Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 22 de marzo 2015
QUINTO DOMINGO DE CUARESMA – EN CAMINO HACIA LA PASCUA DE JESÚS -
2015 AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA Y DE SAN PEDRO NOLASCO.


Textos 
Jer 31, 31-34   “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón”.     
Sal 50    "Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”.       
Heb 5,7-9  “Y aunque era Hijo de Dios, aprendió sufriendo lo que es obedecer”.  
Jn 12, 20-33    “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.


Dos “subidas” o “ascensiones” son mencionadas en el evangelio de este domingo quinto de cuaresma. La primera se refiere a unos griegos que se cuentan entre los que habían subido a Jerusalén con ocasión de la fiesta y ellos quieren ver a Jesús. No lo hacen directamente sino a través de Felipe y Andrés que se dirigen a Jesús y se lo hacen saber. La segunda “ascensión o subida” se refiere a Jesús y el tema de fondo del evangelio de hoy. Jesús “sube” a la cruz y al mismo tiempo es glorificado junto al Padre. Jesús es el grano de trigo que cae en la tierra y para convertirse en una planta que de espigas es necesario que pase por la muerte. Esa es la “hora de Jesús”, su glorificación misteriosamente unida a la cruz. Hoy la Palabra de Dios nos introduce de lleno en el movimiento descendente y ascendente de Jesús, su pasión y muerte y su victoria y resurrección. Es la esencia de la fe cristiana, el Misterio Pascual.


La primera lectura está tomada del profeta Jeremías, concretamente del capítulo 31 de su libro que junto al capítulo 30 es considerado como el mensaje de la Consolación de Israel. Su ambiente es la dolorosa experiencia de ver destruida la ciudad santa, el templo y unos pocos que se salvaron de la masacre que emprenden el duro camino del destierro, entre los cuales también va el profeta Jeremías. El Espíritu de Dios le manda proclamar un mensaje de esperanza y alivio para tan penosa situación. Estamos situados en el año 586 a.C., año en que Nabucodonosor asoló la ciudad santa. El mensaje central de este anuncio de consolación y esperanza está contenido en el bello y extraordinario texto que hoy proclamamos. Jer 31, 31-34 constituye un hito central en la historia de la salvación que sitúa la experiencia religiosa en la profundidad del hombre, en su interioridad, en el corazón mismo. Valoremos este aspecto cuando la comprensión normal de esos tiempos era la insistencia en el aspecto exterior principalmente de la alianza, de la ley y del culto. El mensaje central de esta Palabra profética es la nueva alianza que Dios hará con Israel y Judá, no será como la alianza antigua cuando Dios los sacó de la esclavitud de Egipto, la que no pudieron sostener porque fueron infieles, no obstante Dios la mantuvo contra viento y marea. La alianza nueva tiene la novedad de la interiorización de la ley. Dice el texto: “Meteré (pondré) mi ley en su pecho (en su interior), la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Dios puso la ley en tablas de piedra y ahí la escribió. Es la expresión más primitiva de la alianza. En un futuro próximo acontecerá esta bella transformación. Consecuencia de este proceso de interiorización de la alianza: “Ya no tendrán que enseñarse unos a otros, mutuamente, diciendo: Tienes que conocer al Señor, porque todos, grandes y pequeños, me conocerán”. ¡Qué maravillosa cercanía con el evangelio! Dios no quiere un culto exterior, un cumplimiento formal, una fe sólo de palabras. La fe verdadera se vive desde un compromiso interior de cada creyente y de todos como pueblo de la nueva alianza. ¿Vivo una religión puramente exterior, de comportamientos rituales, sin real compromiso con la vida nueva que Dios nos regala en Cristo Jesús?

El salmo con que hoy respondemos a la palabra profética expresa perfectamente lo que hemos escuchado: pedimos al Señor que haga posible la realidad de esa alianza nueva creando en cada uno ese corazón nuevo, dando espacio a ese santo espíritu que necesitamos para vivir la fe.

La segunda lectura tomada de la Carta a los Hebreos nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos. Jesús no sólo salva con su sacrificio final; por el contrario, “Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquél que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión”. La encarnación del Hijo de Dios significa que asumió nuestra condición humana marcada fuertemente por el dolor y el sufrimiento, con  estremecedores gritos y lágrimas. De ahí su plegaria continua al Padre, que marcaba su jornada diaria. Si falta la plegaria, no podemos asumir nuestros sufrimientos con sentido de trascendencia. Jesús vivió este “anonadamiento”, esta “humillación” o “kénosis” en el ámbito de su obediencia al Padre. Él nos mostró que haciendo su camino de obediencia o sumisión podemos vivir el encuentro auténtico con Dios, nuestro Padre. Como Jesús estamos llamados a “aprender a asumir nuestra existencia como camino de obediencia filial”. ¿Qué significa hacer la voluntad de Dios en el día a día? ¿Es tu oración una humilde escucha de la Palabra buscando la voluntad del Señor?

Una palabra acerca del hermoso evangelio de hoy. El capítulo 12 del cuarto evangelio nos narra dos episodios bien importantes: la unción en Betania y la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Luego viene nuestro texto de hoy. Estamos de lleno entrando en la trama más honda del misterio pascual de Jesús.

“Queremos ver a Jesús”. Esta es la súplica e iniciativa de unos paganos piadosos, los griegos que han subido a Jerusalén para celebrar la fiesta. Notemos que esta búsqueda está mediatizada por dos discípulos Felipe y Andrés quienes se comunican con Jesús. Para San Juan esta es la experiencia de la comunidad cristiana a la que pertenece: la comunidad de discípulos de Jesús está destinada a comunicar a los demás con Jesús. Es la Iglesia el instrumento que nos permite entrar en comunión con Jesús y su Buena Noticia. El encuentro con Jesús no una “tincada” o un genérico deseo; sólo es posible si acojo la comunidad de hermanos que lo siguen. “Sin Iglesia no es posible encontrarse con el Salvador”.

“Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado”. Nos sorprende la respuesta de Jesús. Recordemos que en el cuarto evangelio Jesús habla de “mi hora” y la “glorificación”. Con semejantes palabras se refiere a su pasión, muerte  y resurrección. La “hora de Jesús” es la de la cruz. Jesús presiente que está muy próximo “ese trance”, dramático y beatífico al mismo tiempo. La hora y la glorificación de Jesús, el Hijo del Hombre, se aclara en las tres frases siguientes: + El grano de trigo que debe morir para dar fruto, el servicio a los demás o quedarse solo en su encierro egoísta es la consecuencia para los discípulos de Jesús. + Aferrarse a la propia vida o estar dispuesto a darla, es decir, perder tontamente la vida encerrándose o ganar la vida eterna entregándola como lo hace Jesús. + El servicio a Jesús y como Jesús es la nota del seguimiento de Jesús de tal modo que lo que Él hizo lo hará también su discípulo. Sin servicio fraterno, solidario no hay posibilidad de seguir las huellas del Maestro Jesús. El servicio está enmarcado por dos referencias a la pasión y agonía de Jesús. Así el servicio revela la hora de Jesús. Lo importante que el Padre sea glorificado por la obediencia hasta el final de Jesús.

Te invito a seguir la meditación de estas bellas páginas de la Palabra de Dios a fin de que vivas una Semana Santa llena de sentido espiritual y humano. ¡Cuánta sabiduría se esconde en el misterio de nuestra redención realizada por Cristo!

Un saludo cordial.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.