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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 15 de septiembre
VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Libro del Éxodo 32,7-11.13-14.
Salmo 51(50),3-4.12-13.17.19.
Segunda lectura: Primera Carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17.
Evangelio: San Lucas 15,1-32.

“Míranos, Dios nuestro, creador y Señor del Universo, y concédenos servirte de todo corazón, para experimentar los efectos de tu amor”. (Oración Colecta Domingo XXIV)

            Nos encontramos en este Domingo XXIV del tiempo ordinario, convocados a la celebración de nuestra vida cristiana, precisamente en el culmen de su caminar: la Eucaristía. Hoy el Señor, junto con alimentar nuestro peregrinar con el alimento de la nueva Alianza, quiere a su vez nutrirnos con su Palabra, que en este día especialmente se orientan a comprender su cercanía, su presencia, su apoyo y vida en nosotros desde la lógica del Amor.
            La Liturgia de la Palabra de este Domingo está atravesada de modo profundo por la dinámica de la fidelidad y permanente donación de Dios para con el hombre y por su parte éste último en su devenir inconstante de fidelidad y en muchas ocasiones el radical y certero distanciamiento de Dios.
            En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, se nos narra aquella experiencia de un pueblo que habiendo sido elegido por Dios como su pueblo, no corresponde a su dignidad en la altura que ésta necesariamente requiere. El pueblo de Israel, horizonte privilegiado donde Dios elige revelarse a la humanidad, ha tenido constantes susurros de Dios, sin embargo su ceguera y obstinación humana les ha obnubilado el rostro de Dios para sus vidas. Ellos han sido objeto del privilegio de Dios, quien viendo la opresión de sus vidas – el desgarrador testimonio de su paso por la esclavitud en Egipto – les ha convocado a una experiencia nueva, les ha orientado a la tierra de la Promesa, a la tierra de la gratuidad. No obstante, no han sido capaces de esperar en Dios, todo lo contrario “se han fabricado un ternero de metal fundido” y además le han rendido honores. Será necesario que Moisés, el portavoz de Dios, se haga mediador de la misericordia de Dios.  Es en Él donde el reclamo de Dios tiene eco y repercusión eficaz.  Veremos que este zigzagueo en el comportamiento humano, esta fidelidad – infidelidad del hombre para con Dios, contrastará en toda la Sagrada Escritura con el constante y fiel actuar de Dios, quien como nos dice el profeta Oseas (Os. 11) en su amor entrañable se vuelve loco de amor por el hombre.

            Será el Evangelio que nos narra Lucas el que mejor expresa, en boca de Jesús, ese amor de Dios para con nosotros, esa fidelidad suya con el hombre. El texto que la liturgia nos propone es uno de los relatos que más hemos leído, y que quizás más se recurre a él para expresar la misericordia de Dios. Lucas 15, muchas veces resulta ser el caballo de batalla para explicar el perdón de Dios; lo importante en la reflexión que podamos realizar es el cómo, más allá de una rica reflexión, podemos actualizar en nuestra vida esa dinámica gratuita de amor.
            No quisiera en estas líneas repetir lo que el relato, de modo extenso y claro nos manifiesta, sino más bien pretendo – aunque sea de modo reducido – llevar algunas repercusiones que nos involucra a cada uno de nosotros.  En esta perspectiva, lo primero que quisiera colocar en la reflexión es el tema del sentido de la vida, pues creo que una de las claves de lectura está precisamente allí, en cómo en la búsqueda de sentido para su vida este “hijo pródigo” encuentra, tras largas experiencias estériles y sin salida, el verdadero sentido de la vida, el que se hace expresivo en la fiesta del padre con el hijo que vuelve a casa.
El hombre de hoy está – y quizás sin explicitar su tarea – en una búsqueda de sentido existencial. Quiere (queremos) saber qué hacer con la vida. ¿Qué hago? ¿Qué quiero hacer? ¿Para que me sirve esto? ¿Cómo hacerlo para el futuro? Sin embargo, como el hombre del evangelio, esta exploración muchas veces nos deja en intentos parciales, pues nos vamos adentrando en una interminable serie de interpretaciones fragmentadas y carentes de totalidad: cada una de ellas ofrece sólo la promesa, constantemente insatisfecha.
            En el cristiano, esa búsqueda no sólo tiene respuesta en la cotidianidad que nos encierra y vertiginosamente nos mueve, sino también es un esfuerzo que se da fuera del curso de la historia, es una pregunta que debemos tratar de responderla con otras categorías, con aquellas de Dios: la de la eternidad, la de misericordia y compasión, la de un amor donado gratuitamente ofrecido. Es justamente lo que Jesús  nos revela en el evangelio: el sentido de vida más profundo está en Dios, en su amor y gratuidad, en la posibilidad constante que tenemos de volver a Él y vivir en Él. Sólo así el cristiano da una respuesta a su pregunta acerca del sentido total para su existencia.
Un punto importante en este tema, es que no debemos dejar esta tarea, esta reflexión de sentido tranquilamente a los soñadores y visionarios, a los pensadores y escritores que repletan las librerías y revistas con columnas de este tipo, como si  fuera una tarea sólo de algunos “capacitados”. Debemos saber que nuestra búsqueda de sentido, no es pregunta de especulación ociosa, sino que tiene consecuencias que son realísimas y palpables.

