Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 21 de diciembre 2014
DOMINGO 4° DE ADVIENTO
“El Señor Dios le dará el trono de David, su padre”


Textos  
2Sm 7, 1-5.8b -12.14ª.16  “Tu casa y tu reino durarán para siempre”
Sal 88  Cantaré eternamente el amor del Señor
Rom 16, 25-27  “Este es el misterio que fue dado a conocer a todas las naciones”
Lc 1, 26-38  “Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús”.

Generalmente gozamos de mala memoria, con frecuencia se nos olvidan los compromisos adquiridos y nos excusamos con el infaltable “se me olvidó”. Muchas veces olvidamos a las personas queridas, y entre ellas, a Dios, nuestro Padre. También nos acontece que difícilmente olvidamos las cosas negativas que hacemos o nos suceden; les damos vueltas, son parte de nuestro desagradable recuerdo y con ello sufrimos nuevamente. Así es nuestra manera de actuar en el diario vivir. Pero Dios no se olvida de sus compromisos adquiridos con su pueblo, por muy infiel que éste sea. Dios, nuestro Padre, olvida nuestros pecados y los perdona absolutamente si en nosotros hay sincero arrepentimiento y ganas de responderle mejor cada día. Adviento es un tiempo para ayudar a los de mala memoria, a nosotros que fácilmente nos olvidamos y nos metemos en caminos complicados. Para ayudarnos a recordar lo que Dios ha hecho y hace por nosotros Adviento nos invita a encender los cirios de la Corona de Adviento, ahora corresponde encender el cuarto cirio, es decir, tenemos más luz que al comenzar este tiempo de esperanza y preparación. Es un anuncio que nos acercamos a la Nochebuena, del máximo resplandor que irradia Belén. Dejémonos hacer memoria con la ayuda de la Palabra de Dios. Es muy triste perder la memoria o no hacer memoria. Nosotros queremos recordar con alegría, paz y mucha bondad lo que Dios ha hecho por nosotros.

La primera lectura de 2Sm 7, nos invita a recordar lo que Dios hizo con David, hace cualquier cantidad de siglos. El rey David gobernó Israel entre los años 1010 al 971 a.C.  Es el segundo rey de Israel, el primero fue Saúl que reinó entre 1030 al 1010. Hay que referirse a David porque es el centro de la primera lectura de este cuarto domingo de Adviento. El profeta Natán también lo es en cuanto es el mensajero de Dios. Estamos ante una profecía  fundamental. Se puede llamar “carta magna” porque la monarquía davídica recibe una promesa divina que traspasa los siglos y se convierte en salvación para todos. La lectura deja en claro dos maneras de ver la realidad; por una parte, es David el que quiere construir una casa para Dios, iniciativa que recibe el inmediato apoyo de Natán; pero Dios no acoge este proyecto y manifiesta su propio plan sobre la casa o dinastía de David. De este modo queda claro que Dios es el Señor de la Historia humana. Dice el Señor por medio de Natán: “El Señor te comunica que te dará una dinastía. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá para siempre”. Así el texto nos lleva desde el protagonismo de David al protagonismo de la Palabra de Dios, auténtica creadora de la historia. El Señor edifica una dinastía davídica en la cual el plan de Dios se irá perfilando humanamente. Dios es Dios de la Historia humana y no simplemente el Dios encerrado en el templo como lo imaginaba David. Dios se mueve en medio de los sucesos humanos de manera misteriosa pero real. Jesús se entronca con esta descendencia de David y con la humanidad a través de su encarnación. Es muy fuerte la tentación de encerrar a Dios en el espacio sagrado y no discernir su presencia y su palabra en el ajetreo contradictorio del diario vivir.

