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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 08 de septiembre
VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Libro de Sabiduría 9,13-18
Salmo 90(89),3-6.12-14.17
Segunda lectura: Carta de San Pablo a Filemón 1,9b-10.12-17
Evangelio: San Lucas 14,25-33

 

 “Señor Dios, míranos siempre con amor de Padre, para que alcancemos la verdadera libertad y la herencia eterna” (Oración colecta Domingo 8 Septiembre)

            El mundo en el cual estamos insertos y del cual somos parte configuradora, reclama con mucha fuerza en nuestros días la “vida en libertad”. Son innumerables los recursos y demandas sociales que evocan la libertad como manera de entender y desplegar la vida humana, sin embargo nos damos cuenta que ese reclamo va acompañado de una profunda carencia de verdadero significado; ¡que grande es el camino que hemos de hacer para comprender realmente esa vivencia en libertad!, pues estamos ciertos que no podemos traducir de modo reductivo la libertad a un mero acto de elección. Evidentemente la libertad como ejercicio del ser humano conlleva un buscar entre una cosa y otra y por consecuencia elegir la más conveniente, pero es precisamente aquí en “la conveniencia para el ser humano” donde el ejercicio electivo no expresa necesariamente la libertad con la cual se vive y se quiere vivir. Movidos por la ley natural – tan discutida en la actualidad, sin embargo no por ello irreal – existe (o debiera existir) en el propio ejercicio de una libertad consciente y responsable una búsqueda del bien y desprecio del mal, es allí donde verdaderamente se activa de modo profundo y real la libertad del hombre.
            Ahora bien, si se quiere vivir la libertad como algo propio de nuestro ser persona, surge la pregunta ¿qué BIEN estoy buscando en la vida? ¿cuál es el BIEN que queremos vivir en libertad?

            Inicio esta reflexión dominical en torno al tema de la libertad por dos motivos, el primero dice relación al Mes de Mercedes que hemos empezado a vivir y culminaremos con la celebración solemne de nuestra Madre de la Merced – Madre de la Libertad – y el segundo dice relación al contenido de la Liturgia de la Palabra de este XXIII Domingo del tiempo Ordinario, la cual es posible entenderla y reflexionarla de un modo más vivo y fecundo precisamente desde esta perspectiva de la libertad. Tanto el Evangelio, narrado por el evangelista San Lucas, como en las lecturas que le anteceden (Sabiduría y Carta a Filemón) nos invitan a vivir nuestro ser creyentes, nuestro “DISCIPULADO-MISIONERO” desde la expresión viva de la libertad por la cual fuimos creados. Digo esto en el entendido que no puede haber respuesta creyente, tanto menos un seguimiento radical al Señor Jesús, sino desde una libre, consciente y responsable disposición por parte  nuestra.
            Nos dice el relato de Lucas que Jesús iba con un gran gentío, es decir está con una multitud – término que nos puede llevar a interpretar que en los que están allí presente, no necesariamente están los que lo han dejado todo para seguir a Jesús como el Señor – simplemente es la gente que se acerca al Maestro, quien por lo demás no estaba direccionando su mirada hacia ellos; es necesario que Él “se de vuelta”, gira su vista y plantea el modo de seguimiento al cual está convocando, al cual nos está invitando. Es la interpelación de la mirada del Señor la que se hace presente al corazón y entendimiento creyente:

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”

