Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 17 de mayo 2015

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco, Fundador y Padre de la Familia Mercedaria


Textos  
Hech 1, 1-11     
“Y serán mis testigos en Jerusalén, … y hasta los confines de la tierra”.                 
Salm 46                El Señor asciende entre aclamaciones.                                                                                        
Ef 1, 17-23          “Para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados”.
Mc 16, 15-20      “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.


Decimos en el Credo que “Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. La Ascensión del Señor es la culminación de los cuarenta días en que el Resucitado come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye acerca del Reino, pero su gloria queda aún velada bajo los rasgos de su humanidad normal. Es el camino elegido por Dios para hacerse entender por el hombre. Hoy las lecturas bíblicas nos relatan los últimos momentos del Señor con sus discípulos y el término de esta existencia terrena del Resucitado con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube que lo hace desaparecer de la vista de sus acongojados discípulos. En el cielo está sentado a la derecha del Padre. Así cumple aquellas palabras que María Magdalena escuchó pero no entendió: “Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20,17). Hay pues una diferencia de manifestación entre la gloria del Resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre, de tal modo que el acontecimiento, a la vez histórico y trascendente de la Ascensión de Cristo, marca la transición de una a otra. Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la “bajada” desde cielo realizada en la Encarnación del Verbo que “salió del Padre” y “vuelve al Padre”.

Veamos de qué manera la Palabra de Dios de esta Solemnidad de la Ascensión nos ayuda a entrar “a pié descalzo” en el misterio definitivo de Jesucristo y por Él, el de nuestro propio destino definitivo.

Hech 1, 1-11 es la primera lectura de hoy. Comienza con el llamado “prólogo histórico” porque San Lucas, su autor, enlaza el Libro de los Hechos con su evangelio. Es la segunda parte de una gran obra. De esta manera la historia de la naciente Iglesia Católica queda firmemente enraizada en el ministerio público de Jesús, es decir, su Evangelio. Ambas obras tienen a un único destinatario, un tal Teófilo, que en griego significa “amigo de Dios”, y en él estamos todos invitados a ser también destinatarios del evangelio, también “amigos de Dios”. Retengamos de esta primera lectura de hoy lo relacionado con la promesa del Espíritu Santo. En la visión de San Lucas, la historia de la Iglesia está precedida de dos etapas de preparación de los discípulos, a saber: una de cuarenta días donde el Resucitado actúa en medio de la comunidad de los discípulos; y otra, antes de la venida del Espíritu Santo, en que los discípulos se dedican a la oración. Entre estas dos etapas, nos relata la Ascensión de Jesús al cielo. Llama la atención la referencia a los 40 días: “Después de su pasión, se les había presentado vivo durante cuarenta días… (v. 3). ¿Qué quiere resaltar San Lucas con estos 40 días? Este número 40 tiene muchas resonancias bíblicas. Moisés estuvo 40 días en la montaña, Elías peregrinó 40 días hasta el monte de Dios, Jesús estuvo 40 días en el desierto experimentando las tentaciones de Satanás. Los 40 días bíblicos no son cronológicos sino de honda significación espiritual, pues se refieren al tiempo de prueba, de duda, de discernimiento y de fe. Los discípulos han vivido también así la resurrección como lo prueban los relatos que hemos seguido en este tiempo pascual. Jesús se esmera por hacerles comprender que es una persona real y viva, que es el mismo que ha sufrido y ellos conocieron en su condición humana. La venida del Espíritu Santo y la Ascensión de Jesús indican claramente que es la otra cara de la resurrección: es la glorificación definitiva. Los discípulos tendrán que aprender a vivir de otra manera la presencia real de Jesús en medio de ellos: es el Señor resucitado y exaltado a la derecha del Padre, cuya presencia es “en la fe, en el amor y en la esperanza”.

