Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 27 de octubre
TRIGÉSIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO 

Ciclo C

Primera lectura: Eclesiástico 35, 12-14. 16-18;
Salmo 33, 2-3.17-19.23;
Segunda lectura: 2Timoteo 4, 6-8.16-18;
Evangelio: San Lucas 18, 9-14

                  San Lucas nos ha transmitido tres parábolas principales acerca de la oración que hemos saboreado en estos domingos del ciclo C del año litúrgico. Las tres tienen una intencionalidad que nos vincula con la vida y práctica de la oración cristiana. La primera parábola es la  del amigo inoportuno con la cual se nos invita a una oración insistente: “Llamad y se os abrirá” (Lc 11, 5 -13). La segunda se refiere a la viuda importuna y con ella se nos invita a orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 1-8). Y, la tercera es el evangelio de hoy, la oración del fariseo y del publicano: “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador”(Lc 18, 9-14).


                  La primera lectura del Libro del Eclesiástico nos introduce ya en el tema central del evangelio de hoy. Dos son las afirmaciones del texto: por una parte, Dios es juez justo que no se fija en el prestigio de las personas ni en su categoría social. “Dios no hace acepción de personas”, es decir, su juicio es soberano y absolutamente veraz. Y la segunda se refiere a una verdad de porte de un buque: Dios se inclina benévolamente hacia el pobre. Y en esta categoría central de la Biblia se incluye una gama de personas que viven situaciones aflictivas como oprimidos, huérfanos, viudas. Pero también se nos enseña que la plegaria de quien sirve de buena gana al Señor y al prójimo “sube hasta las nubes”, es decir, el lugar donde habita Dios. Es también la oración de los humildes de la tierra que llega a Dios, oración persistente hasta que el Señor “juzga a los justos y les hace justicia”. De esta manera hay un doble movimiento: de Dios al hombre en situaciones de aflicción y del hombre al Señor, vislumbrando un diálogo, un encuentro entre ambos, entre lo divino y lo humano que tiene como efecto la justicia que Dios quiere establecer en la tierra, la justicia del Reino.


                  El final de la segunda carta del apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo es la segunda lectura de hoy. El prisionero por Cristo usa dos imágenes sugerentes para expresar sus esperanzas. Por una parte, “el ser derramado en libación” recordando que en los sacrificios se derramaban libaciones de vino, de agua o de aceite sobre las víctimas que eran sacrificadas. Luego la referencia “al momento de mi partida” como algo inminente plantea el sentido que puede tener esta “partida”. Algunos piensan que el Apóstol se refiere a su muerte inminente; otros señalan que se refiere a la liberación de la prisión en que está, lo que le daría sentido a las expectativas optimista de Pablo de volver a sus tareas misioneras. Otra imagen es del mundo deportivo para indicar que ha permanecido en la carrera llegando a la meta manteniendo la fe de obtener el premio que les está prometido a todos los corredores en las lides de la fe, los cristianos fieles y perseverantes. Los recuerdos personales de su comparecencia en el tribunal sirven para poner de relieve las dificultades vividas por Cristo con quien se asemeja pues ha sido abandonado por todos. El Apóstol sabe que el Señor no le ha abandonado y esto es motivo de firmeza y fidelidad hasta el fin. Hermoso testimonio de Pablo para nosotros cristianos tímidos y llenos de temores frente a una realidad que nos apunta con el dedo en nuestras flaquezas en la fe y en el testimonio.


                  Pasemos al evangelio de San Lucas. Dos tipos de personas son los protagonistas de esta parábola: un fariseo, persona cumplidora de la ley, piadoso y socialmente justo. El otro es un publicano, socialmente considerado pecador y, por tanto no justo. Los dos personajes son tipos opuestos entre sí y obedece a un método pedagógico que nos remite a Jesús. El relato se centra en los perfiles de ambos personajes y concretamente desde la oración de cada uno. Es una joya de descripción que permite al lector percibir de inmediato que en realidad son lo contrario de lo que expresan sus palabras. En efecto, el fariseo justo termina siendo el pecador y el publicano pecador, el justo. Ya aprendemos a sospechar que un discurso no siempre conduce a la verdad más íntima de quien lo emite, aún en la oración que es la relación con Dios; las apariencias engañan y la parábola tiene la magia de conducirnos a la verdad auténtica de cada personaje.


                  Si queremos penetrar más hondamente en el mensaje de la parábola conviene, brevemente, referirse a una fisonomía de ambos tipos de orantes.

  • El fariseo encarna al judío piadoso. De la acción de gracias con que inicia su oración salta rápidamente a la enumeración de los méritos adquiridos por la observancia estricta de las prescripciones legales. Ante Dios señala las obras meritorias que lo distinguen del resto y muy especialmente del publicano que ora también en el templo. Con esto el fariseo busca que Dios premie sus buenas obras. El perdón y la salvación se la gana y Dios se las debe conceder sin más. Termina señalando las sombras que envuelven la vida de los demás y muy especialmente al recaudador de impuesto calificado como injusto y en abierta oposición a él que es justo.
  • El publicano es la contrapartida. Sus actitudes señalan el contraste con el fariseo; son gestos de humildad y sencillez que se oponen al autorreferente discurso del fariseo. El centro es el reconocimiento de su condición de pecador y sólo pide a Dios que tenga compasión de él.

El mensaje de la parábola es clara: la actitud del publicano es la que mueve a Dios a hacer justicia, es decir, reconocimiento de la condición de pecador. Y también que impide que Dios otorgue su justicia, lo que queda claro en la actitud del fariseo que pretende ganarse el favor de Dios a través de su cumplimiento de las normas.


¡Qué página más actual! Buscar la justicia de Dios mediante los méritos y las obras buenas marcadas por la Ley no tiene futuro. Quienes así viven no participarán de la justicia del Señor en su venida. “Ensalzar” es equivalente a “tenerse por justo” en virtud de los méritos propios y el verbo “humillarse” equivale a reconocer las propias limitaciones y esperar con firmeza que el Señor en su venida le haga partícipe de su amor.


Nada más para este hermoso domingo. Un saludo y mucha humildad para vivir y orar.

Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.