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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 25 de agosto
VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Isaías 66, 18-21
Salmo 116, 1. 2  
Segunda lectura: Carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13
Evangelio: San Lucas 13, 22-30

 

La palabra que el Señor nos regala en este domingo es especialmente portadora de esperanza y alegría: “Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”, concluye el evangelio que leemos en la liturgia de la palabra. Que esperanza mas profunda reconocerse último en los criterios de la suficiencia y el poder, para ser invitado por la gracia de Dios a ser primero en el amor, que es misericordia y alegría.
Debemos reconocer que en muchas oportunidades nos sentimos seguros de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestras maneras de ver el mundo, en el fondo, con una gran “suficiencia” espiritual,  siendo incapaces de reconocer que no es en la soberbia o el poder humillador, como nos muestra la Palabra, donde se encuentra la verdad que nos regala Cristo.

Muchas veces nos toca vivir situaciones de injusticia o humillación, cuando se nos “coloca el pie encima” o se nos tiran los títulos o cargos de este mundo, para hacernos ver que se tiene más poder, que “estamos en la manos” de nuestro interlocutor. Podemos reconocer, y con honestidad lo afirmo por la experiencia de estos años, que esas personas que nos tiran encima su poder, su cargo, sus prerrogativas, en el fondo no son sino expresión de una pobreza inmensa, de una carencia no sólo humana, sino también espiritual, pues como la frase del evangelio de hoy, llegan  a “ser últimos” en el amor y en la salvación gratuita que Dios nos regala. No entienden que esa “puerta estrecha” pasa por reconocernos pequeños, humildes, hermanos de nuestros hermanos. ¡Y como nos cuesta vivir con humildad en estos días!, cuando todo parece hablar de lo contrario.

Debo reconocer que me llena de alegría la imagen que coloca Cristo en el evangelio, y que por lo demás en muchas oportunidades da conocer en sus palabras. Esa mesa del Reino de Dios, en que nos sentaremos por su gracia, me llena de esperanza. Me imagino a ese hombre vulnerado por el poderoso, me imagino a esa mujer sencilla que se le cerro la puerta, me imagino al que llora de impotencia por la carcajada del perverso, me imagino al cojo que “renguea” por la vida, sentados a la mesa del banquete eterno, con Cristo a la cabeza, con sus llagas de resucitado, expresión de tanto dolor e impotencia humana, finalmente redimidas y salvadas. Cristo celebra, Cristo bendice, y para aquellos que creyeron que el título, el cargo, el poder, los iba a salvar y permitir sentarse en ese banquete de alegría, se cierra la puerta. “Hemos comido y bebido contigo”, “hemos enseñado en nuestras plazas”, y podríamos agregar: “he sido sacerdote”, “he predicado”, “he participado en misa”, “he ayudado dando limosna”, “he participado en la fraternidad mercedaria”, etc. ¡Cuántas cosas!¡cuántos títulos, magísteres y doctorados!....Y la gran palabra de Cristo este domingo, palabra que quisiera vincular con una imagen, la de la capilla Sixtina, donde aparece Jesús con el brazo en alto viniendo al fin de los tiempos. Hoy nos dice que no será por puertas anchas donde nos encontraremos con él. Fuerte es la palabra: “¡no sé de dónde son!, ¡apártense malvados!”… como ese brazo en alto de la Sixtina.

¿Cuáles son la puertas estrechas que el Señor nos pide cruzar?, cada uno tendrá que responder, pero lo que es seguro, pues el mismo Cristo lo vivió, es que no serán las puertas de la soberbia o del poder que humilla, mas bien, será en el olvido de sí y la entrega por otros, procurando siempre el bien, como podremos reconocer las puertas estrechas a cruzar.

Hay algo de dramático en el relato que leemos hoy, ¿cómo entender esa puerta que se cierra irremediablemente?, ¿cómo entender esas palabras que desconocen al que al parecer se conocía? La libertad del hombre es la respuesta, Dios no deja de mostrarse siempre respetuoso de las opciones que toman sus hijos, sabiendo que es en definitiva el mismo hombre quien decide cerrar la puerta. No obstante ello, en las palabras del evangelio de hoy, esta esa tensión en virtud de la cual el que se creía seguro, no lo debe estar tanto; el que se creía superior o con más derechos, que no lo piense así. Hay en definitiva una invitación a  no sentir seguridad donde no la hay, a ser mas bien “pobres” frente a Dios, pues de él lo recibimos todo.
Otro aspecto que no quiero dejar de mencionar, dice relación a la universalidad del llamado a esos últimos, como nos dice la primera lectura: “vendré a congregar a pueblos y naciones”. ¿Cómo no ver en esos convocados a esas ingentes masas de empobrecidos de nuestro mundo?¿cómo no ver en esos pueblos invitados a los explotados por un sistema injusto?, ¿cómo no ver en esos llamados a los “fuera del sistema”?.
¿Que nos queda al terminar esta reflexión?, pienso que sin duda experimentar que esos excluidos, humillados, vulnerados, últimos, con la gracia de Dios serán primeros, importantes y reconocidos. Que estarán sentados en los mejores puestos, comensales de la alegría, pues han compartido las mismas llagas de nuestro Señor, y su dolor e impotencia es ya gracia de resucitado, fiesta del banquete compartido; ¿y nosotros dónde nos sentaremos?, si por la misericordia de Dios no se nos cierra la puerta, guardaremos silencio, pues los ojos, llenos de lágrimas de arrepentimiento, dejaran que podamos reconocer a tantos y tantas que fuimos incapaces de ver, por nuestro estúpido orgullo y suficiencia.

Fr. Ricardo Morales Galindo. O. de M.