Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 06 de octubre
VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  INICIO DE LA SEMANA DE LA FAMILIA

Ciclo C

Primera lectura: Libro de Habacuc 1,2-3.2,2-4.
Salmo 94, 1-2.6-9
Segunda lectura: Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14.
Evangelio: San Lucas 17, 3-10.

                No podemos iniciar este comentario a  las lecturas del domingo 27° del año sin mencionar dos acontecimientos que nos estarán moviendo esta semana. Me refiero en primer lugar a la Beatificación de los 19 mártires mercedarios de Aragón, España, lo que se realizará en solemne celebración en Tarragona, España, el próximo domingo 13 de octubre. Constituye un broche de oro del Año de la Fe y un hito interesantísimo en este camino a los 800 Años de la Fundación de la Orden Mercedaria. En segundo lugar es importante vivir desde hoy La Semana de la Familia, esta hermosa oportunidad pastoral que se nos ofrece para reflexionar, orar y compartir en torno a esta importante realidad que es “escuela de humanización y de evangelización”. Les invito a vivir esta semana especial en este espíritu misionero que inunda el mundo con el testimonio de los mártires y con la familia cristiana.


                  Pasemos a la Palabra de Dios de este domingo.


                  En la primera lectura del profeta Habacuc nos encontramos con un diálogo entre el profeta y Dios. Lo novedoso está en el contenido del diálogo. El profeta manifiesta dos quejas o reclamos que apuntan a la actitud de Dios frente al triunfo de un pueblo pagano que amenaza al pueblo escogido, a Judá. Aunque Israel sea un pueblo pecador no merece ser aplastado por la fuerza de un pueblo pagano. Cómo Dios tolera esta situación es la queja de fondo. Pero también hay un reclamo por lo que está sucediendo al interior del pueblo escogido: injusticias y opresión, rapiña y violencia, querellas y discordias.


                  En medio de esta visión surge la certeza: “El justo por su fidelidad vivirá”. Esta es la actitud que puede dar esperanza y optimismo cuando todo parece derrumbarse. Se trata de la fidelidad  a Dios, lo que significa ser o permanecer fieles a  su palabra y a su voluntad. Es la fe que salva, es la fe que justifica al hombre ante Dios, dirá San Pablo. No son las obras ni los méritos personales: todo es gracia, don, regalo inmerecido. Y esta convicción es la que mueve la vida del creyente aunque todo se derrumbe. Es la fe en Cristo la que nos sostiene en medio de no pocas dificultades.


                  ¿Qué mensaje nos ofrece este texto de Habacuc? Nuestra situación presente podría ser tan parecida a la que vive Habacuc por allá por el 600 antes de Cristo pero lo que no podemos olvidar es la promesa de Dios: Él nos salva en Cristo, su Hijo. La fe es esperar realidades que no se ven, dice la carta a los Hebreos. Y, tantas veces que no vemos la mano de Dios ni sentimos su presencia pero eso no anula la promesa de salvación. Él siempre está con nosotros aunque no nos demos cuenta.


En el salmo 94 resuena con fuerza la invitación: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz: “No sean tercos como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; allí vuestros padres me probaron, me tentaron aunque vieron mis obras”. Meribá y Masá son los lugares donde Israel en el desierto murmuró contra Dios y éste mostró su poder dándole lo que necesitaba.


                  En la segunda lectura nos encontramos con preciosas exhortaciones de San Pablo a Timoteo. Entre ellas destaco alguna como “soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios”. No cabe duda que el evangelio y Jesucristo son causa de sufrimientos para quien se propone seguirlos. Los valores cristianos no son fáciles de vivir, significan una renuncia, una capacidad de asumir “un estilo alternativo” de vida personal y social. Mantenerse en pie y confesar las verdades reveladas por Dios es un ejercicio poco popular. Por eso los mártires son dignos de admiración y de imitación, porque por la fe fueron capaces de llevar todas las penurias de un testimonio verdadero y sellaron su fe con el derramamiento de su sangre.


                  El evangelio nos sitúa siempre en el camino de la subida a Jerusalén (Lc 9, 51 a 18, 14) que es señal de la definitiva “subida” de Jesús al Padre. En este Camino de Jesús vamos siendo instruidos como sus discípulos que, después de la vía dolorosa del Maestro que le espera en Jerusalén y de su gloriosa resurrección, debemos continuar su misión en el mundo. ¿Qué nos enseña hoy?


                  El texto de Lc 17, 3 – 10 está compuesto de tres elementos. Veamos.


                  1°             El tema de la corrección fraterna es el tema de los versículos 3 y 4. Es claro el mensaje que contienen: hay que perdonar sin condiciones. No nos es indiferente que el otro simplemente haga lo que quiera. Desde el evangelio somos responsables del prójimo. Si ves que alguien está caminando al abismo, no puede guardar silencio ni preocuparte por él; el Mensaje de hoy es claro: repréndelo y si se arrepiente, perdónale. Nada fácil para una cultura tan fuertemente egoísta e individualista en que vivimos.


                  2°             ¿Cuántas veces hay que perdonar al prójimo? La respuesta de Cristo no tiene límite: hay que perdonar siempre y de todo corazón. Cuando oramos con el Padre Nuestro una de las peticiones condicionadas se refiere al perdón: “perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. El perdón no tiene límites ni condiciones. Sólo así se parece al de Dios en Cristo que siempre nos perdona. Con el perdón queda abolida la vieja tendencia de la venganza y del odio con todas sus consecuencias desastrosas para el que lo alimenta.


                  3°             Una sentencia sobre la fe. La clave está en la petición: “Señor, auméntanos la fe” La respuesta de Jesús indica que hay una gran distancia entre la pequeñez de nuestra fe y la inmensa tarea de proclamar la Buena Noticia. No se puede sacar adelante sin tener aunque sea esa pequeña fe.


                  4°             Parábola del servicio en la comunidad. El mensaje de esta parábola no es otra que todo servicio realizado en la comunidad cristiana debe ser realizado en humildad y no en categorías mundanas de poder, prestigio, autoritarismo, etc. Siempre somos “siervos de los siervos”. Una buena llamada a mirar nuestras formas de estar y compartir en la comunidad donde Cristo es el centro.


                  Nada más. Un saludo y bendiciones de Dios nuestro Padre.


                                                     Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.