Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Jueves 25 de diciembre 2014

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
HOY EN LA CIUDAD DE DAVID, LES HA NACIDO UN SALVADOR, QUE ES EL MESÍAS, EL SEÑOR” (Lc 2,11).


Textos   Is 52, 7-10 “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero”
Sal 97, 1-6 Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios
Heb 1, 1-6 “En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo” 
Jn 1, 1-18 “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.


No cabe dudas que la celebración del Nacimiento de Jesús es la celebración cristiana más difundida en el mundo, aunque no es la más importante del año litúrgico. La Pascua de Resurrección sigue siendo la fiesta central de nuestra fe cristiana. E incluso no es posible entender la misma historia del Nacimiento e Infancia de Jesús sin la Pascua. La contemplación que nos ofrecen los evangelios acerca del Nacimiento e Infancia de nuestro Salvador no son crónica en estado puro sino relatos profundamente traspasados por el misterio de la muerte y resurrección del Señor. Esto significa que en los personajes y los hechos narrados hay una mirada desde lo que aconteció a Jesús en su muerte y resurrección. Se puede decir que el Niño nace en Belén entre quienes lo reconocen y quienes traman su muerte. Un dato no menor es señalar que los relatos del nacimiento y de la infancia se constituyeron tardíamente y es la última etapa del proceso literario de nuestros evangelios. El primer anuncio cristiano fue la muerte y resurrección de Cristo y fue el primer estadio de desarrollo literario de nuestros evangelios. Luego se precisó el ministerio público de Jesús, su predicación y milagros; y finalmente los relatos del Nacimiento e Infancia de Jesús, especialmente de los evangelios de Mateo, Lucas y Juan.
 
La fiesta de Navidad empezó a tomar cuerpo en el siglo IV en Roma, precisamente en el día 25 de diciembre que celebraba la fiesta civil del Sol invicto y con la cual se recordaba la victoria del sol sobre las tinieblas en la fecha del solsticio de invierno.  Esta fiesta pagana fue establecida en el año 274 d.C. por Aureliano que dedicó un templo al Sol Invictus. Los cristianos identificaron este Sol con Cristo que nace en medio de las tinieblas del mundo del pecado y de la muerte.

Veamos la riquísima Palabra de Dios que sostiene las cuatro misas de Navidad: la de la Vigilia (del 24 de diciembre), la de la noche, la de la aurora y la del día mismo de Navidad. Nosotros vamos a referirnos a las lecturas del día 25 de diciembre.

La primera lectura, Is 52, 7-10, está tomado del llamado “Libro de la Consolación”, los capítulos 40 – 55 de Isaías. Su tono es festivo y alentador. Se refiere al personaje que trae la paz, un mensajero o heraldo de Dios que comunica buenas noticias. Éstas se refieren a la liberación que Dios realiza a favor de los cautivos. Se trata de la victoria que Dios hace posible sobre los males que afligen al pueblo. “¡Ya reina tu Dios!” es el grito de triunfo y donde está Dios se puede anunciar la paz, la buena noticia, la victoria. Dios rescata a su pueblo, lo consuela y le abre el camino de un tiempo nuevo. Todo ello es motivo de alegría desbordante, que se convierte en anuncio . Leemos este texto y no podemos callar ante la nacimiento de Jesús como una presencia que salva, que redime, que causa nuestra alegría. En un mundo de tan difícil convivencia, el anuncio de Jesús debe resonar con fuerza desde nosotros, sus discípulos misioneros.

La segunda lectura, Heb 1, 1-6, nos ofrece un precioso testimonio acerca de Jesús, el Hijo, en relación con toda la historia de la salvación. El género literario de este escrito, conocido como Carta a los Hebreos, es más bien una homilía dirigida a cristianos de la segunda generación que viven momentos difíciles de desaliento y confusión. Nuestra lectura de hoy es la introducción a esta larga homilía. Es una introducción que parte presentando la persona del Hijo de Dios como el centro de toda la historia religiosa de la humanidad. Parte por una afirmación fundamental: Dios siempre habla, no es un Dios mudo, inerte, una fuerza o poder impersonal. Dios es Alguien que actúa y habla, no una vez sino muchas veces y de muchas formas, eligió hombres que comunicaron sus palabras, los profetas. Dios es un Ser Vivo, que se comunica con los hombres. Pero esta realidad comunicacional de Dios alcanza su máxima expresión en su Hijo: “En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, y por quien creó el universo”. Efectivamente Jesús, el Salvador, es la plenitud de la revelación de Dios y esto acontece en “la plenitud de los tiempos”, es decir, cuando todo ha madurado para revelar el secreto de la salvación a todos los pueblos. Luego  se describe la identidad del Hijo: es el revelador perfecto de Dios, es la Palabra eterna creadora del mundo, es el Salvador que purifica el mundo de sus pecados viniendo a nuestra realidad humana, es Jesús de Nazaret. Culmina con la majestuosa glorificación del Hijo “superior a los ángeles”. Contemplemos el misterio de Jesús ayudados por esta hermosa palabra del predicador, autor de esta profunda homilía.

El evangelio, Jn 1, 1 – 18, conocido como el Prólogo de San Juan, es una hermosísima introducción al Cuarto Evangelio. Es una bella formulación de lo que este evangelio va a decirnos en detalle. El motivo de fondo que resuena a lo largo de estos versos es la Palabra, el Verbo, el Hijo único de Dios junto a Dios desde toda la eternidad. El Prólogo se abre con una referencia al Verbo y se cierra con el Hijo. “Al principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”(v.1) y “Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer”(v.18). Estamos ante un nuevo comienzo, Dios crea una nueva realidad a partir de la manifestación de su Hijo, Luz y Vida de los hombres, que las tinieblas del mundo no lo comprendieron.  Es el drama de la historia humana: rechaza la luz y prefiere las tinieblas.

Luego este Verbo eterno “que está junto a Dios” se introduce en el mundo humano, en la historia de los hombres. Lo hace a través de Juan Bautista, enviado por Dios para preparar el camino al Señor que viene. La situación de la humanidad ante la inminente llegada del Hijo no es muy distinta a la señalada con respecto a la luz. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”(v.11). El pueblo escogido por Dios no reconoció al Hijo. La historia humana estará movida por esta dupla: fe y rechazo. Aún así, nadie detiene la manifestación del Hijo en la misma historia humana, tan marcada por el pecado y el mal (v. 6-11).

Lo más extraordinario es lo que se nos describe desde el v. 12- 18. Los que por la fe acogen la Palabra, el Hijo humanado, reciben la luz y la vida llegando a ser “hijos de Dios” como Jesús. Estos hijos de Dios son “engendrados por Dios”, es decir, mediante la fe en el Hijo. Se trata de otro origen, superior al camino puramente natural  “nacido de la sangre, del deseo de la carne o del deseo del hombre” propio de todos nosotros.

Y, para terminar, un texto hermosísimo. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”(v.14). Es lo que Navidad nos invita a contemplar desde una profunda fe en el Hijo de Dios. Como los pastores estamos invitados a adorar el misterio de Dios “hecho hombre” que es lo que significa “hecho carne”, en compañía de San José y de María.

¡Feliz Navidad! ¡Estad alegres en el Señor! Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache. O. de M.