Ahora bien ¿qué tiene que ver el tema del sentido con el Evangelio de la misericordia que hoy nos presenta Lucas?

            Decía antes que mi intención no era la de repetir el evangelio, sino sacar alguna repercusión para nuestra vida, y ha querido ser desde el tema del sentido, pues cuando nos ponemos en verdadera búsqueda es cuando encontramos también verdaderas respuestas. La de hoy es el mismo Jesús quien nos la da; pues la vivencia de Jesús es la de compartirnos su experiencia de Dios, en cuanto nos regala su experiencia de Padre. Sentido total de nuestra vida.
El hijo que lo tuvo todo en sus manos, pidiendo la herencia elimina la presencia del padre (la herencia se tiene cuando el que hereda ya no está) y va por caminos que busquen satisfacer su deseo de vitalidad, sin embargo vuelve pues no la encuentra y además el vaciamiento existencial es al nivel de la indignidad reconocida. Queridos amigos, ¿acaso no es la experiencia nuestra que muchas veces se reconoce en esta parábola? ¿no es nuestra realidad el querer marchar por rumbos donde ojalá sea sólo mis fuerzas y mis bienes los que me hagan sentir feliz por lo satisfechos que estamos? Sin duda alguna, al menos en lo personal, he recorrido esta ruta. Hoy el evangelio es posibilidad de conversión. Hoy la palabra de Jesús, quien nos regala la experiencia del Padre, se hace oportunidad de cambio y de sentido. Si en alguna ocasión hemos reconocido nuestra indignidad, costo y consecuencia de nuestro pecado, hoy podemos alegrarnos en la verdadera dignidad: la de ser hijos de Dios. Allí está el verdadero sentido de la vida, allí se encuentra la alegría de participar en la fiesta.
…“cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” Es aquí donde Jesús nos revela la actitud de Dios. No es sólo el que atiende, se regala y dona gratuitamente. Dios también es quien sale al encuentro del hombre, Dios es quien nos quiere encontrar y hacer vivir de su alegría y de su amor.
Muchas son las veces que nuestra indignidad reconocida nos hace alejar nuestra presencia ante Dios, “¿como yo que soy un pecador?” “¿yo que hice esto?” “¿se acordará de mi Dios?”. Hoy la Buena Nueva nos recuerda que Dios, aún nosotros estando lejos, corre en nuestra búsqueda, pues se conmueve en el amor que nos tiene, hoy Él nos abraza y perdona, pues sin preguntar nada nos besa y coloca el anillo, el que ante todos nos da el verdadero sentido de vida; el de ser su hijos.
Que el grito de sentido, buscado por nosotros en nuestro tiempo, en Jesucristo vivencie la respuesta: somos de Dios y vivimos en Dios. Que nuestra petición dominical sea aquella que recoge la oración colecta de este día “Señor, haznos capaces de experimentar los efectos de tu amor”.

           

                                   P. Ramón Villagrán Arias O. de M.