            Es una invitación a comprender su persona y su vida como nuestro bien, nuestro único bien a abrazar, ¿cómo no hacerlo sino desde la libertad con la cual hemos sido vivificados?.
                       Si  nos detenemos otro instante en esa sola perícopa, uno pudiese vincular otro tema de vital importancia para el cristiano, para el seguidor de Jesucristo, el del Amor. La convocatoria que realiza Jesús no es sólo a dejarse guiar por él, eso era ya una costumbre en los maestros de la época y sabemos bien que hoy también tenemos a muchos que ostentan y se ufanan de tener seguidores. La clave que coloca Jesús en la manera de seguirlo está en el amor: “cualquiera que venga a mi y no me ame más…”  Es desde el amor que se da el paso del seguimiento, de la entrega y consecuente renuncia. Sería iluso pensar que una verdadera comprensión creyente se diera sólo desde el sacrificio y sometimiento, incluso más, sería ingenuo – sobre todo en estos tiempos – que el discipulado fuese atrayente por un “tomar la cruz”, cuando lo que más hacemos es sacarle el quite o aminorar su peso. La condición de posibilidad para seguir al Señor Jesús como el Maestro y dejarlo todo, está en la vivencia del amor a la cual hemos sido invitados. Aquí no se trata de dejar de amar a los propios seres queridos por algo aparentemente más interesante, o dejar lo que legítimamente se pueda construir con nuestras capacidades, sino a jerarquizar la vivencia del amor y por consecuencia actuar de modo responsable en virtud de la libre elección por el Señor. La clave está en colocar al Señor como lo más importante en nuestra vida, y desde allí ordenar el amor humano y, ¿acaso no es el primer mandamiento Amar a Dios por sobre todas las cosas…?.
Cuando colocamos en esta perspectiva la cuestión se hace más evidente el tema, que no pasa por dejar de amar a los demás, padres, hermanos, o bien dejar de configurar una vida que tenga legítimas pretensiones, sino desde el orden que el vértice del amor a Dios va dando a nuestra vida, pues sería contradictorio el mismo mandamiento que tiene una segunda parte: “… y amar al prójimo como a uno mismo” Como se puede ver, Jesús lo que hace es establecer la exigencia primera y primordial de seguirle. El Absoluto está en Dios, en su Reino, y ante él no es que pierda valor las demás cosas o se deje de amar, sino que se ordena y relativiza nuestra vida en razón de Dios: amamos desde Dios, construimos desde Dios, poseemos como hijos de Dios.

            Otro elemento que nos coloca el relato evangélico está en la planificación previa a toda obra para poder llegar a su término
           
“¿quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero  a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?... ¿y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?”

            En este punto no quisiera dilatarme tanto, sólo atender a lo que está urgiendo en el llamado que Jesús nos hace: configurar la vida desde lo que somos y a lo cual hemos sido llamados.
            Es claro que Jesús, dado el contexto en el cual está hablando, no es que esté dando cátedra de planificación constructiva o una clase de estrategia guerrera, está muy lejos de ello el mesianismo de Jesús. Lo que coloca de manifiesta el relato lucano, es el cómo ahonda Jesús en el llamamiento a seguirle. Si el creyente decide de modo radical seguir a Dios, no pasa por decirlo como algo más dentro del discurso diario de vida, eso podría convencer a muchos pero no perduraría en el tiempo; mucho menos podría entenderse como elemento fundante de un fecundo testimonio, si así fuere pasaría que no tendríamos como terminar la construcción, pues empezamos una obra que no siendo nuestra, la creíamos nuestra y pusimos fuerzas personales y además insuficientes para terminarla, pero como solo era a nivel de discurso, entonces allí se queda. O bien, si pasara sólo por un entusiasmo o seguimiento desde el sentimiento – hoy por hoy muchas veces escuchamos que se va a la Iglesia “porque se siente bien” – podría acontecer que nos pase como al rey que sale a la batalla sin calcular las fuerzas para enfrentarla, y nos quedemos derrotados y deprimidos por el fracaso. Y claro está que tenemos que dar el buen combate, es evidente que hay signos de mal en este mundo y al cual hemos de enfrentar. Allí vuelve la pregunta inicial ¿qué fuerzas tenemos? ¿qué BIEN hemos abrazado para enriquecer nuestra vida y así vencer al mal?
            Queridos amigos, que este Domingo sea la oportunidad para agradecer a Dios su llamada, su convocatoria de amor y libertad, pero a su vez sea la ocasión para renovar nuestro sí, no sólo desde la boca, sino desde la profundidad de nuestro ser, entendimiento y voluntad para el Señor. Así como María, quien escuchando la invitación de Dios en el ángel no dudo en decir y vivir libremente ese “aquí estoy Señor, que se haga tu voluntad”  ¡Fiat voluntas tua!

 

P. Ramón Villagrán Arias O. de M.