Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 27 de abril 2014
Segundo Domingo de Pascua

 

Textos: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,42-47.
Salmo 118(117),2-4.13-15ab.22-24.
Epístola I de San Pedro 1,3-9.
Evangelio según San Juan 20,19-31.


Año A

El primer y gran llamado que el Señor resucitado nos dejaba el Domingo recién pasado era el de vivir desde la alegría y el gozo. Son de hecho las primeras palabras que Jesús el Cristo dirige a las mujeres cuando en esa nueva condición les invita a vivir un nuevo proceso de discipulado. Pues bien, hoy en el 2º Domingo de Pascua, el complemento a vivir la alegría es cuando se hace desde la paz. La confianza y el apoyo que el corazón del discípulo tiene es aquel que, ya viviendo una vida nueva, concede  a su vez renacer a la esperanza para experimentar también con Él un camino y vida nueva (2 Lectura).


La comunidad apostólica, no es raro que se encontrara encerrada y sumida en la incertidumbre; son las legítimas pretensiones humanas las que ahora cobran relevancia y se hacen notar con más fuerza; el maestro, el personaje que les ha invitado a seguirle y por quien lo han dejado todo, ahora ya no está, incluso más lo han visto morir en la cruz. Con no poco temor y miedo han arrancado, incluso evidenciando la contradicción entre querer dar la vida por el Nazareno y luego viviendo la ausencia o negación del vínculo contraído, se encuentran en una situación de persecución, no sólo de las autoridades religiosas y civiles, sino también esta comunidad vive la persecución y lamento de sus propias conciencias. Es la sensación del fracaso lo que humanamente justifica el encierro y además los deja sumidos en la más profunda incertidumbre en torno al futuro.


Es justamente allí, en la tristeza y congoja, en el lamento y sombría realidad de la comunidad que el Resucitado, atravesando las paredes, les hace madurar la conciencia creyente. Es aquí donde se da la renovación de alegría, pues el primer regalo, el don que les hace Cristo es devolver la serenidad, la paz esté con ustedes. Aquí evidentemente no sólo se les tranquiliza y anima, sino que la nueva vida que la Resurrección del Señor trae es la de la animación cualitativamente distinta. No se trata de un momento de paz simple y caduco, lo que trae Jesucristo es esa paz verdadera y profunda que anima y moviliza. La comunidad de los discípulos ilusamente podría haber compartido algo atrayente si sus fuerzas emanaran de sus propios méritos. Es desde el contacto personal con Cristo que ahora se les hace posible un camino nuevo, alegre y entusiasta.


En la primera lectura nos encontramos con el relato de los Hechos de los apóstoles, se trata de una hermosa perícopa que tantas veces hemos escuchado y quizás acudido a ella para mostrar el modelo del caminar cristiano fraterno. Esta comunidad que acudía asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, que vivían la común unión fraterna y que en la oración y celebración reencantaban su peregrinaje de fe, sólo es posible entenderla desde la dimensión resucitada de Jesucristo. Todo este camino que experimentan los primeros cristianos tiene condición de posibilidad en la vida nueva y en la movilidad que permite el contacto personal con Jesús.


No es casualidad que el episodio que nos relata el evangelista Juan, coloque con preponderancia lo acontecido con Tomás. Vive la incredulidad, pues no estaba presente al momento en que Jesucristo entabla el diálogo con los suyos, de hecho verbaliza la incertidumbre y espera de comprobaciones empíricas “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré. ¿No es acaso la misma incertidumbre y sombría realidad humana que vivían los discípulos momentos antes?  Pues bien, el relato de este Domingo no hace sino confirmar que el peregrinaje de la fe, tanto en la vida de cada uno de los encerrados discípulos, como en la de Tomás, es nutrida, fortalecida y plenificada desde el don de Cristo Resucitado. Sin el regalo de su espíritu no hay camino cristiano, sin su resurrección no hay camino y testimonio posible. Poder decir “Señor mío y Dios mío” no tiene su raíz en convencimiento meramente humano, sino que es realidad en el corazón creyente desde el don y entrega de la paz que ese mismo Señor nos trae.


Que alegría y optimismo podemos vivir este Domingo 2º de Pascua. Nosotros también estamos convocados a hacer este peregrinaje de fe y dejarnos regalar por Cristo. ¿No es también realidad en nosotros vivir sombríos episodios durante nuestro camino? ¿Acaso nunca nuestra fe se ha debilitado llegando incluso a vivir en la incertidumbre respecto de la presencia de Dios? ¿Nunca los problemas y situaciones nos han dejado sin fuerzas? Ánimo y alegría, no desesperar la marcha, Jesucristo hoy nos trae, desde su corazón misericordioso una nueva ruta a seguir y además una nueva posibilidad de recorrerla, su vida en nosotros. Quizás son variadas las instancias donde nuestro corazón y conciencia creyente ha vivido con lagunas e incredulidades, no nos agobiemos hoy el Resucitado nos anima y toma de su mano; hoy cada uno de nosotros se renueva en Cristo. Dejemos que Dios nos transforme e ilumine nuestra vida.


Si bien las lecturas de este Domingo alientan la vida del cristiano, hoy también tenemos motivos de estar muy contentos. Este Domingo es también el Domingo de la Divina Misericordia, donde la Iglesia reconoce con fiesta litúrgica en el mundo entero el verdadero rostro de Dios, el modo como entabla la relación con sus hijos: desde su entrega y donación de amor, desde su misericordia. Además junto con ello, el papa Francisco eleva a los altares a dos santos de la Iglesia moderna, al papa Juan XXIII y a Juan Pablo II. Demos gracias a Dios porque el regalo de la santidad es posible vivirla, es posible caminar y abrazar ese proyecto. No porque el voluntarismo creyente sea de mucho vigor, sino por sobre todo porque hay uno que lo hace posible, Jesucristo resucitado, el que nos trae y regala la paz.


No podemos callar lo que hemos visto y oído, el gran regalo de la vida nueva no es para esconderla. Pidamos a Dios nos haga posible, en su don bondadoso, compartir la vida resucitada, regalar a los demás la “Alegría del Evangelio”.


P. Ramón Villagrán Arias O. de M.