Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
2° DOMINGO DE ADVIENTO
08 de Diciembre de 2013

Génesis 3, 9-15.20
Salmo 97
Efesios 1, 3-6.11-12
Lucas 1,26 – 38


El Señor siempre nos depara sorpresas reconfortantes en nuestro camino de peregrinos del Reino. Hoy, segundo domingo de adviento, cuando encendemos la segunda vela de la Corona de Adviento, tenemos la posibilidad de celebrar la hermosísima solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Es una ocasión particularmente intensa para los católicos. Estamos culminando el Mes de María, habrá procesiones o peregrinaciones en honor de la Madre de Dios y habrá especial afluencia a los santuarios como la Virgen del Cerro San Cristóbal de Santiago o la más impactante concurrencia religiosa al Santuario de la Purísima de Lo Vásquez.

¿Qué relación puede haber entre el tiempo de adviento y María? Dice la Exhortación Apostólica Marialis cultu del recordado Papa Pablo VI: “Así, durante el tiempo de Adviento, la liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen – aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación radical a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia, “llena de juventud y de limpia hermosura –“, sobre todo en los días 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor” (MC 3).

Decir María es decir adviento, es decir espera en esperanza. Ella es la figura y modelo único e irrepetible, de tal modo que el tiempo de María es el tiempo de adviento, porque todo se comprende desde el verdadero núcleo central: Cristo y su misterio de salvación, es decir, la pascua del Señor. Todo el misterio cristiano gira en torno a este eje central en el que María tiene un lugar destacadísimo.

Esto se hace realidad en los textos bíblicos que la Iglesia  nos propone para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

La primera lectura de hoy, tomada del primer libro de la Biblia, nos sitúa en el ámbito del complejo y profundo capítulo 3 que se conoce como “La caída”. Dentro de una simbología se describe el proceso humano de la tentación que busca apartarse del mandato divino bajo la ilusión de que transgrediendo el mandato “se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”. Consumado el acto de desobediencia “se les abrieron a ambos los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos”, es decir, se dan cuenta de una manifestación del desajuste introducido por el pecado en la armonía y el orden de la creación. No obstante, el hombre debe responder junto a su mujer de esto que han realizado, a saber, de su desobediencia cómplice. Ya es un signo del desorden el que ninguno reconozca su responsabilidad y tienda a echar la culpa a otros. ¿Cuál es el mensaje central de esta primera lectura? Es el llamado “Protoevangelio” o primer anuncio del evangelio, el versículo 15 donde se señala la enemistad radical entre la serpiente y la humanidad dejando entrever la victoria final de ésta sobre aquella. Tal victoria se logrará a través de un descendiente de la mujer. Es el sentido mesiánico de este texto. Junto al Mesías va incluida la madre y de ahí la interpretación mariológica de este pasaje bíblico.

La segunda lectura es una elevada contemplación de las maravillas o bendiciones que brotan del corazón agradecido de San Pablo. La liturgia de hoy no puede ser otra cosa que una gran bendición y acción de gracias por los beneficios que Dios nos ha prodigado por puro amor. El plan divino de la salvación es una obra admirable de Dios que “por estar unidos a Cristo, nos ha colmado de toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos”. La primera bendición es el haber sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo para que vivamos sin defecto alguno en el amor. Y esto se traduce en la “vocación a la santidad”. La segunda bendición: el ser hijos adoptivos del Padre por medio de Cristo, por pura gracia suya y destinados a darle gloria. ¡Cuánta gratitud y alabanza puede hoy brotar del corazón del cristiano que contempla el inmenso amor de Dios manifestado en Cristo y en María, su Madre, precisamente para que alabemos su gloria eterna!

El evangelio de San Lucas es el conocido relato de “La Anunciación”. El texto está lleno de reminiscencias del Antiguo Testamento, ya que la historia de la salvación es una sola. El sexto mes se refiere a la concepción de Juan en el vientre de Isabel. El saludo del ángel Gabriel es significativo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Esta invitación a la alegría se refiere al gozo mesiánico y está motivada por la venida de Dios entre su pueblo como lo anuncian los profetas. La expresión “Llena de gracia” literalmente significa “tú que has estado y sigues estando llena del favor divino”, que es propiamente una vida santa.

La respuesta de María al inmenso saludo de Gabriel es el temor: “Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo”. No se trata del miedo que sintieron nuestros primeros padres frente a Dios después de haber desobedecido. Más bien, es la serena y humilde actitud frente a la realidad divina que se manifiesta. Es la reacción humana de un alma pura enfrentada a una inesperada misión. María recibe una palabra inesperada y expresa su humana reacción; así abre el espacio al diálogo con el ángel Gabriel y expresa su condición humana ante la propuesta divina. Dios siempre quiere abrir ese espacio de encuentro, de cercanía y amistad para establecer un diálogo, cargado de amor y benevolencia con su interlocutor.

Que la Inmaculada Concepción de María nos permita vislumbrar esa misteriosa realidad que se nos abre a través de su Hijo, Cristo el Señor. Que contemplemos la magnífica obra de Dios realizada en esta “esclava del Señor” que deja espacio en su vida real para pronunciar una respuesta extraordinaria: “Hágase en mí según tu palabra”. Es la quinta esencia del acto de fe.

Hasta pronto, que Dios les bendiga. Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.