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Comentario Religioso dominical


COMENTARIO RELIGIOSO
Domingo 18 de agosto
VIGÉSIMO DOMINGO DURANTE EL AÑO  –  EN EL AÑO DE LA FE

Ciclo C

Primera lectura: Jeremías 38,4-6.8-10
Salmo 39
Segunda lectura: Carta a los Hebreos 12,1-4
Evangelio: San Lucas 12,49-53

 

Las palabras del evangelio de este domingo no dejan de resultar difíciles de comprender, sobre todo, en la perspectiva de la imagen que tenemos de Jesús como príncipe de la paz y pacificador de los corazones.
“¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división”. Lc 12, 51. Son palabras duras y hasta contradictorias con lo que el mismo Jesús en múltiples ocasiones predico, ¿cómo las entendemos?.
En primer lugar no quitándole lo fuerte y provocador que las palabras tienen, muchas veces queremos forzar interpretaciones de la palabra de Dios para acomodar nuestras ideas al evangelio. En este caso, es evidente que el sentido del evangelista es provocar y suscitar en el oyente una reacción.
Detengámonos en algunas palabras del texto que nos pueden ayudar a desentrañar su sentido.

-“He venido a prender fuego a la tierra”. La imagen del fuego nos lleva a la perspectiva escatológica, Jesús se coloca en el final del los tiempos donde su justicia llevará a “cribar” los corazones en la verdad anunciada. Por lo mismo, cada uno de los creyentes, en el tiempo que le toca vivir, deberá referir su actuar en atención de ese fuego, es decir, cada una de nuestras actuaciones será depurada en ese ardor que Cristo trae a la tierra. Frente a la persona de Jesús, no cabe indecisión, o se es discípulo o no se lo es.
Cuantas de nuestras realidades muchas veces llegan a convertirse en “falsificaciones” del evangelio de Cristo, quitándole esa fuerza que el mensaje de Jesús posee. Las palabras del evangelio son fuego que quema las mediocridades y contradicciones de nuestra vida.
En esta perspectiva, el fuego vinculado a los tiempos últimos, nos coloca en el hoy de la historia, en esa tensión escatológica que nos implica en lo cotidiano de nuestras vidas tomar opciones, donde se decide precisamente ese futuro que anhelamos. Por eso: “Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” Apoc. 3, 16

-“¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división”. Nuevamente podemos preguntarnos cómo es que Cristo se presenta trayendo división y no concordia. ¿De qué división nos habla?.
Sabemos que el seguimiento al Maestro implica la radicalidad de tomar opciones, inclinarse por un camino que no será sencillo, y cuyas consecuencias las vive, por ejemplo, Jeremías en la primera lectura: “Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.” Jer 38.
Hoy como siempre, intentar ser discípulo implicará saber que no se será del gusto o agrado de “masas”, que no siempre se abrirán las puertas para recibir con los brazos abiertos el mensaje, que muchas veces se experimentará el desprecio y la persecución. Nos lo dice el texto de Aparecida: “Identificarse con Jesucristo es también compartir su destino: “Donde yo esté estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34). Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y de hoy en nuestros pueblos que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida.” Nº 140 Ap.
Desde aquí entendemos que necesariamente se producirá la división en el mundo, pues dejando de lado todo maniqueísmo, o se esta con Cristo o no se está con Él; incluso al interior de nuestras familias o comunidades nos podemos encontrar con divisiones, pues muchas veces nosotros mismos rechazamos la verdad o al mismo Cristo, por resultarnos difícil su mensaje.
Este domingo pidámosle al Señor que nos permita vivir siempre encendidos en ese fuego de su palabra, que encendió a tantos misioneros y mártires de nuestras tierras, dispuestos a considerarnos siempre de su lado, no obstante las cruces que encontremos. Con el salmista repetimos con mucha confianza: “Tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes”. Salmo 39.

Fr. Ricardo Morales Galindo. O. de M.