Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 14 de diciembre 2014
DOMINGO 3° DE ADVIENTO
ÉL NO ERA LA LUZ SINO EL TESTIGO DE LA LUZ


Texto    
Is 61, 1-2.10-11 “Me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos
Sal  “Mi alma se regocija en mi Dios”
1Tes 5, 16-24     “Estén siempre alegres. Oren sin cesar”
Jn 1, 6-8.19-28 “Él no era la luz, sino el testigo de la luz”.

Los que preparan el camino son muchos pero en este Tercer Domingo de Adviento la mirada se concentra en uno de los más importantes como es Juan el Bautista. Lo que Juan, el hijo de Isabel y de Zacarías, anuncia y prepara ha sido anunciado por una larga historia marcada por el Mesías que viene. Son los profetas, aquellos hombres inspirados por Dios, los que mantienen viva la llama de la esperanza en una futura liberación del pueblo y luego de la humanidad entera. Juan es el último profeta del Antiguo Testamento ya que resume en su persona y en su palabra la historia en este punto crucial de cumplimiento. Porque Jesús, el Mesías, no es un punto más en la historia de la salvación sino el Alfa y Omega, el Principio y Fin de nuestra salvación. Y Juan es un testigo privilegiado cuya misión es prepararle al Mesías un pueblo bien dispuesto. Este domingo se nos invita a encender el tercer cirio de nuestra corona de adviento y puede simbolizar perfectamente la figura espiritual de Juan el Bautista. Así tenemos más luz a medida que nos acercamos a la celebración del Nacimiento del Salvador.

La primera lectura, Is 61, 1-2.10-11, constituye un tema muy significativo para la comprensión de la identidad y misión de Jesús. Recordemos que este texto está dentro del llamado Isaías III, obra de un profeta anónimo situado en medio de la realidad del exilio babilónico. Su tónica es abrir a la esperanza de un futuro que Dios prevé para auxiliar al pueblo oprimido. El texto de esta primera lectura de hoy parte refiriéndose al profeta mismo, al que está anunciando en esa coyuntura histórica del pueblo en cautiverio, y muy específicamente describe su misión como fruto de dos aspectos centrales de toda vocación y misión, a saber, el ser enviado por Dios y el ser ungido = consagrado por Dios para esa misión. La misión no es otra que proclamar una  buena noticia para el pueblo sufriente: “Para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la liberación de los cautivos y a los prisioneros la libertad, para consolar a los afligidos, para proclamar el año de gracia del Señor”. La misión de este profeta es prodigiosa y se dirige precisamente a los que están sufriendo, es decir, a la mayoría del pueblo. Recordemos que Jesús según Lc 4, 16ss, inició su ministerio público precisamente refiriéndose a esta texto. Concluye esta hermosísima promesa con un canto de acción de gracias en que el profeta hace suyo el canto de la Nueva Jerusalén, la Ciudad que Dios se edifica espiritualmente. Así el Señor “hará brotar la justicia y su fama frente a todos los pueblos”. Es imposible que obra de Dios quede guardada, escondida; por el contrario, se manifestará más allá de los márgenes históricos del pueblo escogido y alcanzará a todos los pueblos de la tierra. Cosa distinta es si los pueblos, los hombres y las culturas reconocerán esa manifestación de Dios o no comprenderán su sentido liberador y de buena noticia e incluso no la acojan ni le encuentren sentido, no deja de ser una excelente Buena  Noticia “para los hombres de buena voluntad y que ama el Señor”. Tampoco impide que nosotros los cristianos vivamos y comuniquemos lo que hemos recibido como una manifestación del Amor de Dios que nos salva.

