Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 10 Noviembre
TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO – EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Segundo Libro de los  Macabeos 7, 1-2. 9-14;
Salmo 16, 1.5-6.8.15;
Segunda lectura: Segunda Carta a los Tesalonicenses 2, 16-3;
Evangelio: San Lucas 20, 27-38.

Este domingo nos pone ante una de las aspiraciones más profundas del ser humano como es el anhelo de vivir para siempre. Sin embargo, la realidad de la muerte no se puede esconder, está siempre en nuestro horizonte. ¿Cómo superar esta paradoja existencial? Sólo desde una radical adhesión a Dios, es decir, mediante la fe. Y quien dice fe, dice confianza, certeza, no en si mismo sino en el Señor, porque Dios  no nos ha creado para la muerte, lo que equivale a decir que Dios no ha hecho la muerte, sino que nos ha creado para la vida. La última palabra sobre nosotros no la tiene la muerte sino la vida que Dios nos promete. Es cierto que la proclamación de esta verdad aparece en los escritos tardíos del Antiguo Testamento y que Jesús ha hecho de ella una realidad completamente central. Esta es la clave de la Palabra de Dios de este domingo.

La primera lectura de hoy está tomada del segundo Libro de los Macabeos y revela el conflicto que viven los judíos fieles a su Ley y tradiciones frente a la presencia de la cultura griega que se acentúa con las conquistas de Alejandro Magno  en el 331. Con la presencia de los soldados griegos vienen el comercio, las artes, los deportes, es decir, una nueva cultura y estilo de vida. Es en este ambiente en que debemos situar el texto de la primera lectura.

La historia de los siete hermanos con su madre, muriendo con la esperanza en la vida futura, presenta cierto paralelismo con el ejemplo que los saduceos proponen a Jesús en orden a ridiculizar la creencia en la resurrección, como aparece en el evangelio de hoy. ¿Qué enseña este episodio histórico que se relata? Por cierto se resalta la lealtad y fidelidad a la Ley de Dios en medio de la persecución. Y también el valor expiatorio de los sufrimientos del justo y la esperanza de la resurrección. “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su Ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”, dice el segundo de los hijos.

Leer esta historia es importante porque siempre la fidelidad a Dios, a su Palabra, a la Iglesia, no será fácil. Permanecer en Cristo, fielmente unidos a Él, requiere mucha valentía y fortaleza, sobre todo, cuando la sociedad donde vivimos es cada vez más secularizada, es decir, más distante e incluso indiferente a la fe en Dios.

La segunda lectura de hoy nos hace una sana y oportuna advertencia: los cristianos tenemos que aceptar que hay enemigos de la cruz de Cristo, enemigos de la fe. Aceptarlo es no pecar de ingenuidad. No buscamos hacernos de enemigos sino que la verdad y la justicia no son acogidas por todos. Ante ello es comprensible la invitación del Apóstol: “Orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga propagándose y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos, porque no todos comparten la fe”. Recordemos la advertencia de Jesús cuando dice que los envía como ovejas en medio de lobos o que hay  que ser puros como las palomas y prudentes como serpientes. El cristiano vive con los ojos bien abiertos y no necesita caer en visiones catastrofistas ni angustiantes. “Tengan confianza yo he vencido al mundo”. ¡Qué bien nos hace recordarlo siempre!

El evangelio nos narra un encuentro de Jesús con otro grupo importante de la sociedad judía de su tiempo: los saduceos. Es ocasión para una cuarta enseñanza de Jesús en el templo: la resurrección de los muertos. La forma como nos ha llegado esta enseñanza es la de una controversia que tanto San Lucas como San Mateo siguen fielmente a San Marcos. Éste indica que los saduceos plantean la pregunta a Jesús con mala intención y San Lucas señalan que son opositores a Jesús. En el texto del evangelio de hoy sólo se indica que son personas que niegan la resurrección y con ello otros elementos como el juicio y vida del mundo futuro.

Los interlocutores de Jesús se refieren a una normativa de la Ley Mosaica. Lo artificioso es que la situación que prevé la Ley se dé con siete hermanos y de la misma manera. Todos mueren sin dejar hijos y al final también muere la mujer sin hijos. La pregunta ¿de quién sería esposa la mujer? ¿de los siete hermanos difuntos? La respuesta apunta a decir que la misma Biblia afirma que no existe resurrección. Así piensan y razonan los saduceos que pretendían ser intérpretes únicos de la Ley de Dios.

La respuesta de Jesús abarca dos aspectos: afirmación de la enseñanza tradicional judía acerca de la resurrección y una prueba de la Escritura presentada como enseñanza de Moisés. “Los hijos de este mundo toman mujer o marido pero los que lleguen a ser dignos de tener parte de aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido; ni pueden ya morir, porque son como ángeles y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección”. En esta respuesta de Jesús se percibe la mirada tradicional judía: hay una vida temporal y una vida después de la vida temporal en la que el judío sigue viviendo en una tierra nueva con abundancia de bienes y ausencia de sufrimiento. Este segundo estado lo alcanzan los justos, los hijos de Dios.

El argumento de la Biblia que Jesús recuerda es la referencia a la zarza ardiendo de Moisés. Y Dios, que es Dios de los patriarcas, no puede ser un Dios de muertos sino de vivos. Los patriarcas son personas justas y participan ya de la vida del nuevo tiempo, son hijos de Dios y ya no mueren.
Creo en la resurrección de los muertos, creo en la vida eterna, constituye una afirmación cristiana fundamental pero cuyo sentido y fuerza nace de la experiencia de Jesús, el Resucitado. Y esta es la buena nueva evangélica: Cristo ha resucitado. Esta novedad cristiana involucra no sólo a los justos y buenos como pensaba la mentalidad judía sino a todo hombre. Esta vida resucitada no es premio sino participación y comunión con el Resucitado mediante la fe, la esperanza y el amor.

Hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.