y el amor. Su sacrificio es redentor, nos rescató de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte. “Por eso es mediador de una nueva alianza, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos durante la primera alianza, puedan los llamados recibir la herencia eterna prometida” (v. 15). La sangre es el principio de vida y la sangre de Cristo concentra toda la vida de Jesús de Nazaret. Expresa todo el amor y compasión que Dios nos regala en su Hijo. Es una “sangre redentora” porque, derramada en la cruz, libera de toda opresión al hombre y de manera definitiva. Meditemos esta Palabra de Dios y demos gracias por tanta maravilla de Dios hacia nosotros.

                  Evangelio             Mc 14, 12-16.22-26
                  El evangelio de esta solemnidad sitúa la eucaristía de Jesús en el ámbito de la pascua judía. Esta fiesta tenía dos momentos: antes de la puesta del sol se sacrificaba el cordero y después de la puesta del sol se celebraba la cena familiar. Es exactamente lo que hace Jesús al enviar a dos de sus discípulos, como acontece cuando los envía a la misión, con el propósito de preparar la cena de Pascua con sus discípulos. Todo acontece como se los había indicado Jesús (vv.12-16).                            Los Ázimos se refiere al pan no fermentado o panes sin levadura que se preparaban en la vigilia de la Pascua para conmemorar la comida de los israelitas durante la noche del éxodo o salida de Egipto. Cuando san Marcos habla de “el primer día de la fiesta de los Ázimos” se refiere a la fiesta agrícola que duraba siete días y el primer día coincidía con la Pascua, hasta  identificarse esta fiesta con la Pascua.

                  La Pascua, en hebreo pesaj, designa la fiesta y al cordero inmolado. La pascua judía comenzaba el 14 de nisán, en abril, y se prolongaba por siete días, llamada la semana de los Ázimos. En sus orígenes fue una fiesta pastoril pero se transformó en memoria del acontecimiento fundacional de Israel como fue la salida del pueblo de Egipto y su paso a través del Mar de las Cañas.

                  La Eucaristía está relatada en los vv. 22-26. Aunque centramos la mirada en la cena eucarística, no hay que olvidar que ésta acontece en el clima de la traición de Judas, hecho que rompe violentamente la comunión y fraternidad, expresión máxima de estos valores evangélicos. Jesús, a pesar del ambiente de traición, ratifica, con la institución de la eucaristía, el ofrecimiento de su vida para el rescate de muchos o de una multitud. Jesús es el pan que se parte o rompe para dar vida a los hombres y es la copa de vino que es la sangre de la Nueva Alianza, es decir, la muerte violenta  de Jesús en la cruz. Esto acontece en cada misa o eucaristía: se renueva incesantemente el misterio redentor de Jesús por nosotros.
                  Volvamos a los textos bíblicos y adoremos tan admirable gesto de amor y entrega de Jesús por la humanidad.

Un saludo fraterno. Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.