Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 10 de mayo 2015

DOMINGO SEXTO DE PASCUA

Año de la Vida Consagrada y de San Pedro Nolasco, Fundador y Padre de la Familia Mercedaria


Textos: Hech 10, 25-26.34-36.43-48     “Dios no hace acepción de personas”.   
Sal 97, 1-4           El Señor reveló su victoria a las naciones.               
1Jn 4, 7-10         
“El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”.     
Jn 15, 9-17        
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.


Nos acercamos hoy al corazón de la vida y mensaje de Jesús, aquello que fue la motivación central de toda su vida histórica terrena. Efectivamente la segunda lectura y el evangelio, ambas del mismo autor de los escritos joánicos, coinciden en que el amor es la clave de Jesús y de la Iglesia, es la palanca poderosa de su historia y de su mensaje. También es fundamental descubrir todo amor verdadero tiene como fuente o fundamento el amor del Padre que a través de Jesús se manifiesta a los creyentes que han de responder a este don gratuito amándose mutuamente. Nada fácil para una cultura que valora el esfuerzo individual y todo lo resuelve en la ley de la oferta y la demanda, lo que hace muy difícil comprender y vivir la gratuidad de la vida, de la fe y por cierto del amor. Hoy se compra y se vende todo, se gana y todo es fruto de la iniciativa propia, sin dejar espacio a los gestos, palabras y acciones de una bendecida gratuidad. Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a recuperar “el don gratuito del amor”.


La primera lectura, del capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, nos pone ante el relato que ocupa una buena extensión convirtiéndose en uno de los más importantes de todo el libro de los Hechos. ¿Es la conversión de Cornelio o la conversión de Pedro? Cornelio está abierto al evangelio y tiene muy buena disposición para adherir a él, para acogerlo y hacerse cristiano. Él es un pagano, alguien que no conoce a Dios revelado en la Sagrada Escritura pero está abierto a recibirlo. En cambio Pedro, el apóstol y primer Papa de la Iglesia, está sumergido en la duda de si el Evangelio es también para los paganos y se resiste a abrirles la puerta del Reino. Es Dios quien interviene para que Pedro y Cornelio sean protagonistas de una nueva e insospechada realidad. La lectura de hoy ha seleccionado unos versículos en vistas a la celebración litúrgica pero nada impide que cada uno tome su biblia o Nuevo Testamento y lea el capítulo 10 entero. El texto de hoy comienza con Pedro entrando a la casa de Cornelio, quien “los estaba esperando y había reunido a sus parientes y amigos íntimos” (v. 24). Cornelio respondió al saludo de Pedro un poco aparatosamente “y se arrodilló a sus pies en señal de veneración” (v. 25). La respuesta de Pedro sitúa las cosas en su lugar, diciéndole: “Levántate, que yo no soy más que un hombre” (v.26). Así queda eliminada la distinción de fondo: yo, judío; tú, pagano. Esta era la barrera que funcionaba en el mundo en tiempos de Jesús pero Él ha venido a derribar el muro que separaba a los hombres. Los versículos 34 – 36 son las palabras que pronuncia Pedro y quisiera resaltar la fundamental: “Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas sino que acepta a quien lo respeta y practica la justicia, de cualquier nación que sea” (v. 34). El anuncio es el mismo y se refiere “a Jesús, el Mesías, que es Señor de todos” (v.36) pero lo que cambia es el auditorio: ahora son los paganos los invitados, los que están dispuestos a recibir la fe en la Buena Nueva de Jesús. Todo termina en  la hermosa donación del Espíritu Santo también sobre los paganos y la recepción del bautismo “invocando el nombre de Jesucristo” (vv. 43-48). Así creyentes judíos  junto a los  paganos comparten un solo y único Espíritu y, por el bautismo, todos son incorporados a la comunidad cristiana.  Esta es la maravilla del Resucitado en su Iglesia universal.