La segunda lectura, 1Tes 5, 16-24, es una invitación muy importante para quienes nos hemos puesto a preparar el camino del Señor, a la espera de su segunda venida al final de los tiempos y también a la celebración de su primera venida histórica, su Nacimiento. Tres actitudes hay que destacar de esta bella invitación: la alegría, la oración y la gratitud. Estas tres actitudes cristianas señalan el modo cómo tenemos que esperar al Señor “porque eso es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos”. Pero para hacer posible estas tres actitudes fundamentales de un cristiano auténtico tenemos que dejar que el Espíritu Santo actúe dentro de cada uno. ¡Cuántos cristianos han apagado la llama interior del espíritu y del Espíritu Santo! Son los materialistas, carnales, consumistas, engreídos y fanfarrones. El Apóstol dice: “No apaguen el fuego del espíritu”. Es una sapientísima advertencia. El espíritu con minúscula es la racionalidad, la luz de la inteligencia; y Espíritu con mayúscula es la tercera persona de la Santísima Trinidad que se nos regalado por medio de Cristo. Sin la luz de la razón caminamos bajo el dominio de los impulsos; sin la luz del Espíritu Santo no podemos distinguir las obras de Dios y las que no son de Dios.

El evangelio, Jn 1, 6-8.19-28, nos ofrece un aspecto muy importante de la persona de Juan el Bautista, el Precursor del Mesías Jesús. Los versículos 6-8 están tomados del Prólogo (Jn 1, 1-18) de San Juan, una especie de obertura cuando hablamos de música, una introducción de los grandes temas del Cuarto Evangelio. Es un texto consistente y hermoso, obra de Juan en completa sintonía con los escritos joánicos del Nuevo Testamento. En medio de una cósmica descripción de los inicios cuya protagonista es la Palabra, el Verbo Eterno de Dios, el verso 6 hace un aterrizaje en la historia concreta humana pero siempre en relación directa con la Palabra o Verbo de Dios. Dice así: “Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz”. Juan Bautista es el testigo, el heraldo, el mensajero de la Palabra Eterna en la historia humana. ¿Cómo fue testigo? Dando testimonio de la luz y llevando a los hombres a la fe en Jesús, Verbo Eterno del Padre, Luz de los pueblos. Juan Bautista es testigo de Jesús, no es Jesús. Siempre es un testigo y como tal ocupa un lugar destacado en la historia de la salvación.

La segunda parte de nuestro evangelio de hoy, vv. 19-28, nos refiere concretamente la manera como Juan Bautista da testimonio y es testigo de Jesús que viene. Estamos en la primera semana del ministerio público de Jesús, alrededor de los 30 años o un poco más de Jesús. Desde el comienzo se percibe el impacto de la presencia de Juan Bautista y de Jesús. Las autoridades judías envían una embajada para investigar la labor de Juan. Con toda razón podían identificar a Juan como el Mesías esperado, por su mensaje, su estilo de vida, su testimonio. Pero Juan declara absolutamente: “Él confesó y no negó; confesó que no era el Mesías”. Pero entonces ¿quién es este hombre? “Yo soy la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor, según dice el profeta Isaías”. Juan Bautista es testigo y no usurpa el lugar que le corresponde a Jesús, el Mesías. Es un testigo humilde y sincero que reconoce su lugar y misión. Juan sabe que debe dar testimonio de Jesús.

Concluye el texto con una poderosa profesión de fe: “Entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mí; y yo no soy digno de soltarle la correa de sus sandalias”. Ojalá que no se diga de nosotros hoy que no conocemos a Jesús que está entre nosotros; que la vorágine materialista no nos impide descubrir al Señor Jesucristo hoy, en nuestras vidas, en la sociedad, en los demás. Es una llamada muy urgente. Hoy podemos estar ignorando la presencia de Jesús. Es triste cuando los signos navideños son más cosas materiales. ¡Cuántos cristianos alejados hoy ya no reconocen el sentido verdadero de la Navidad! ¡Qué pena! Celebrar un Nacimiento de Alguien a quien ya no conocemos o no reconocemos. Ignorar a Cristo es ignorar lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nuestra salvación. Somos voces que claman en este desierto consumista. ¿A quién anunciamos? ¿A quién seguimos? ¿A quién esperamos?

Un cordial saludo y hasta la próxima semana.
Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.