Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 21 de septiembre 2014
DOMINGO 25 durante el año
Mes de la Biblia Mes de la Virgen de la Merced Mes de la Patria

 

Textos: 

Is 55, 6-9 "Mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos"
Sal 144 El Señor está cerca de aquéllos que lo invocan
Flp 1, 20-26 Porque para mí la vida es Cristo
Mt 19, 30 -20, 16 "Así los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos"

Partimos recordando que el próximo miércoles 24 de septiembre celebramos la Fiesta de la Virgen de la Merced, inspiradora de la Orden del mismo nombre. Este bello título con que se empezó a invocar a la Madre de Dios está vinculado a la fundación de la familia religiosa de los mercedarios y mercedarias por San Pedro Nolasco en los inicios del siglo trece, 10 de agosto de 1218. Merced en aquel tiempo significaba "misericordia" y se refiere expresamente a la obra de redimir o rescatar cautivos cristianos. De ahí que es más apropiado decir Virgen de la Merced y no de las Mercedes. La gran merced de Dios es el envío de su Hijo para redimir al género humano de la esclavitud del pecado, raíz de todos los males que nos esclavizan. A la Virgen de la Merced le pedimos la liberación interior de esas ataduras o cadenas que nos impiden ser verdaderos hijos e hijas del Padre. Y el pecado adquiere variadas formas en nuestra historia humana y de ahí se desprende la multitud de formas de esclavitud que nos amenazan y la imperiosa necesidad de la redención de Cristo. Preguntémonos qué me está esclavizando, oprimiendo y atando. Una buena confesión sacramental puede ser el inicio de una vida nueva.

Pasemos a la Palabra de este domingo. Con María de la Merced acojamos el mensaje de hoy y emprendamos el camino de la redención de Cristo con renovado compromiso.

La primera lectura del profeta Isaías comienza con una invitación: "Busquen al Señor mientras se deje encontrar, llámenlo mientras esté cerca". Este llamado no es extraño porque el hombre fácilmente se deja seducir por las cosas inmediatas y materiales. Le cuesta abrir la ventana de su corazón al misterio que está más allá de las cosas de este mundo. Con frecuencia encontramos otras expresiones en el mismo sentido: "Levanten la cabeza" o "busquen las cosas de arriba y no las de la tierra" o "busquen el rostro de Dios". Pero ¿para qué buscar al Señor?¿es necesario buscar a Dios? Si lo tenemos casi todo resuelto por nosotros mismos con nuestro admirable progreso tecnológico y nuestro espectacular mundo digital, ¿tendrá algún sentido la invitación del profeta? Se dice que esta sociedad "del conocimiento" no necesita de Dios y que puede prescindir de la religión para organizarse. De hecho, muchos cristianos viven como si Dios no existiera. No faltan intentos por organizar una "sociedad completamente laica", absolutamente humana terrícola. Y si ya no buscamos a Dios ¿quién tiene autoridad para pedirnos un cambio de

comportamiento, una conversión de vida? ¿Acaso puede el hombre puramente natural respetar a su prójimo, perdonar de corazón, construir con sus enemigos? Razón tiene hoy la Palabra cuando nos advierte que los planes de Dios, planes de fraternidad, de dignidad humana, de amor al prójimo, de salvación integral, de liberación del ser humano, no son los planes de los hombres y la historia tiene capítulos trágicos de los planes criminales de hombres contra los hombres. Razón tiene la Palabra al decirnos que los caminos de Dios no son los caminos de los humanos. El Camino es Cristo, el camino de Cristo es el de las bienaventuranzas, de la universalidad y comunión. Los caminos de los seres humanos son simplemente humanos, encerrados en el egoísmo, teñidos de odio, violencias, idolatrías, etc. Cuando buscamos al Señor se nos abre la puerta de una esperanza nueva, de un cambio radical en el corazón y se manifiesta en el fruto del amor, de la paz, del respeto, de la bondad. Tenemos que superar nuestra mirada a ras de tierra para remontarnos a la mirada de Dios y comprender "el camino" por donde Dios quiere llevarnos.

La segunda lectura de la Carta a los Filipenses nos arroja una luz especial basada en la experiencia de un hombre que fue invitado por Dios en un momento particularmente oscuro de su vida. ¿Quién puede decir "para mí la vida es Cristo"? San Pablo puede afirmarlo con toda razón. Él fue atraído por Cristo convirtiéndose de aguerrido perseguidor de los cristianos en apóstol de Jesús. ¿Podrías decir que también "para mí la vida es Cristo"? Pero donde está Cristo hay una constante tironeo interior: o me quedo con Él o me dedico a servir a los demás. ¿Qué es más importante? Falso dilema. El que aprendió a "estar con Cristo" sabe también que debe aprender a "estar con los demás". Todo hacedlo en nombre del Señor, aconseja San Pablo. ¿Cómo resuelves este aparente dilema?

El evangelio de San Mateo nos ofrece la parábola de los trabajadores de la viña. El relato se inicia y se concluye con una enseñanza que no deja de llamarnos la atención: "Muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros" (Mt 19,30) y "Así los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos" (Mt 20, 16). El primer enunciado anuncia el asunto de la parábola de los trabajadores de la viña mientras que el segundo explica lo que sucede. El primer versículo anuncia una inversión, un cambio de valores que no deja de provocar escozor entre los trabajadores. El segundo concluye con una igualdad: los últimos serán primeros y los primeros serán los últimos. De esta manera queda definida la relación correcta del hombre con Dios. Si el hombre quiere proceder con su justicia, hará un contrato con Dios, trabajará por el salario, lo pedirá en justicia y lo recibirá. Pero muestra su insatisfacción al comparar su suerte con su compañero; entonces protesta e insinúa que Dios ha procedido con injusticia, ya que él tiene la idea de la justicia distributiva exigiendo proporción matemática entre trabajo y salario. Con su idea de méritos y derechos este trabajador cae en la envidia y en la mezquindad. En cambio, si el otro quiere trabajar por necesidad propia y por la generosidad del amo que lo invita libremente a su viña, ya no necesita recurrir a la norma de la proporción entre trabajo y salario sino aceptar agradecido la desproporción. Dios no es injusto al ser generoso. Jesús invita a cada uno y reparte según su voluntad. Quien lo acepta debe entrar en la lógica de los valores del Reino de Dios donde no hay proporcionalidad matemática sino regalo inmerecido, igual para todos sin importar la hora de ingreso o las horas de trabajo. Importa la generosidad de Dios que en Cristo nos invita sin merecimiento alguno de nuestra parte.

¿Podrá el hombre moderno redescubrir la gratuidad de la vida y de la fe? Y la vida está llena de gestos de gratuidad impagable pero en el tiempo presente todo se ha reducido a compra, a derecho absoluto, a mezquindad y avaricia. ¿Qué nos está pasando?


Un saludo cordial y hasta pronto.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.