Ef 1, 17-23 es la segunda lectura de hoy. Es una hermosa oración de petición de Pablo por los efesios y por todos los creyentes del mundo y de la historia. Dice Pablo: “No ceso de dar gracias por ustedes, y recordándolos en mis oraciones, pido” (v. 16). Es importante dar gracias a Dios y no sólo pedir por nuestras necesidades. La eucaristía es por esencia la gran acción de gracia que la Iglesia, unida a Cristo, su Señor, tributa al Padre constantemente por la salvación otorgada al hombre, sin merecimiento alguno de nuestra parte. Predomina en nosotros la oración de petición, aunque nos hace mucho bien cultivar la acción de gracias. Quizás no damos gracias porque nos cuesta mucho reconocer todo lo bueno que el Señor nos da en todo momento. En cambio, nos parece que siempre necesitamos más cosas para ser felices. Jesús dice a Marta: “Una sola cosa es importante y María ha elegido la parte mejor”, es decir, la escucha atenta de la Palabra de Jesús. Disfrutemos de esta segunda lectura y oremos con ella. Es muy hermosa. San Pablo nos recuerda que la clave de nuestra vida cristiana es adquirir el admirable conocimiento de Dios: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, les conceda un Espíritu de sabiduría y revelación que les permita conocerlo verdaderamente” (v.17). ¿Cómo podrías amar a Dios si no lo conoces por su Espíritu? ¿Cómo podrías amar al prójimo si no lo conoces?

Mc 16, 15-20, es el evangelio de hoy. Es la conclusión del más breve de los cuatro evangelios. Antes que Jesús emprenda la etapa final de su peregrinación en medio de nosotros, deja el mandato misionero a sus discípulos. Concluye la misión de Jesús pero ésta se hará presente en la historia humana a través de la tarea evangelizadora de la Iglesia de Cristo. Y la misión pertenece por esencia a la misma vocación cristiana. Nada es llamado sólo “para estar con Jesús” sino “para ser enviado en su nombre”. Hay que hablar siempre de vocación – misión cristiana. Así la partida de Jesús, su Ascensión al cielo, es el punto del envío misionero. La misión es universal y no restringida a una raza o pueblo determinado. El Evangelio debe ser proclamado en todas partes y a todas las gentes. Dice Jesús: “Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad” (v. 15). Lo que pretende la misión es que los destinatarios abracen la fe y reciban el bautismo para el perdón de los pecados. Este es el signo de la salvación que Cristo nos ofrece a través de sus discípulos. Queda siempre abierta la posibilidad que, aún escuchando el mensaje, muchos no abracen la fe ni accedan al bautismo, porque la fe es gracia y siempre supone la libre voluntad de quien acoge el Evangelio. Queda planteado así el dilema de salvación o condenación, aunque resulte duro decirlo es la opción fundamental que cada persona debe resolver.

El evangelio de hoy nos habla de las señales o signos que acompañan a los creyentes. Al respecto hay que decir que lo fundamental es que exista plena coherencia entre el anuncio y la práctica. Las “señales” que se mencionan aquí eran las que los primeros cristianos consideraban importantes y corresponden a su época. Para nosotros, queda la tarea de saber cuáles son las señales que deben acompañarnos hoy para ser coherentes con el Evangelio y la vida. Por ejemplo, hoy hay una sensibilidad especial respecto a la dignidad de la persona humana, a la solidaridad, a la justicia, al encuentro humano interpersonal, etc. Los cristianos deberemos acompañar nuestra vida y misión con estas “señales” tan sensibles para el hombre actual como la fraternidad, la acogida, el servicio, la espiritualidad, etc. Nos asiste la misma certeza con que concluye el evangelio de hoy: “Y el Señor los asistía y confirmaba la Palabra con las señales que la acompañaban” (v. 20). El Evangelio propone un cambio radical en la persona y en la sociedad, un cambio que afecta la vida completa del creyente. Ese cambio recibe el nombre griego de “metanoia” que se puede traducir como un cambio de dirección o de orientación de la vida, más que un cambio simplemente de conducta moral.

La Ascensión nos deja una tremenda responsabilidad y tenemos tarea para rato. ¡Y pensar que hay gente que cree que estamos llegando al final del mundo!

Dios les bendiga.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.