Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo  24 Noviembre
TRIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO
NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.
CLAUSURA DEL AÑO DE LA FE.

Textos:  Segundo Libro de Samuel 5, 1-3                                                                                                                        
Salmo 121, 1-2. 4-5                                                                                                                                                   
Carta a los Colocenses 1, 12-20                                                                                                                                           
San Lucas 23, 35-43


                  Las lecturas de este domingo van en consonancia con la fiesta de Jesucristo, Rey de Universo, pues nos hablan de la figura del rey. Con este domingo se cierra el año litúrgico del 2013 y se prolonga este cierre en la última semana, previa a la apertura del Nuevo Año Litúrgico 2014 con el primer domingo de Adviento.


                  El año litúrgico se refiere al tiempo que la Iglesia consagra al “sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, de la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que llamó “del Señor”, conmemora su resurrección que una vez al año celebra también junto con su santa Pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua”. El núcleo del Año Litúrgico es el misterio de Cristo “desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor”. Su objetivo es que la celebración de los misterios de la Redención “abra las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación”(Constitución Sacrosanctum Concilium 102).


                  El Año Litúrgico que gira en torno a los misterios de Cristo también señala el vínculo estrecho e indisoluble entre Cristo y la Bienaventurada Virgen María en la obra de la redención humana y alaba la obra de Dios realizada en la humilde servidora de Nazaret. Igualmente el año litúrgico hace recuerdo de los mártires y de los demás santos como excelentes frutos de la gracia redentora de Cristo.


                  Sin embargo, todo el ciclo celebrativo tiene como centro la celebración del misterio pascual cada ocho días en el día Domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor, y den gracias a Dios. El domingo es la fiesta primordial y ningún otra celebración puede reemplazarlo.


                  Pasemos ahora a las lecturas de este domingo último del año litúrgico, Ciclo C.


                  La primera lectura del segundo libro de Samuel nos remite a un episodio histórico que tiene como protagonista a David que se sitúa entre los 1010 a 970 antes de Cristo. La escena se refiere a la consagración de David como rey de Israel: “Tú apacentarás a mí pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel” expresa la convicción de los ancianos de Israel que ungen a su rey, cumpliendo la voluntad de Dios, manifestada ya en tiempo del primer rey de Israel, Saúl. En esta promesa y en este acto de unción davídica no podemos dejar de comprender el sentido de la realeza de Cristo, verdadero Rey Universal.


 cristiano compuesto por estrofas y que celebraba el papel de Cristo en la primera y la nueva creación. Está situado aquí en el contexto de una acción de gracias al Padre “que nos hizo capaces de participar en la luminosa herencia de los santos”. La luminosa herencia es la salvación que en otro tiempo estuvo reservada a Israel y que ahora son llamados también los gentiles o paganos. Los “santos” son los cristianos, llamados desde ahora a vivir en la luz de la salvación que nos ha traído Cristo. Es el Padre que “nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo querido, por quien recibimos la redención, el perdón de los pecados”. Esta es la introducción al Himno Cristológico.


                  ¿Qué se nos dice sobre Cristo? Jesucristo tiene la primacía sobre todas las cosas porque es “Imagen de Dios invisible y Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra”, de tal manera que nada de este mundo “visible” y nada de las cosas “invisibles” está sobre él. Todo, absolutamente todo, le está sometido “porque todo fue creado por él y para él” ya que el Verbo o Palabra que estaba junto a Dios y era Dios, nos dice San Juan. Conclusión: “Él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia”. De esta manera San Pablo rechaza ciertas tendencias en los fieles de Colosas a considerar los ángeles y otras realidades invisibles como más importantes que Jesucristo.


                  La segunda parte de este antiguo himno cristológico desarrolla, a partir del verso 18 el primado de Cristo en la historia de la salvación que se continúa a través de su Iglesia: “Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia: es el Principio, el Primogénito de entre los muertos”. Es Cristo “el primer resucitado”, es la primicia de redención, es la plenitud de la vida divina, es el que tiene la prioridad en el tiempo. Todo se resume en la paz que Cristo nos ha obtenido: “Y reconciliar por él y para él todas las cosas”. Cristo ha puesto en paz a los hombres con Dios Padre y a los hombres entre sí, al redimirnos de la causa de la enemistad, el pecado.


Finalmente una palabra sobre el evangelio de San Lucas. Se nos propone un fragmento del relato de la pasión de este evangelio. Ya nos resulta llamativo que para celebrar esta fiesta de la realeza de Cristo se nos narre un pasaje en que lo encontramos en la cruz, próximo a su muerte y en medio de burlas de cuantos le rodean. Precisamente es aquí donde se marca la diferencia con respecto a nuestra concepción humana de la realeza; en la cruz Jesús rompe con las expectativas mesiánicas de muchos. El pueblo observa, las autoridades actúan junto a los soldados y los malhechores crucificados con Él. Todos ellos se burlan de Jesús, de su condición de Mesías; sólo hay uno, el llamado “buen ladrón” que se enfrenta con su compañero y defiende la inocencia de Jesús. Todas las burlas echan en cara a Jesús el que ha venido a salvar y no es capaz de salvarse a sí mismo. Recibe diversos títulos: “Mesías de Dios”, “elegido” y “rey de los judíos”. Quienes los pronuncian expresan un insulto sarcástico, una ofensa cruel. Pero el “buen ladrón” pone la nota distinta en este panorama. Tres cosas dice y hace: reconoce la propia culpa, declara la inocencia de Jesús y pide ser tenido presente en su reino. Desde la fe y el reconocimiento de su situación brota la súplica. Jesús responde con un gesto y palabras que resumen la misericordia de Dios y la salvación del pecador.


Hasta la próxima semana si Dios quiere. Que el Señor le bendiga y acompañe.


                                   Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.