La segunda lectura, Rom 16, 25-27, es la conclusión de la magnífica Carta a los Romanos de San Pablo. Es una alabanza entusiasta a Dios, el único sabio, porque ha revelado o manifestado la Buena Noticia, mantenida en secreto a lo largo de los siglos, es decir, a Jesucristo. Las Escrituras y el anuncio de Jesucristo constituyen el camino para abrazar la fe. Y lo verdaderamente extraordinario del proceder de Dios es que la Buena Noticia se ha manifestado a todos los paganos, los pueblos que pueblan la tierra y no sólo a Israel, el pueblo de las promesas. Gratitud a Dios porque su misericordia, su amor y su fidelidad son manifiestas al llamarnos a la salvación sin mérito alguno de nuestra parte. Cuando Jesús nace no nace sólo para los cristianos sino para todos los hombres aún para aquellos que no lo reconocen. Maravillas de Dios. ¿Qué sería yo, mi familia, mi país, si nadie nos hubiera anunciado a Jesucristo y su Evangelio? ¿Dónde y qué estaríamos haciendo y viviendo si no fuéramos cristianos católicos o evangélicos? Hagamos memoria agradecida de quienes nos hicieron cristianos y también nosotros como Natán y como San Pablo seamos anunciadores y testigos de este plan admirable de redención que Dios ha ideado para atraernos a su amor eterno. ¡Demos gracias a Dios por ser discípulos misioneros de Jesucristo!

El evangelio de hoy, Lc 1, 26-38, es una de las páginas más encantadoras y bellas de la Biblia. San Lucas nos ofrece una narración para la contemplación del Misterio y no tanto para definirlo. Hoy podríamos sentarnos plácidamente y volver a leerlo tratando de entrar en esa atmósfera íntima que comunica la escena y el relato. Se trata de la Anunciación a María. Esta narración ha quedado plasmada en la sencilla oración del Ángelus que el cristiano reza tres veces al día, no para pedir alguna gracia sino simplemente para volver a gozar de esta maravillosa realidad de Dios hecho hombre en el ceno de la Virgen María.

Este anuncio del Ángel Gabriel, uno de los tres arcángeles que Dios envía para cumplir misiones muy especiales como en este caso, está vinculado a Juan Bautista y a la prima de María, Isabel esposa de Zacarías. “El sexto mes” es el tiempo que lleva Isabel de embarazo de Juan.

El saludo del Ángel a María llama la atención porque no es el normal saludo judío de “la paz esté contigo” o shalom  sino el “Ave o Salve”. Es significativo el “¡Alégrate!” o “jaire” en griego. Es la misma palabra que aparece en boca del Ángel cuando anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús: “Les anuncio una gran alegría”. Y la alegría es el don del Espíritu Santo como el gran don que nos regala el Redentor Jesús. En este saludo del Ángel a María resuena todo el nuevo testamento como Buena Noticia, como Evangelio. Y es una excelente noticia, la mejor que los siglos han escuchado. En este “¡Alégrate!” resuena también el Antiguo Testamento con su “Alégrate, hija de Sión, grita de gozo Israel. El Señor tu Dios está en medio de ti” (Sof 3, 14-17).

María se convierte por designio divino en el Arca de la Alianza, en la Hija de Sión en persona. Ella es inesperadamente el “lugar donde Dios habita”. María deja que Dios haga en ella grandes cosas. Por eso, el saludo del Ángel se repite incesantemente en la historia humana: “Alégrate, llena de gracia”, es decir, llena de Dios.

Lo que se le anuncia es el contenido de la promesa que acoge, primero con asombro y turbación, y luego con disponibilidad y obediencia total. María dará a luz un niño que será “Hijo del Altísimo” e “Hijo de Dios”. Para ello, “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. El niño  que va a nacer recibirá el nombre de Jesús que significa “Dios Salva”.

La respuesta de María pasa por tres fases: ante el saludo del Ángel se queda turbada y pensativa; luego María intenta comprender lo que se le dice, hace preguntas relacionadas con el anuncio. En todo momento se manifiesta como una auténtica creyente. Y finalmente la respuesta del Sí o Fiat latino. Es un Sí que denota disponibilidad absoluta, un dejar hacer que Dios realiza en su persona lo anunciado. Es también la obediencia como un poner por obra lo que ha escuchado antes. Es el acto de fe más perfecto que podamos imaginar en una criatura humana.

Encendamos la fe para vivir el Nacimiento de Jesús como la fiesta de la alegría verdadera, porque Dios se ha acordado de nosotros.
Un abrazo Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.