Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
3° DOMINGO DE ADVIENTO
15 de Diciembre de 2013

Isaías 35, 1-6a.10
Salmo 145
Santiago 5, 7-11                                                                                                                                                                           
Mt 11, 2 -11

Este tercer domingo de Adviento nos  quiere contagiar con un llamado a actitudes bastante importantes para la vida humana y cristiana como la esperanza y la alegría, la fortaleza, la paciencia, el buen ánimo, la constancia. Todas son actitudes que forman parte del “camino cristiano” y apuntan a la espera del que viene a nuestro encuentro. Estos valores no son extraídos de un tratado de moral ni de filosofía, aunque pueden hallarse en ellos también. Su fuente de inspiración es la Palabra de Dios, siempre abundante y nutritivo sustento para la fe del cristiano peregrino de lo eterno en medio de lo temporal y pasajero.

La primera lectura de este domingo está tomada del llamado “primer libro de Isaías”, capítulos 1 al 39. Nuestro texto de hoy está traspasado por el clima de la esperanza de la salvación, porque “Dios viene en persona a salvarnos”. La imagen simbólica que acompaña el mensaje profético es muy elocuente: florecerá el desierto y la estepa, habrá gozo y gritos de júbilo. Así será también cuando aparezca la gloria de Dios en nuestra tierra.

Las manifestaciones de esta “gloriosa presencia” son extraordinarias: los ciegos verán, los sordos oirán, los cojos saltarán, el mudo gritará de júbilo y todo esto culmina cuando “los redimidos de Dios volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, precedidos por la alegría eterna, seguidos de regocijo y alegría, la tristeza y el llanto se alejarán”.

Nuestro compromiso no es menos importante: fortaleced las manos débiles, animar a los de corazón inquieto, Dios vendrá y nos salvará. Se trata pues de una presencia de Dios que cambia actitudes, crea un mundo nuevo, abre horizontes y espacios de liberación. Es obra suya, es Él el autor de este proyecto salvador. Es bueno no olvidarlo, porque muchas utopías humanas chocan con la realidad de nuestro mal, incoherencia, infidelidad, etc. El Señor tiene poder para salvarnos y es garante de su propio y libérrimo plan de salvar nuestra historia introduciéndose en ella, desde lo más hondo. Dios “se hace hombre”, entra en la hondura de nuestra historia asumiendo nuestra condición humana, menos el pecado.

La segunda lectura, muy breve pero sustanciosa, tomada de Santiago, es una oportunísima exhortación, siempre vigente y necesaria: esperar con paciencia la venida del Señor. La imagen del  agricultor sirve para precisar lo que significa tener paciencia. La paciencia es la capacidad de saber esperar, de no desesperar o, como dice Santo Tomás de Aquino, de arrancar de raíz la turbación causada por las adversidades que quitan el sosiego del alma. La paciencia nace y se sostiene en el amor de Dios y al prójimo y consiste en permanecer confiados aún en medio de las pruebas que nos ofrece la vida misma.

El evangelio de San Mateo continúa ofreciéndonos como protagonista al Precursor del Mesías, Juan Bautista. El domingo pasado se nos ofrecía una fisonomía del último de los profetas del Antiguo Testamento y en este domingo se nos presenta al Bautista en relación a Jesús aunque desde la cárcel de Maqueronte, como consecuencia de su autenticidad profética. Desde este lugar Juan Bautista envía emisarios a Jesús: “¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de espera a otro?” es la consulta de los enviados por Juan.

¿Cómo entender esta inquietud de Juan? Lo primero es que el a Juan no le cuadra el tipo de Mesías que él esperaba, el del juicio severo para castigar a los pecadores, con lo que ha oído que hace Jesús. Lo que escucha de él no concuerda con sus expectativas. La pregunta por lo tanto indica desconcierto, duda y sinceridad. Si pregunta es porque el ministerio de Jesús no corresponde a lo que él había imaginado que fuera. Hay desconcierto.

En el fondo de esta situación vivida por Juan se esconde una manera también de comprender la acción de Dios. Espera un Dios justiciero y despiadado, severo y drástico en su juicio, que desencadena su cólera contra los pecadores y que hará desaparecer todo mal aquí en la tierra. Dios, para Juan, tiene que cumplir con su juicio implacable y su castigo es inminente. No es extraño que nos sintamos tan en sintonía con Juan, porque también nosotros somos un poco como él. Incluso hay mucho creyente bien intencionado, bastante piadoso, que no deja de sentir la incomodidad ante la acción de un Dios misericordioso y compasivo. Dios parece “no tener mano firme” sino demasiado blanda piensan muchos.

“Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo” es la magnífica respuesta del interpelado Jesús. Ya hay aquí una lección estupenda porque Jesús no responde definiendo su mesianismo ni satisface la inquietud si es o no el Mesías esperado. Por el contrario, invita a agudizar dos sentidos clave en la vida humana: ver y oír. Hay que ver las obras que Jesús realiza y escuchar lo que Jesús anuncia. He ahí la clave para saber si Jesús es el Mesías esperado. Palabras y milagros, anuncio y acciones, palabras y hechos, en Jesús son manifestaciones de su poder salvador.

Lo que está aconteciendo gracias a Jesús es magnífico. Es lo que había anunciado el profeta Isaías como signos de la presencia definitiva de Dios entre los hombres: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. En lugar de castigo, que era lo que Juan esperaba del Mesías, hay un río incontenible de misericordia hacia los pecadores representados en estas situaciones de limitaciones y enfermedades. En estas situaciones humanas se describen las opresiones, sufrimientos y limitaciones que sobrellevan hombres y mujeres en esta tierra. Jesús, el Mesías, crea un espacio donde se experimenta el amor divino como sanación, vida, liberación, esperanza.

Que el Adviento nos ayude a comprender mejor el camino de Jesús cada día. Un saludo cordial y hasta la próxima si Dios quiere.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.