Comentario Religioso dominical

COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 23 de febrero 2014
SÉPTIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO

Textos  Levítico 19, 1-2. 17-18: Sed santos, porque yo soy santo.
Salmo 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1Corintios 3, 16-23: Sois templos de Dios y el Espíritu habita en vosotros.
Mateo 5, 38-48: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

                 
Podemos recordar un texto del Concilio Vaticano II cuando afirma: “Para todos, pues, está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano. Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo Harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos” (Constitución Lumen Gentium, n.40).

En este domingo la Palabra de Dios nos envuelve en una atmósfera tan distinta a nuestro ambiente que resuena a cada momento la invitación a contemplar el misterio de la santidad de Dios. Dios es el único santo y todos los creyentes quedan invitados a entrar en el santuario de un Dios santo, inmaculado, perfecto, transparente y trascendente. La más alta cumbre a la que estamos llamados no son los éxitos y perfecciones puramente mundanos, nuestros oropeles de barro, sino a la entrada en el misterio de Dios Santo cuya belleza contemplaremos eternamente, la misma que ya resplandece en el rostro de Jesucristo, el Hijo de Dios. Veamos, pues, el mensaje de esta Palabra de Dios.

La primera lectura está tomada del tercer libro del Pentateuco, el Levítico, concretamente de la cuarta sección llamada La ley de santidad, capítulos 16 a 26. Para este libro la santidad es uno de los atributos esenciales del  Dios de Israel; de esto se desprende la separación, el sentido de  inaccesibilidad y el de una trascendencia que inspira religioso temor. Esta santidad se comunica a todo lo que está cerca de Dios, principalmente en el culto, razón por la cual es necesaria la “ley de pureza”. El texto de hoy centra nuestra atención en la invitación inicial: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo”. Así se describe la meta que todo creyente intentará conquistar todos los días. Fijémonos que la invitación se dirige “a toda la comunidad de los israelitas”. Los dos versículos finales interesan porque vinculan la santidad con el amor al prójimo: “No odies en tu corazón a tu hermano…no te vengarás ni guardarás rencor…amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Hagamos nuestra esta invitación y no dejemos de responder como “comunidad cristiana” a este imperativo bautismal que a todos nos compromete.

La segunda lectura sigue en la misma orientación indicada por el Levítico. San Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que todos son miembros del cuerpo de Cristo: “Vosotros sois ese templo de Dios” porque “el Espíritu de Dios habita en vosotros”. La comunidad cristiana es el  templo de la nueva y eterna alianza, construido por cada bautizado como “piedra viva” del único edificio espiritual que es la Iglesia. Toda la Iglesia es de Cristo, es decir, pertenencia del Señor y por tanto, todos son de Dios. Pero es importante sobre qué cimientos se edifica este templo espiritual. El Apóstol advierte una doble forma de edificar el templo vivo de Dios: una forma es la de los evangelizadores que edificaron con la sabiduría del evangelio, dando solidez a la fe; otros, han edificado sobre materiales que no resisten en la pruebas o simplemente los que se dedican a destruir la Iglesia. ¿Cómo se destruye la comunidad? Cuando el cimiento ya no es Jesucristo, la piedra angular de la fe, y se forman grupos diversos cada uno con la pretensión de tener la verdad del evangelio. Los enemigos del pueblo de Dios están dentro del mismo y son los malos cristianos en cualquier estado de vida en que se encuentren.

El evangelio de San Mateo, tomado del Sermón de la Montaña, es una luz esplendorosa en el camino del cristiano, discípulo llamado a ser santo según Dios. En estos diez versículos 38 – 48 se nos proponen cosas demasiado serias como para pasarlas por encima. La fórmula que emplea el Señor, “Habéis oído que se os dijo…. Pero yo os digo”, señala la novedad de la propuestas de Jesús. Ya hemos dicho que estamos ante el Programa de vida de quienes acogen el Reino de los Cielos. Y un programa nos remiten a un plan o proyecto de vida que cristianamente podemos abrazar y vivir. Jesús nos ofrece un “sencillo manual básico del seguimiento” que espera de nosotros. ¿Qué nos dice hoy el Señor?

De la ley del talión (Ex 21, 24-25) a la nueva justicia del Reino. Aquella norma ya era un fenomenal progreso en las relaciones humanas ya que proponía limitar la venganza desmedida y buscaba una justa proporción entre falta y castigo. Pero Jesús nos propone: responder al mal con la fuerza del bien, romper la dinámica de la venganza que genera y sostiene un espiral de violencia. Lo que se nos propone nunca ha sido fácil ni automático; hay armarse de un enorme coraje y convencimiento que sólo la ley nueva del perdón y del amor a los enemigos puede cortar la triste historia de la violencia humana. Esto significa “construir la paz” y practicar la auténtica generosidad, ambas tareas nada fáciles. Es una tarea de cada día y de todos los días. Vivir en paz de cementerio es una grande tentación; aceptar, por el contrario, que la paz se edifica en el encuentro con el otro, en diálogo, en cercanía y aceptación, en incomprensiones y rechazos, etc. es el ámbito de la “nueva justicia del Reino”.

Edificar una vida desde el amor al prójimo a una fraternidad universal. Los discípulos de Jesús están invitados a establecer unas relaciones basadas en el amor al prójimo sin restricciones de nación, raza, lengua, condición, cultura, bienes, etc. El Antiguo Testamento nos habla del amor al prójimo pero era un amor restringido a los de la raza o pueblo. Jesús lleva el mandamiento al extremo: el enemigo también es mi prójimo. Por eso hay que amarlo y orar por él. No se te pide que este amor sea sentimental sino de acción: hay que hacerle el bien siempre y renunciar a todo acto que implique provocarle un daño. El aspecto emocional nos deja enganchados y por eso no somos capaces de ir más allá y vivir este amor extremadamente bello y exigente que nos pone Jesús.

Revisemos nuestro modo de actuar y no nos quedemos sólo en lo que “sentimos” frente al enemigo que nos ha perjudicado o dañado. Jesús quiere llevarnos a la actitud del Padre Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos, sin distinción. ¡Ánimo! Todo lo puedo en Aquél que me conforta, decía el Apóstol. Tarea no nos falta.

Una bendición de Dios para todos. Hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.