Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 09 de noviembre 2014
FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN
INICIO DEL MES DE MARÍA

 

Textos: 

Ez 47, 1-2.8-9.12   
“y habrá vida en todas partes adonde llegue el torrente”
Sal 45  Vengan a contemplar las obras del Señor
1Cor 3, 9-11.16-17 “Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo”
Jn 2, 13-22   “Pero Él se refería al templo de su cuerpo”

Ayer hemos iniciado el tradicional Mes de María que nos prepara a vivir la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María el próximo 8 de diciembre. Pero también nos introduce al bello tiempo litúrgico del Adviento en el que la  Virgen, junto a Juan Bautista y al profeta Isaías, es protagonista privilegiada. Ella es la Madre del Verbo que se hace carne, es decir, Dios que se hace hombre para habitar junto a nosotros y así salvarnos. Aprovechemos esta gracia del Mes de María para acercarnos a  la comunidad cristiana para orar juntos, escuchar la palabra de Dios y compartir nuestras vidas. La fe cristiana no es una pura experiencia individual ni menos privatizada; es por el contrario una experiencia comunitaria, fraterna y solidaria donde aprendemos a descubrirnos como hijos e hijas del mismo Padre y hermanos y hermanas de la misma familia de Dios en la tierra. Ojala que venzamos la inercia de vivir aislados y encerrados. Si queremos redescubrir el valor de paz, de la alegría, del amor fraterno tenemos que salir de nuestros escondites y empezar a descubrir el rostros de los demás. Linda oportunidad nos brinda el Mes de Nuestra Madre Santísima.


Y con María vamos a introducirnos en la Palabra de Dios de esta fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, llamada también Basílica del Santísimo Salvador, consagrada en el año 324. La recordamos con una fiesta especial porque fue la iglesia madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo porque era la sede del sucesor de Pedro, el Papa. Muchos siglos después se erigió la Basílica de San Pedro como la iglesia donde vive el Santo Padre.


La primera lectura del profeta Ezequiel se refiere a uno de los simbolismo con que este mensajero describe el manantial del templo. Se nos describe una visión profética: un río de vida que brota desde el costado oriental  del templo y que se va convirtiendo en un torrente que ya no se puede cruzar. A medida que se va extendiendo, va fecundando todos los espacios incluso el mismo Mar Muerto. Se trata de aguas que sanean allí donde había putrefacción y nacerá la vida donde sólo había muerte. Brotarán también los árboles que darán frutos en abundancia, frutos comestibles e incluso sus hojas serán medicinales. ¿Qué mensaje hay en este bella visión? La maldición y desgracia que pesan sobre Israel desaparecerán y habrá una nueva realidad que brota del nuevo templo donde habita la gloria de Dios. Imposible no vincular la visión con el futuro bautismo que Jesús vive en el Jordán donde santifica las aguas y regenera la vida humana. Una nueva creatura nace del bautismo que brota como un manantial desde la Iglesia, nuevo templo donde habita la gloria del Resucitado.


La segunda lectura nos interpela con la pregunta que San Pablo hace a los cristianos de Corinto. “¿No saben que son santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” En efecto, la comunidad cristiana no nace por generación espontánea; ha sido necesario el desvelo del apóstol. Si nadie anuncia el evangelio ¿cómo va a nacer la fe? La fe es don de Dios  pero necesita de instrumentos que la comuniquen. Con toda razón San Pablo les recuerda a los fieles: “Nosotros somos colaboradores de Dios”. Ciertamente la obra de la salvación no es puramente humana, porque es Dios el autor de la misma; pero también lo es que Dios nada hace sin la cooperación humana. También nosotros podemos ser colaboradores de Dios en la obra de la redención de los hombres si aceptamos su llamada. “Y ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios”. Esta afirmación tiene consecuencias extraordinariamente importantes: los mensajeros no son los propietarios de la comunidad cristiana, porque ésta es de Dios. Los pastores trabajan por sostener la comunidad que Dios les ha confiado pero el verdadero Pastor es el dueño de la comunidad cristiana, el Señor. El edificio cristiano de la comunidad tiene un único fundamento: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo”. Tarea de todos es preguntarnos sobre qué cimiento estamos edificando nuestra vida y la vida comunitaria. Sólo Cristo es la piedra angular de todo el edificio cristiano. La historia de la Iglesia está llena de intentos fallidos de querer edificar la vida cristiana en otras bases, muy lejos de Cristo. Los frutos de ello han sido dolorosos. “Sin mí, nada podéis hacer” dice el Señor.


El evangelio de San Juan 3, 13-22 pertenece a las acciones que Jesús emprende para mostrar la novedad del Reino. Una de estas acciones es la que nos narra hoy el evangelio. ¿Cómo comprender el sentido de la acción de Jesús en el templo? Digamos que el templo es el lugar sagrado por excelencia. Allí se posaba la gloria de Dios, lo que hacía de este lugar un espacio particularmente importante para el creyente. Jesús, en el evangelio de Juan, sube muchas veces a Jerusalén y frecuenta el templo. En cambio en los otros evangelios  esta acción acontece al final de la vida terrena de Jesús en la única “subida” a Jerusalén. Tenemos que comprender que la actitud de Jesús frente al templo como institución sagrada no podía dejar indiferente a nadie. Es entonces una acción profética, que denuncia y proclama al mismo tiempo.


¿Qué denuncia Jesús? Denuncia lo que no corresponde al templo que identifica como “la casa de mi Padre”. Jesús reclama el sentido original del santuario. Denuncia el comercio que se ha generado en torno al lugar santo. Jesús viene a poner las cosas en su lugar. Si el templo es “la casa de mi Padre” hay que purificarla, limpiarla de todo aquello que no corresponde.


¿Qué proclama? Jesús proclama que Él es el verdadero templo de Dios. Dice: “Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré”. Hay una diferente comprensión de qué es el templo santuario al que se refiere Jesús. Mientras las judíos piensan en el templo terreno con toda su  organización religiosa, Jesús se refiere a su propia persona: “Pero él se refería al santuario de su cuerpo”. La persona de Jesús y todo creyente es el verdadero santuario donde Dios quiere morar. Tocamos aquí uno de los mensajes más hermosos de la antropología cristiana: todo hombre está llamado a ser reconocido como el verdadero templo de Dios. La resurrección de Jesús comprueba esta verdad. Para nuestros días, es necesario volver a descubrir el santuario humano de Dios que es cada persona. Y Jesús denuncia nuestros atropellos, desdenes y violencias que hacemos contra el otro; y al mismo tiempo, nos comunica su propia vida nueva de Resucitado donde Dios habita. No sólo pensemos en los hermosos templos materiales; pensemos en los templos o santuarios humanos que son los demás. A estos templos vivientes hay que respetar, acoger, aceptar, perdonar, reconocer, integrar, amar. Tenemos tarea pendiente.


Un saludo fraterno.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.