Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 20 de abril 2014
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Textos: Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43
Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.
Evangelio según San Juan 20,1-9.


Año A

Una de las recurrentes imágenes que el Evangelio nos muestra para dar cuenta del modo en cómo Jesús de Nazaret va suscitando el seguimiento es la relación personal que se da a partir de un encuentro decisivo y fundante con Él.  Es ese precisamente el modo original de interactuar que tiene Jesús, el de mirar, hablar, interpelar, invitar; es un tu a tu el que va dando origen a una nueva comprensión creyente en los discípulos. Es claro que la primera comunidad en torno a Jesús, no se configura desde una idea o un buen programa de promesas: se responde al “sígueme” o “ven y verás”.  Teniendo esto en consideración, es curioso que hoy, Domingo de Pascua, donde toda la comunidad cristiana celebra la Resurrección del Señor, la liturgia de la Palabra nos coloque como texto central  el relato de Juan 20, 1-11. La manifestación de Jesús como el Cristo glorioso y victorioso, no se da primeramente en el encuentro personal con éste que atraviesa paredes y regala la Paz, sino más bien en una realidad inesperada.


Un “signo” de la victoria de la vida sobre la muerte es la nueva condición que vive el Nazareno, es la novedad frente a lo que estaba o debía estar muy bien fijado. Es un sepulcro sin contenido. Sabemos muy bien por el relato evangélico que la intención de la Magdalena es ir al sepulcro no sólo a llorar al amado, sino a cumplir con los acostumbrados ritos para el amortajado. No es extraño que esto sucediese, pues era claro que el cuerpo tenía que ser custodiado y preparado por los suyos; lo novedoso acontece cuando los ojos y la impresión de María Magdalena es tan grande que echándose a correr da cuenta que algo ha pasado, el cuerpo de Jesús ya no está donde debía estar, ni las cosas en su lugar como previsto. Algo le han hecho. Es claro que la conciencia creyente de esta seguidora, que se complementa con la de los discípulos que corren a verificar la noticia, está aún en espera de la plenitud que trae el Cristo.


Una de las primeras ideas que podríamos reflexionar en este Domingo de Pascua es el entender que la Resurrección de Jesucristo es y se vive desde la novedad. La vida que recobra Jesús de partida se entiende desde su ser Cristo, ungido por el Padre. Es una nueva perspectiva de relación que nos invita a establecer el Señor con Él. Es aquí donde la promesa y la invitación al seguimiento cobre verdadera relevancia, pues es en la Resurrección desde donde se mira de modo más claro y coherente el haberlo dejado todo por este que apareció en Galilea. Es en la resurrección donde cobra sentido de eternidad el esfuerzo y despliegue de todo el trabajo humano. Los discípulos y por cierto nosotros, discípulos también de Jesucristo, hemos sido convocados a un proyecto de vida nuevo. No es más de lo mismo lo que nos promete Jesucristo, es novedad gratuita la que se nos regala.


La resurrección entendida y vivida desde la novedad es y puede ser en nuestros días un gran impulso renovador de la cotidianidad. No se trata de ser ingenuos ni ilusos el pensarlo así. Es cierto que hoy por hoy, en muchas realidades humanas es difícil pensar la novedad, cuanto más difícil se hace colocar la esperanza como reflejo de vida. Son no pocos los lugares y espacios donde el sepulcro de la muerte tiene contenido y podredumbre de la corrupción, del pecado, de la miseria. El mal olor de la muerte es una realidad en nuestros días, y en eso hemos de estar atentos para no dejarnos estar, ni mucho menos llevar por ello desde la complicidad. Cada uno sabe donde pueden estar esos sepulcros cerrados y mal olientes, y si no es así, basta que miremos nuestra realidad personal y social y determinemos cuantos signos de muerte podemos elencar. Es aquí donde el Domingo de Pascua nos levanta y entusiasma con nuevos bríos. Es justamente aquí donde la Resurrección renueva el sentido de la vida, pues nos trae la certeza que la muerte no es la última palabra, no es la última condición que nos aguarda. El creyente, el cristiano sabe y está invitado a vivir desde la certeza que hay un nuevo cielo y una nueva tierra.


Otro elemento que se podría rescatar en este domingo de gozo y alegría es la reacción de los discípulos. De modo particular detengamos la mirada en aquello que nos dice el versículo 8: “entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó


Es cierto que Pedro como también éste discípulo amado corren a ver lo que ha pasado, no se quedan esperando una certificación formal o institucional que les revele lo sucedido. Ellos, seguidores de Jesús, van a ver lo que ha pasado. Sin embargo hay uno que se mueve con mayor fuerza y decisión, es el discípulo a quien Jesús quería el que toma la delantera, no obstante llegar primero respeta a Pedro y lo deja entrar, pero es él quien ve y cree. Es el discípulo movido por el amor el que es capaz de reconocer lo acontecido.  Pues es claro, como también nos recuerda Von Bathasar en su obra, “sólo el amor es digno de fe”. No sólo Dios en su realidad de amor propicia la confianza y entrega, sino que siendo amor y regalándose como tal es capaz de suscitar la fe, la espera confiada en aquello que el maestro había dicho. El discípulo del amor no es el que espera como Tomás que Jesús le muestre las llagas y le diga que es Él. A éste le basta recordar lo prometido y dar sentido a su vida. Ve y cree

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Que este día de fiesta no sólo para nosotros los cristianos católicos, sino para el mundo entero, sea una oportunidad para dar sentido a nuestra vida desde el amor. A poder vivir desde la confianza y espera. En muchas ocasiones lo que nos mueve e interpela son resultados y verificaciones a lo cual cabe sólo  la obediencia docente, hoy sin embargo,  en el día del triunfo del amor, Jesús nos invita a dejarnos mover por Él, a creer desde el sentido nuevo de su vida. Veamos cómo Dios actúa y no esperamos para saber que no se ha ido, que no se lo han robado. Sino para comprender que Él ya no está vendado y en la inmutabilidad de la muerte, sino en movimiento y compañía del amor. La de Resucitado.


Hermanos, que nuestro correr no sea para comentar la impresión sin contenido, corramos como los discípulos del evangelio a comunicar que el Señor no está muerto, está vivo en medio del mundo. Corramos a comunicar que el Señor nos devuelve la vida y que no podemos sino vivir desde la alegría que nos trae la buena noticia, desde la “Alegría del evangelio”.


P. Ramón Villagrán Arias O. de M.