La segunda lectura, 1Jn 4, 7-10, es una consecuencia de aquella revelación de Dios mismo cuando afirma: “Dios es amor” (v. 8). Esta revelación de Dios a lo largo de la historia, mediante obras y palabras, ambas inseparables, muestra que el motor de esta historia es el amor de Dios y que ahora, en la plenitud de los tiempos, culmina en Jesús, el Hijo de Dios. De tal modo que el amor primero no ha sido el nuestro sino el de Dios por nosotros. Y prueba de ese  amor primero de Dios por nosotros es la máxima manifestación en el envío de su Hijo quien se ofreció, en sacrificio por amor y por nosotros, para que nuestros pecados  fueran perdonados. Se trata de un amor gratuito, un regalo inmerecido, un don inapreciable de parte de Dios, nuestro Padre, cuando nosotros estábamos esclavos del pecado y vivíamos como enemigos de Dios. ¡Qué bella sería nuestra vida si siempre recordáramos que toda ella es un regalo maravilloso! “Solo el amor es digno de fe”.


El evangelio, Jn 15, 9-17, continúa con el discurso de despedida de Jesús en el Última Cena y podría dividirse en dos motivos importantes: de los versículos 9 – 11 acerca de lo que significa “permanecer en Jesús”; y versículos 12-17 acerca de “permanecer en el amor fraterno”. El punto de unión es el sentido del verbo “permanecer”. En el primer párrafo del evangelio de hoy, “permanecer en Jesús” (vv. 9-11),  responde a la pregunta acerca del fundamento del amor de Jesús a sus discípulos. La respuesta dice: Todo procede del amor que se da entre el Padre y el Hijo. Toda iniciativa de Dios para salvar a la humanidad se funda absolutamente en esta comunión de amor. El Padre, en su ilimitado amor a los hombres, ha enviado a su Hijo Jesús y lo ha plantado como vid fecunda en el mundo, de tal modo que Él es la vid verdadera mesiánica que ha superado al pueblo – viña de Dios que no ha respondido en fidelidad como Dios lo esperaba. Es un amor que circula del Padre al Hijo y de éste al Padre, y del Hijo a los discípulos y por Cristo del Padre a los discípulos. La respuesta de los discípulos no es otra que la observancia de los mandamientos de Jesús, en la cual se permanece en su amor y se vive el modelo auténtico de la obediencia radical del Hijo al Padre hasta el sacrificio supremo de su propia vida en la cruz. Los discípulos teniendo a Jesús como modelo de amor y de obediencia al Padre están llamados a vivir en fidelidad lo que Jesús practicó en su vida. Dice el Señor: “Si cumplen mis mandamientos, permanezcan en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (v. 10).


La segunda gran lección, “permanecer en el amor fraterno” (vv. 12 – 17) ofrece una intensidad especial pues todo acontece como fruto del amor. En Jn 13, 31 – 35 Jesús habló del “mandamiento nuevo”. Aquí, en el evangelio de hoy, vuelve al tema del amor fraterno, que se resume en lo siguiente: “Éste es mi mandamiento: que se aman unos a otros como yo los he amado” (v. 12). Esta exigencia fundamental en la vida del discípulo resuena en el cuarto evangelio y las cartas joánicas con particular fuerza. La norma de este amor fraterno es una sola: el amor que tiene Jesús a los suyos. Si los discípulos pueden amar es porque han sido amados y el estilo de amor es el que practicó Jesús con ellos. ¿Por qué Jesús habla de “mi mandamiento”? El mandamiento es suyo porque se lo dio a los suyos con su palabra, pero sobre todo con su vida. Y el punto culminante de este amor se alcanza en la cruz: “No existe mayor amor que dar la vida por los amigos” (v. 13). Es la última entrega de Jesús por los discípulos y nadie da una prueba más intensa de amor que el que ofrece su propia persona por el que ama. En San Juan el amor fraterno se vive especialmente en la comunidad de los discípulos, los amados por Jesús. No niega que este amor tiene alcance universal como lo afirman los evangelios sinópticos pero la primera experiencia del amor fraterno radica en la comunidad cristiana, la comunidad de los discípulos de Jesús.


Hemos celebrado la Fiesta de San Pedro Nolasco, ocasión para descubrir de qué modo el fundador de los mercedarios fue capaz de “leer” y vivir el amor al prójimo en el rostro desfigurado de los cautivos del siglo XIII, ofreciendo su rescate que incluía “quedarse en rehenes” en caso de que un cautivo estuviera en peligro de perder su fe e incluso “estar alegremente dispuesto a dar la propia vida” para liberarlo. Con toda razón, la tradición mercedaria ha aplicado al Santo Fundador el texto de Jn 15, 13 que hemos escuchado en el evangelio de hoy.


Un saludo fraterno y que Dios les bendiga.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.