Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 07 de diciembre 2014
DOMINGO 2° DE ADVIENTO
CON MARÍA ESPERAMOS AL SEÑOR QUE VIENE

 

Textos: 

Is. 40,1-5.9-11   “Preparen en el desierto el camino del Señor” 
Sal 84, 9-14 Muéstranos, Señor, tu misericordia
2Pe 3,8-14 “¡Qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes!”  
Mc 1, 1-8 “Yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino”

¿Qué mensaje resuena en la liturgia de este segundo domingo de Adviento? Una insistencia en forma imperativa: Preparen el camino para la venida del Señor. Como aconteció en el domingo pasado sigue la Palabra ubicándonos en la línea de la segunda venida, la Parusía,  la venida definitiva del Señor en gloria y majestad. La mirada se centra en la venida escatológica, la definitiva y final, la del juicio de Dios sobre nuestra vida y la historia.  La actitud que nos inculca este segundo domingo de Adviento, simbolizado en el segundo cirio que encendemos de la Corona de Adviento, es la llamada a la preparación. ¿Cómo prepararnos a esa segunda y gloriosa venida de Cristo? La Palabra nos ofrece algunas pistas concretas.


La primera lectura de Is. 40, 1-5.9-14, del llamado “Deuteroisaías” de un profeta anónimo que ejerció su ministerio entre los desterrados de Babilonia, durante la subida al trono del rey Ciro (años 553 – 539 a. C). Nuestro texto de hoy se refiere a la buena noticia de uno que clama en el desierto. No sabemos quién es el que la proclama, probablemente es el profeta anónimo. El Nuevo Testamento lo referirá a la persona de Juan Bautista en su papel de precursor del Mesías. El anuncio es muy alentador, sobre todo, si pensamos en un pueblo que está soportando el cautiverio en tierra extranjera, lejos de su templo y su organización cultual. Lo que se anuncia es que Dios está preparando el regreso y es el mismo que allana el camino para que eso sea posible. El profeta es el mensajero de semejante Buena Noticia pero eso es posible al poder de la Palabra que la inspira y la hace una palabra poderosa. Es la Palabra de Dios la que permanece eternamente.


La invitación de la Palabra de Dios es muy actual. La sociedad de hoy necesita la osadía de mensajeros capaces de alzar la voz sin temor. El Evangelio debe ser proclamado desde las alturas y debe ser un acto público. Nada de “cristianismo anónimo” o “cristianismo a la carta”, es decir, al gusto del consumidor compulsivo de nuestra sociedad opulenta. La Palabra nos interpela acerca de nuestro silencio y negligencia en el anuncio del Evangelio. Volvamos a leer este texto durante la semana y miremos nuestra forma de anunciar y proclamar la Buena Noticia del Reino.


La segunda lectura de 2Pe 3,8-14 nos pone ante un hecho que no dejó de preocupar a los cristianos de las primeras generaciones como fue el retraso de la próxima venida de Cristo. Para los primeros cristianos la Parusía debía acontecer en su tiempo y muy pronto. El autor de esta segunda carta de San Pedro ofrece unas razones que intentan explicar el retraso de la Segunda Venida de Cristo: para Dios los cómputos de los tiempos son muy diversos a los nuestros. El griego nos ayuda a captar la diferencia. El tiempo de Dios es el “kairós” mientras el tiempo humano es el “kronos”, el primero es sin medida, el segundo es la temporalidad humana medida. La otra razón obedece a la paciencia de Dios para todos se salven y así todos se arrepientan, dice. Emplea dos figuras que muestran lo imprevisto de la venida del Señor: el ladrón que llega sin aviso y el fuego que es el signo de la destrucción. Entonces hay que vivir en santidad y devoción para apresurar la venida del Señor. Y entonces se nos invita a esperar un cielo nuevo y una tierra nueva cuyo signo será la justicia. Corresponde estar preparados: “Hagan todo lo posible para que Dios los encuentre en paz, sin mancha ni culpa”, es decir, vivan en la santidad.


El evangelio de Marcos 1, 1-8 nos introduce, sin dilación, en la confesión de fe central del cristiano: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús Mesías, Hijo de Dios”. Es el “comienzo” o inicio o principio de una nueva etapa de la historia de la salvación marcada por la Persona de Jesús Mesías. Es Él el que marcará profundamente la vida de los discípulos y el evangelio de Marcos será la experiencia con Jesús el Mesías. Por eso el “contenido” del Evangelio es la Persona humano – divina de Jesús, el Cristo. Jesús es el núcleo de la predicación original de los discípulos. No es la exposición de lo que Jesús predicaba sino quién es Jesús de Nazaret, el Mesías. La Buena Noticia o Evangelio no es otro que Jesús mismo, su persona, su palabra, sus obras, sus milagros. Él es el “Evangelio que el Padre envía”.


Luego se nos presenta al Precursor del Mesías Jesús: Juan el Bautista. Introduce la presentación de Juan una cita bíblica, una profecía referida a los tiempos mesiánicos. La sustancia de esta profecía es el envío de un mensajero que va por delante para preparar el camino. Es como una voz que grita en el desierto: preparen el camino al Señor, enderecen sus senderos, dice el texto.


¿Qué importancia tiene la referencia al camino y el desierto? El camino se forma poco a poco por las huellas repetidas de los que lo transitan. Hay hacer camino andando. Se dice que Dios ha conducido a su pueblo durante el éxodo. Dios tiene su estilo de vida, sus preferencias y entonces se habla de “los caminos de Dios”, es decir, su santa voluntad. Los caminos de Dios llevan a la vida verdadera. Jesús es el camino verdadero que conduce a la vida, a la verdad que es el Padre. Preparar el camino no es otra cosa que convertirse a Dios y abandonar la conducta equivocada. La otra palabra clave es el desierto como “lugar vacío, abandonado”, espacio donde el pueblo escogido aprendió a depender y a confiar en Dios, abrazando un estilo de vida sencillo y pobre. Por esta razón, el desierto es “lugar de prueba” por cuanto el hombre debe confiar y confiarse completamente en las manos de Dios.


Acojamos este mensaje del evangelio de hoy y con Juan Bautista emprendamos la senda del desierto y hagamos el camino transitable con Dios.
           

Que el Señor les bendiga.

Fr. Carlos A. Espinoza I.