Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 20 de octubre
VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DURANTE EL AÑO 
DOMINGO UNIVERSAL DE MISIONES (DUM)
Ciclo C

Primera lectura: Éxodo 17, 8-13;
Salmo 120, 1-8;
Segunda lectura: 2Timoteo 3, 14 – 4, 2;
Evangelio: San Lucas 18, 1-8


                  La Palabra de Dios que hoy se nos sirve en la “mesa de la Palabra” de nuestro encuentro dominical nos viene desde un episodio lejano y nos remite a la experiencia del pueblo de Dios, Israel, en la dura travesía del desierto. Allí, en medio de muchas carencias y peligros, el pueblo que Dios escogió como heredad suya, va aprendiendo a confiar y a confiarse en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Hoy la primera lectura, tomada del segundo libro del Pentateuco, el Éxodo, nos sitúa ante un episodio bélico con un pueblo nómade, Amalec o los amalecitas quienes toman la iniciativa de atacar a Israel. Moisés ordena a Josué entonces una represalia con unos pocos hombres mientras el carismático caudillo estará en el monte “teniendo en mi mano el bastón de Dios” y en compañía de Aarón y Jur.


                  Moisés aparece como un intercesor y un taumaturgo y no como caudillo militar o un guerrero. Aunque lleva en su mano el bastón de los prodigios y aparezca en oración constante y sus acompañantes recurran a una estrategia para mantenerlo en pie, es absolutamente claro que el único que ayuda es la acción salvadora de Dios. La victoria no se atribuye ni a la vara mágica, ni al gesto, ni siquiera al Moisés orante, sino a Dios y de cuya obra sólo se puede hablar a través de esos signos y de otros semejantes. La actitud del Moisés orante no es la del mago que controla el poder divino, sino la del que suplica al Dios que libremente responde a la súplica. Dios es el que da la victoria. Tiene más parte en esta victoria el Moisés orante que el Josué guerrero.


                  Hermosa llamada a revisarnos porque con frecuencia atribuimos la acción buena a nuestros propios esfuerzos o tendemos a sacralizar los medios o instrumentos que el Señor emplea para mostrar su acción salvífica y liberadora. La lectura es una invitación a poner nuestra confianza en el Señor. Todo lo demás es añadidura.


                  La segunda lectura nos permite seguir gozando de la segunda carta de San Pablo a su discípulo Timoteo. Su llamado es siempre necesario y actual: “Permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido”. Para tiempos de infidelidad y de dudas infinitas esta invitación es un gran desafío para todos los creyentes. Es tan fácil abandonar las certezas y convicciones para caer en los lugares comunes de “todo es normal”, “todos lo hacen” quedando siempre en jaque la virtud, la honestidad, el valor, y también la fe recibida de los padres que nos hicieron cristianos por amor. ¿En qué se funda esta fidelidad? En la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras, toda ella inspirada por Dios para salvación del hombre. La fidelidad no es titánica obra humana sino gracia divina, gratuitamente recibida y vivida por quien la acoge. Garantía de la fidelidad es Dios mismo, eternamente fiel y que no retracta nunca sus promesas. Es bueno volver a la Palabra: leerla, meditarla, profundizarla, vivirla, desearla. Ahí está el secreto de nuestra fidelidad al Señor en medio de las cosas humanas que nos envuelven.
 Tienen justicia y claman suplicando a Dios una respuesta. La parábola de la viuda queda así situada en un contexto social histórico que se proyecta hasta nuestros días. La viuda pertenece a esa clase de empobrecidos que no tienen protector y carecen de toda posibilidad de tomarse la justicia por su cuenta. Es incapaz de ajustar cuentas con su adversario y en tal caso no le queda más remedio que importunar al juez día tras día hasta que logra  cansarlo y obtiene justicia.


                  En la imagen del juez que hace justicia por cansancio podemos comprender la situación de Dios que, día a día escucha las súplicas de los millones de justos oprimidos en esta tierra. Dios hará justicia sobre toda la historia de los hombres. Esta es la certeza que moviliza la plegaria de los oprimidos. Dios no dejará de manifestar su amor salvador en la cruz de Cristo, signo humanamente patético pero la cruz es el camino de la redención. Dios se venga, lo que equivale a hacer justicia, de todas las injusticias de la historia humana poniendo en el centro de la tierra el signo de la salvación universal, la cruz de Cristo. Todos los pequeños de la tierra y sus sufrimientos están unidos al sacrificio del Señor y de este modo se transforman en fuerza de vida nueva.


                  “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” es una expresión enigmática que indica que el problema fundamental no es más la situación social de los hombres sino la fe en Jesús en el sentido que sabe asumir el sufrimiento y transformar la historia desde el mismo centro que es la cruz de Cristo. Si falla la fe en Jesús, si se pierde la fe en Jesús, no es un problema secundario ni puramente religioso. No. Es perder la posibilidad cierta de transformar el mundo desde el amor del Padre. “Sin mí no podéis hacer nada” dice Jesús y esto es absolutamente cierto. Sin Cristo, nuestra historia queda sin redención y sin esperanza de ser transformada. Sin Cristo, los poderosos seguirán dominando sobre los humildes y el sufrimiento humano y social no tendría ningún sentido. La tierra quedaría condenada a su perdición.


                  Y entonces la perseverancia en la oración, en la plegaria, en el clamor desde la hondura del hombre, como dice el salmo ese “levantar mis ojos a los montes ¿de dónde me vendrá el auxilio?” desde la fe en Cristo adquiere pleno sentido.


                  Un saludo cordial. En este Domingo Universal de las Misiones no olvide orar por los misioneros y misioneras. Aporte su ayuda para que nuestra Iglesia pueda seguir llevando la Buena Noticia a todos los pueblos de la tierra. Y no olvide que todos somos testigos privilegiados del Señor Jesucristo y tenemos que vivir acordes con este regalo.


                  Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.